La miopía en los países de los migrantes

Los gobernantes centroamericanos deben leer la descripción del puesto que ocupan, y seguirla al pie de la letra para detener la crisis migratoria
La miopía en los países de los migrantes
El secretario de relaciones exteriores de México con los ministros de relaciones exteriores de Guatemala, El Salvador, Guatemala Honduras y el consejero de relaciones exteriores de EEUU.
Foto: EFE

Pregunta del millón: ¿Qué esperan los mandatarios centroamericanos cuando se reúnen con representantes del gobierno en EE.UU. para discutir cómo paliar el éxodo de los migrantes, menores y de todas las edades? Perdón por hacer esta burda comparación, pero esto me recuerda a un perro persiguiendo su propia cola, corriendo en círculos sobre el mismo lugar.

De acuerdo; deben actuar en dos instancias: (1) establecer qué se hace a corto plazo con los migrantes que ya están en los albergues en EE.UU., y los que ya van en camino; (2) trabajar YA en paliar las causas de la emigración. No hay que inventar la rueda. Saben de sobra que deben establecer programas de largo plazo, que trasciendan varias administraciones presidenciales, para mejorar la seguridad, educación, salud, y estimular la economía para generación de empleo. Pero lo primero que se les ocurre a los gobernantes de la región es pasar el sombrero, a ver si EE.UU. les da más dinero. De acuerdo, se necesitan recursos, pero… ¿Acaso tendrían esos recursos que mendigan si hubiera menos corrupción en los gobiernos centroamericanos?

¿Hace falta recordar en qué lugar quedaron Guatemala, Honduras y El Salvador en el Índice de Percepción de Corrupción que publicó Transparencia Internacional en 2013? A ver, una recordadita: Entre 177 países, Guatemala obtuvo 29 puntos sobre 100; Honduras, 26, y El Salvador, 38—todos están en el 30 por ciento de países percibidos como más corruptos.

Muchos están indignados por la respuesta de algunas autoridades y grupos civiles organizados en EE.UU. hacia los migrantes. Yo estoy principalmente indignada porque los gobernantes de nuestros países son los autores de esta crisis. Y no es sólo cuestión de falta de plata. Es asunto de ser consecuente. En esto, los hechos desnudan su falta de brújula en asuntos serios.

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Esta semana, la policía antinarcótica en El Salvador—en lugar de perseguir narcos, o decomisar droga—detuvo a periodistas de El Faro para recriminarles por las notas que han escrito y pedirles explicaciones (¡?). El presidente Salvador Sánchez ofreció investigar el hecho. Días antes, fue enterrado un niño despedazado por pandilleros, que también intentaron matar a otro menor durante el funeral. ¿Estarán bien las prioridades de la policía en El Salvador?

En Honduras, el presidente Juan Hernández dice que de cada nueve menores de edad que viajan solos a EE.UU., siete salen de las zonas más violentas por el narcotráfico, y opta por la salida fácil: Pide a EE.UU. que admita una responsabilidad compartida por la demanda de droga en el mercado estadounidense. Y esa es una realidad, pero no es la única. En la misma semana, se anuncia que el gobierno despidió a 1,200 policías por corrupción en los últimos 12 meses. ¿No será que si la policía funcionara, las zonas de donde huyeron los menores serían más seguras? ¿Habría un mayor control sobre las pandillas y menos extorsiones, o menor uso indiscriminado de las armas de fuego? Esta semana los pandilleros también lanzaron una granada a un negocio de vecindario que no pagó la extorsión, donde la propietaria murió carbonizada. Luego, enfrente de la policía, un diputado baleó y mató a un taxista desarmado y padre de cuatro niños.

Y el presidente Hernández dice que hay que combatir al crimen organizado como región. Esto se repite desde hace más de diez años en magnas cumbres presidenciales, sin consecuencia alguna. No es por nada que el Sistema de Integración de Centro América (SICA) es un enorme elefante blanco. Pero el Ministro de Seguridad de Honduras, Arturo Corrales, asegura que la tasa de homicidios va en descenso y para finales del año habrá llegado al 64 por cada 100 mil habitantes, una reducción de 22 homicidios respecto a los últimos dos años. ¿Se le cree? Parece que los miles de migrantes que salen de ese país cada mes no le dan crédito.

Guatemala no se queda atrás. Esta semana la vicepresidenta Roxana Baldetti y la Fiscal General, Thelma Aldana, anunciaron que buscarán penalizar a los padres que envían a sus hijos a EE.UU. como migrantes indocumentados, y ampliarán la pena para los traficantes de personas. Parecen creer que el problema son los padres de los niños migrantes, y no las razones por las que emigran. Si la intención fuera seria, se capturaría a los traficantes cabecillas. En el país, capturan a los intermediarios, y no a los cabecillas. Ni bien sale uno de circulación, sobra quiénes lo reemplacen. Y las penas oscilan entre cinco a ocho años de cárcel. ¿Cuántos creen que han caído desde 2008? DOCE. Si, 12. Entre ellos, solo cinco fueron capturados desde que incrementó la migración de miles de menores de edad en 2011. ¿Cómo la ven?

Y, ¿qué pueden hacer los gobernantes para reducir el número de centroamericanos que emigran hacia EE.UU.? ¡Fácil! Deben leer la descripción del puesto que ocupan, y seguirla al pie de la letra. Nadie espera resultados de la noche a la mañana, pero es lógico concluir que si la emigración de menores de edad aumentó a zancadas desde 2011, es porque muchas cosas no funcionan.

Una estación de radio con buena vena humorística divulgó durante el mundial de fútbol Brasil 2014 un segmento sobre lecciones de fútbol aplicables a la política. Una pretendía enseñar el otrora jogo bonito de los brasileños, y requería dos funcionarios públicos que demostraran cómo se “pasaban el balón” entre sí. Es decir, cómo se rebotaban la responsabilidad de tomar decisiones equivocadas. Siguiendo esa línea, los mandatarios de la región están dando una magistral muestra del extinto jogo bonito, que quizá es menos burdo que decir que corren en círculos cual canes persiguiendo una cola (la causa de un problema) que creen ajena.