Testimonio: Un niño migrante que sobrevivió a las bestias

Reporte especial Niños migrantes: Con solo 350 quetzales, un joven guatemalteco emigró a EEUU

Antonio, de 17 años, junto al abogado migratorio Alex Galvez (izq.) y su hermano Pedro.
Antonio, de 17 años, junto al abogado migratorio Alex Galvez (izq.) y su hermano Pedro.
Foto: La Opinión - Ciro Cesar

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Además de 350 quetzales (44 dólares) en el bolsillo, cuando Antonio decidió emigrar de Guatemala tenía “kabal xibi”, lo que en su lengua maya significa miedo, mucho miedo.

A principios de diciembre de 2013 partió de la aldea de Santa Eulalia, en el departamento de Huehuetenango, y tras sobrevivir a varias “bestias” en una travesía de casi un mes, llegó a la frontera de McAllen, Texas.

Se vino huyendo de las maras, cuenta este joven de 17 años de edad, porque de no entrar a la pandilla tenía que pagar una cuota semanal de 100 quetzales, (13 dólares).

Como ya en una ocasión los mareros lo golpearon hasta dejarlo cojo, prefirió dejar su tierra maya de Jolom Konob’, en la sierra de los Cuchumatanes.

Otra de las “bestias” que Antonio tuvo que sortear en su camino al norte fue el ferrocarril, porque recuerda que a pesar de su dañada pierna de aquella golpiza, tenía que correr lo más que podía para alcanzar algún fierro de los vagones y aferrarse a ellos para no caer y morir en las vías.

“Ahí me quedé agarrado, no me solté, fueron como tres horas de camino”, recuerda Antonio aquel día en que dejó atrás a sus padres y ocho hermanos más.

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Al llegar a la siguiente estación, policías mexicanos le robaron los $580 pesos que le dieron en una casa de cambio por sus quetzales, los cuales había ganado trabajando en la milpa.

“Luego aparecieron dos muchachos y me preguntaron que a dónde iba, me pidieron el número de teléfono de mi hermano en Estados Unidos y ya se pusieron en contacto con él para poder trasladarme hasta la frontera”.

Apenas cruzó el Río Bravo en balsa, Antonio fue detenido por la Patrulla Fronteriza y recluido en un albergue para niños migrantes durante un mes.

A principios de febrero de este año logró reunirse con su único familiar en Estados Unidos, quien contrató un abogado de inmigración para que Antonio pueda obtener la categoría de “joven inmigrante especial”, que se quede en el país como refugiado y acabe con el “kabal xibi” que toda su vida lo ha acompañado.