La otra gran industria: la del crimen

Engañar o desinformar al pueblo no es la manera correcta de gobernar.
La otra gran industria: la del crimen
Quienes vivimos en la región fronteriza de EEUU Y México, tanto en uno como en otro lado, podemos ver televisión, escuchar radio y leer periódicos de ambos países.
Foto: Archivo

Serie Mirando al Sur

Brownsville, Texas.- Si lo que quieren las autoridades mexicanas, como en los viejos tiempos de las dictaduras, es impedir que la población se entere de hechos muy graves de criminalidad que suceden a diario y prácticamente por todos los rumbos del país, no lo están consiguiendo. Las dictaduras antiguas eran más eficaces para eso por muchas razones, pero especialmente por una: no existían las redes sociales que fácil y muy eficazmente sobrepasan todo tipo de control y de censura.

Quienes vivimos en la región fronteriza de EEUU Y México, tanto en uno como en otro lado, podemos ver televisión, escuchar radio y leer periódicos de ambos países. Por lo tanto, podemos hacer lo que en otras regiones del país no es posible: comparar la calidad, veracidad y enfoque de la información de uno y de otro lado.

Hace unas semanas me encontraba en una gasolinera de Brownsville, Texas, (frontera con Matamoros, Tamaulipas) y escuché a una persona que le informaba a otra acerca de la muerte de un empresario tamaulipeco que había sido secuestrado y que, a pesar de pagarse el rescate para su liberación, fue asesinado a balazos. La noticia de esta tragedia se dio a conocer con cuentagotas en los medios mexicanos, como si se intentara ocultarla.

Hace unos días hubo un encuentro a balazos entre militares y criminales en una céntrica zona de Nuevo Laredo, en el mismo estado. A pesar de que la balacera duró varias horas y el saldo fue de numerosos muertos (no se dio a conocer cuántos con precisión) los reportes noticiosos mexicanos lo calificaron de “un hecho sin mayor importancia”. Pero por los medios informativos del sur de Texas pudimos enterarnos de las dimensiones reales y ver imágenes que revelaban con crudeza la ferocidad del encontronazo. Un concepto muy distinto, sin control oficial, de la información.

Pero si esto lo podemos hacer quienes vivimos en ciertas áreas de Estados Unidos no quiere decir que los habitantes de México, como lo mencionamos al comienzo, no se enteren sólo con tomar su celular o su tableta, revisar las redes sociales y conocer los hechos aunque Televisa o TV Azteca digan en sus noticieros las cosas muy diferentes, a medias o al modo en que el gobierno quiere que se digan.

Esto nos lleva a preguntarnos si esa política oficial es la conveniente, incluso para sus propios intereses. ¿No habremos entrado ya en la época en que deben hacerse las cosas de manera distinta y los gobernantes no han querido entenderlo? ¿Nadie dentro de la esfera oficial se ha dado cuenta que estos ya no son los tiempos de las dictaduras y de la mordaza oficial, apretada y extrema? ¿Callan las cosas para que el pánico no invada a los habitantes? ¿Les es tan difícil darse cuenta que el pánico, por desgracia, como la miseria que expulsa a los mexicanos al extranjero, ya es parte de la vida diaria? Engañar o desinformar al pueblo no es la manera correcta de gobernar. Alguien, en la esfera oficial, debe comprender que sólo un pueblo consciente de la realidad que vive es capaz de llevar al país, guiado por un gobierno eficaz y honesto por supuesto, hacia mejores logros.

A manera de vacuna contra muy graves males futuros, el gobierno podría aceptar que, más importante y necesaria que una reforma energética o de telecomunicaciones (mucho más conveniente para los Slim, los Televisos y los TVaztecas que para el pueblo) es necesaria una reforma a las maneras de tratar al pueblo y a sus necesidades diarias. No debemos olvidar que de esos millones de pobres desesperados por encontrar empleo, comida, educación y salud es de donde se nutre la otra gran industria del México actual: la del crimen.

Para despedirme, agradezco a los lectores que se comunicaron con esta columna para comentar sobre lo dicho por “Peter” con quien, por cierto, todos estuvieron de acuerdo. Y tome nota: todos son mexicanos que viven en México. Significativo, ¿verdad?