Borges pasó por aquí

Lo malo de encontrarse con los personajes es que ellos nunca se encuentran con uno
Borges pasó por aquí
Jorge Luis Borges.
Foto: Flickr

Papeles

Ahora que se cumplieron 115 años de su nacimiento (agosto 24) parece que fue mañana que abordaba a Jorge Luis Borges a la salida del Palacio de Nariño, después de su encuentro con el entonces presidente Turbay, quien provocó envidia nacional al confesar que la suya era una “casa tomada” por siete mil libros. Leídos, claro.

El “último delicado” salió de Palacio y de inmediato empezó a disfrutar la ciudad vieja de Bogotá, uno de los principales sitios turísticos de la metrópli que todavía carece de metro.

Borges lo veía todo con el resto de los sentidos después de que Dios tuvo la magnífica ironía de depararle al mismo tiempo “los libros y la noche”.

A lo mejor bromeaba para sus adentros con la sonrisa de quien se jactaba más de lo leído que de lo escrito: para lo que hay que ver —pensaría- con la ceguera basta.

Viendo a Borges por primera y última vez me curé del deseo de que se me aparecieran Dios o la Virgen, dos de las ficciones de mi niñez.

Se supone que como reportero tenía qué preguntarle algo, pues para eso me pagaban. Pero me pareció falta de consideración distraerlo mientras disfrutaba del misterio del sector.

Años después de “mi” encuentro con Borges lamento no haberle dicho: Maestro, usted es una de sus ficciones, usted no existe, está rezado, ¿verdad? O: ¿Por qué nunca habla de García Márquez o ya leyó siquiera 20 de los cien años de soledad, siguiendo una de sus bromas?

Lo malo de encontrarse con los personajes es que ellos nunca se encuentran con uno. Pero nadie me quita lo bailao: conocí a Borges.

Lo seguí en su periplo por el barrio donde nació un colega suyo poeta, José Asunción Silva, quien se suicidó disparándose un nocturno en el corazón. Me habría gustado meterle la mano al bolsillo y robarle algún futuro verso. U otro ya escrito. O uno de sus cuentos, algún ensayo, el bastón, su memoria.

Sus pasos lo llevaron hasta la sede del Instituto Caro y Cuervo, la institución que vela por la pureza del idioma. Lo esperaba el director, Ignacio Chaves, quien hace tiempos goza de Borges.

Si antes había envidiado a Turbay, ahora envidiaba a Chaves quien le narraba al visitante la vieja casona con pelos, señales y fantasmas. El agua de la alberca se encargaba de ponerle música de cámara a la crónica del anfitrión.

Me pareció haberle oído murmurar a Borges — tenía “voz de sombra”, como Malena, la del tango de Manzi- que esa casa repetía otra que había “visto” en una remota ciudad, que ese ambiente no le era extraño. Espero no calumniarlo si digo que mencionó a Granada en ese “contexto”.

Al “argentino más citado” lo esperaba un salón atestado de perplejos. Don Jorge despachaba sonriente toda suerte interrogantes. Este “reportero” volvió a callar como un eterno principiante.

No se me ocurrió nada. Ni siquiera le pregunté por “un tal Acevedo Bandeiras”, Juan Dalhmann, su Martín Fierro, por qué amó tanto a Stevensen, por qué seguía soltero, cómo le parecía el Dios de Spinoza, si era ateo, por qué rezaba el rosario.

También pude haberle preguntado por algún compadrito que después se volvió tango en la voz de Edmundo Ribero que admiraba. No pregunté nada, pero el mundo se podía acabar ya. Regresaba a casa siendo un Borges más rico.