Pasó de pandillero a defensor

Humberto Guizar logró dejar las pandillas gracias a la educación y ahora es un experto en leyes
Pasó de  pandillero a defensor
Humberto Guizar es el abogado que ganó un caso contra la ciudad de Los Ángeles, cuando representó a un ex policía a quien chocó el concejal José Huízar con un auto municipal.
Foto: La Opinión - Araceli Martínez

Todo apuntaba a que Humberto Guizar terminaría muerto o en prisión de por vida. Era un pandillero incorregible que tenía nueve acusaciones por delitos serios, pero tras las rejas, se le presentó una oportunidad para componer su vida, que no dudó en tomar.

Quien diría que 27 años después, es un reconocido abogado, el único al que la Corte Superior de California en Los Ángeles lo llama como experto para que dé opiniones en asuntos de pandilleros. Dedicado a casos de abuso policiaco y accidentes graves, ha ganado pleitos millonarios. El más reciente, el que ganó a la ciudad de Los Ángeles cuando defendió a un ex policía a quien chocó el concejal José Huízar.

“Vivo una vida de sueño después de salir del pozo oscuro en el que estaba”, dice el abogado. La clave fue la educación.

Hijo de padres inmigrantes mexicanos, Guizar de 58 años nació en el Este de Los Ángeles. Pronto destacó en la escuela al grado que lo pusieron en clases avanzadas, y servía de intérprete. Pero a los 12 años, su familia se cambió a vivir a Cypress Park. Ahí todo cambió, Al llegar a la secundaria intermedia, le cayeron encima un grupo de seis muchachos que le dieron la bienvenida a patadas y le propinaron tremenda golpiza. “Llegué llorando a mi casa. Mi papá me dijo, los hombres no lloran”, recuerda.

“Lo que pasó después es que empecé a pelear para defenderme de golpes, escupitajos, y hasta me pegaban chicle en la cabeza. Me di cuenta entonces que entre más me defendía, agarraba más reconocimiento y apoyo. Así fue como me hice pandillero, y uno de los líderes”, dice.

El resultado fue que a los 17 años ya tenía nueve delitos serios por asaltos, balaceras a casas en venganza por quienes le habían hecho lo mismo, por intento de asesinato al participar en peleas campales a balazos y con cuchillos. “Una vez me dieron 183 puntadas en el hospital. Lo bueno fue que nunca maté a nadie. Yo me sentía que era importante. No salía de mi casa sin pistola. Mis padres no me podían controlar”, cuenta.

Cuando lo condenaron a cinco años en la cárcel, comenzó a pensar en toda la gente que había lastimado. “Sentía mucho remordimiento sobre todo por todo el sufrimiento que había causado en mi madre, y le pedí a Dios por un milagro”, recuerda.

El milagro ocurrió. “Me ofrecieron cambiar la cárcel por los libros. Para ello tenía que irme a Pueblo, en Colorado a estudiar a Southern Colorado State College, a un programa experimental nacional para los peores delincuentes como yo”,

Guizar no lo pensó dos veces y se fue. Con la ayuda de un mentor, un indígena navajo en Colorado, en cuatro meses terminó la secundaria. Regresó para ir a la Universidad Estatal de California, Northridge. Se graduó de Estudios Chicanos y Ciencias Políticas, y sacó hasta sus credenciales de maestro, De ahí se fue a estudiar a la Universidad de La Verne. Para Guizar, su mayor motivación para dejar atrás las pandillas “era poder ver la felicidad de mi madre”.

“Yo que estuve adentro puedo decir que no hay un solo pandillero que no quiere escapar de ese mundo, y tener un trabajo. La única salida es la educación. No importa lo que cueste. Yo pagué toda mi deuda estudiantil con un pleito (judicial) que gané”, dice.

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