Somos lo que comemos

Los estudiantes estadounidenses no tendrán problemas con sus nuevos y más saludables almuerzos escolares
Somos lo que comemos
Los almuerzos escolares estadounidenses tienen popularidad de no ser saludables.
Foto: Shutterstock

¿Recuerdan la histeria del año pasado con respecto a los almuerzos escolares? Los administradores, trabajadores de cafetería, estudiantes y padres de todo el país se volvieron locos cuando el almuerzo escolar se volvió más sano.

Las noticias periodísticas del año escolar 2012-13 —cuando las normas para el almuerzo ordenadas en la “Ley para Niños Saludables y Sin Hambre” de 2010 entró en vigencia— informaron sobre renuencia a comer, bandejas desechadas, promesas solemnes de preparar almuerzos en la casa y una acumulación de alimentos desperdiciados.

Ahora, justo a tiempo para el nuevo año escolar, los investigadores sugieren que los estudiantes estadounidenses no tendrán problemas con sus nuevos y más saludables almuerzos.

La Robert Wood Johnson Foundation encuestó a directores y proveedores de alimentos para escuelas en la primavera de 2013, aproximadamente seis meses después de que las nuevas normas entraran en vigencia.

Hallaron que el 56% de los encuestados en escuelas primarias, el 44% en escuelas medias y el 53%en escuelas secundarias dijeron que en un comienzo, los estudiantes se quejaron, pero gradualmente aceptaron los menús nuevos en todos los grados. Comparado con el año previo, el 84% reportó que no hubo cambios en el número de estudiantes que compró su almuerzo.

En otras palabras: Aparte de alguna típica bravata de niño causada por la comida nueva —junto con la exagerada cobertura de ese hecho en los medios— los estudiantes finalmente se acostumbraron a lo que les ofrecieron y se lo comieron.

Cuando los niños se crían en una sociedad donde se les presenta la “comida” rebozada, frita, salada o endulzada artificialmente o conectada con juguetes de una película — y se les permite seleccionar lo que quieren— se burlan de toda opción más saludable.

Las nuevas normas requieren más frutas y vegetales —preferiblemente frescos— más pan integral que sacia el apetito, en lugar de pan blanco que hace subir la insulina, menos sodio en general, y lecha desgrasada o parcialmente desgrasada.

Nada controvertido, desde el punto de vista de la nutrición, pero he aquí un ejemplo de cómo reaccionó un niño real en la cafetería de la escuela ante la pérdida de un plato común del comedor:

“En el pasado siempre teníamos la opción de comer ‘chicken nuggets’ u otra cosa generalmente sabrosa, pero este año nos dan un sándwich pequeño o pizza hecha con pan integral,” dijo un adolescente en un artículo de noticias en mayo.

Lo entiendo perfectamente.

Incluso bajo las mejores circunstancias, es difícil para un estudiante estar obligado a comer el almuerzo en la cafetería escolar. Y puede ser mental y físicamente doloroso encarar los cambios en los alimentos cuando se es melindroso —se lo dice alguien que aún no ha superado totalmente sus melindres. Es aún más difícil si sus padres siempre han consentido esas aversiones a ciertos alimentos.

Tampoco es agradable para las escuelas.

No sólo es un problema alimentar a un niño con melindres —mi esposo y yo hemos intentado todo con nuestros hijos, desde “esconder” los vegetales en salsas hasta presentar la fruta fresca en forma de flores y pájaros, en vano— sino que también es costoso y agotador.

Las cafeterías tuvieron que rehacer sus menús, sus costos se elevaron y hubo, sin duda, un aumento en la cantidad de comida que los niños desperdiciaron en el almuerzo. Y estoy segura de que los maestros recibieron innumerables quejas sobre la comida durante cualquier clase posterior al almuerzo.

Pero el sacrificio, el tiempo de ajuste y hasta el derroche a corto plazo se verán finalmente recompensados.

No hay nada más importante para el bienestar de nuestros hijos que una comprensión de cómo comer saludablemente.

Sobre la base del número de niños en el país que sufren de nutrición deficiente —se considera que alrededor del 32% de aquellos entre 2 y 19 años tienen sobrepeso o son obesos— pocos adultos que participan en la vida de esos niños tienen ese conocimiento.

Las normas más estrictas para los almuerzos son una mínima expresión del maremoto nutritivo que debe tener lugar para que la actual generación de niños y las futuras puedan aprender a preservar sus cuerpos.

Nadie dijo que sería fácil, pero instintivamente siempre hemos sabido que los niños tienen gran capacidad de aprendizaje y de hábito. Las investigaciones indican que eso es cierto, incluso con nuevos alimentos a los que se teme.

Este otoño, apoye los esfuerzos de su escuela por presentar comida más sana en lugar de recordar, con sus hijos, los Tater Tots y la pizza que comía cuando era niño. Nunca se lo agradecerán, pero quizás vivan vidas más sanas como resultado.

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