¿Una muñeca para la niña? No, ¡un fusil!

"Mirando al Sur": blog del periodista Luis Manuel Ortiz que comenta los sucesos de actualidad desde Texas

La niña estaba de vacaciones en Arizona.
La niña estaba de vacaciones en Arizona.
Foto: YouTube / Archivo

Brownsville, Texas.- El estado de Arizona ha sido desde hace muchos años, el laboratorio de experimentación de leyes y reglamentos extremistas e insensatos. Y no lo son así porque yo lo digo sino porque en la práctica los resultados lo han demostrado. En Arizona se han aprobado decenas de leyes referentes al idioma, a las armas, a la inmigración, a la educación, etc., que en otras entidades ni por casualidad se piensa en ellas. Pero eso sí: una vez aprobadas en Arizona otros estados las imitan.

Y aunque no se trata de una ley, Arizona acaba de ser escenario nuevamente de un hecho que va más allá de la capacidad de comprensión de muchos, incluido yo.

Sucede que a finales del pasado mes, una niña de 9 años de edad mató accidentalmente a un entrenador de tiro cuando éste le enseñaba a disparar una sub ametralladora Uzi en un campo de entrenamiento privado llamado, -créalo, por favor- “Balas y Hamburguesas”, en el estado de Arizona.

El lugar es un negocio legal, registrado, con todas las autorizaciones requeridas, que se jacta de ofrecer la enseñanza del uso de armas -¡y que armas!- “en un sano ambiente familiar”, al tiempo que los clientes degustan el antojito más típico de los Estados Unidos.

En el entrenamiento se incluye a menores de edad con el único requisito de que hayan cumplido los 8 años, estén acompañados por un adulto y firmen un documento de excepción de responsabilidades. En suma, no se trata de una actividad ilegal. En este sitio las personas pueden escoger entre 38 tipos de armas, incluidas algunas de súper alto calibre y lanzagranadas. El subfusil Uzi es uno de los más pequeños.

Pero no es el único sitio que ofrece esos servicios. En Estados Unidos es legal que los niños menores de 17 años puedan acceder a las armas de fuego en los campos de entrenamiento privados si cuentan con el consentimiento de sus padres. Y no existen limitaciones ante al tipo de armas que pueden utilizar. De hecho tampoco es el primer caso trágico en que se ven involucrados niños cuando practican tiro al blanco con ese tipo de armas. El último había sucedido en 2008 en Massachusetts donde un jovencito murió en un accidente similar.

El incidente de Arizona quedó registrado en un video que se tornó viral en las redes sociales y en donde se ve cómo la niña pierde el control del arma al momento de disparar una ráfaga que termina con la vida del entrenador.

Con esto yo podría insistir de nuevo en la necesidad de que se ponga mayor control en la adquisición y uso de ciertas armas de fuego como los fusiles de asalto, los lanzagranadas y las subametralladoras, pero no voy a hacerlo. No voy a perder el tiempo pidiendo algo que no se va a lograr porque en ello inciden dos cosas contra las que la sensatez siempre saldrá derrotada: el complejo de Rambo del estadunidense típico y los enormes, inimaginables intereses económicos que defienden los fabricantes de armas, con la ayuda de grupos de poder e interés, especialmente la NRA (Asociación Nacional del Rifle) que con su dinero e influencia política lleva al triunfo y a la reelección a muchos candidatos.

Prefiero limitarme a expresar mi pesadumbre por la pequeñez mental y espiritual de quienes llevan a sus hijos a entrenarse en el uso de máquinas que acaban con la vida y que, por cierto, muchos no usan para ello el tradicional “target” de círculos concéntricos sino uno que tiene la silueta humana. Explícito detalle.

Inútil sería también que yo expresara –al fin y al cabo quien soy yo- el deseo de que las autoridades reglamentaran con más severidad la actividad infantil en los campos de tiro. Pero, al final del cuento, los defensores de estas prácticas quizás tienen razón: de esa manera los niños se familiarizan con estas armas pavorosas y no se asustarán cuando a su escuela entre un extraviado mental disparando una de ellas sin ton ni son sembrando muertos y heridos por todos lados.

En fin, que Dios me perdone el sacrilegio de no apegarme a la sagrada Segunda Enmienda de la Constitución del Estados Unidos.