Migrantes ‘sanan’ en jardines comunitarios

Estos espacios los conectan con sus orígenes
Migrantes ‘sanan’ en jardines comunitarios
Paulina Ortiz y su hijo Ángel siembran su parcela en el jardín comunitario 'Mariposa Nabi' en Koreatown.
Foto: La Opinión - Isaías Alvarado

Cuando Paulina Ortiz cultiva fresas, betabel y yerba buena en un jardín comunitario en Los Ángeles, ella se transporta a las fértiles tierras de Oaxaca, donde ayudó a su abuelo en la siembra del elote.

“En nuestros países tenemos esa oportunidad, aquí no porque vivimos en apartamentos”, dice Ortiz, de 32 años y quien desde hace uno tiene una parcelita en “Mariposa Nabi”, un espacio rodeado de edificios en el que decenas de familias se han reencontrado con la tierra y sus nostalgias.

Sin parques seguros alrededor, el jardín también sirve de esparcimiento para sus hijos. “Les enseñamos a sembrar, juegan, agarramos las lombrices y ellos echan agua a las plantas”, cuenta Ortiz, madre de tres hijos, todos involucrados en esta actividad. “La familia convive”, celebra.

Al más pequeño, Ángel, de dos años, le ha llamado la atención el color naranja de un chile campana y lo arranca para observarlo. “¡Mi vida, me dejaste sin chiles!”, expresa su madre con una sonrisa.

¿Qué se produce en los jardines comunitarios? Fue la pregunta central de una investigación de Pierrete Hondagneu-Sotelo, profesora de la Universidad del Sur de California (USC). Su conclusión es que no sólo vegetales y frutas, sino valores sociales, alivio emocional y cooperación.

“Son sitios de terapia porque son lugares donde se encuentran con amistades que están sufriendo los mismos problemas, ahí buscan apoyo y soluciones”, comenta la catedrática, quien de 2010 a 2012 tomó nota de lo que ocurría en dos jardines vecinales en zonas pobres de Los Ángeles.

“Son lugares de curación y sanación, porque la gente cultiva yerbas medicinales de sus países”, continúa la profesora. “Pero también hay sanación mental, yo diría espiritual”, precisa.

Parte de su último libro titulado “Paraíso trasplantado”, ella califica a estos espacios como “santuarios paliativos”, en los que incluso se celebran fiestas de Quince Años o el Día de Muertos. “De repente, ahí estaban echando tortillas a mano, haciendo quesadillas con hongos”, cuenta emocionada.

Creados en Inglaterra durante la Revolución Industrial, los jardines comunitarios han surgido en las peores épocas de Estados Unidos, como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial (cuando los llamaban “los jardines de la victoria”), respondiendo al desempleo y a la escasez de alimento.

“Va más allá de la terapia, es una reconexión con la cultura con la que esta gente creció”, menciona Miguel Luna, dirigente de Semillas Urbanas, que desarrolla un programa para crear ocho jardines vecinales en zonas pobres del condado. “Sirven como una conexión con la tierra y ellos mismos”.

Se estima que hay cien parcelas comunitarias en el condado de Los Ángeles, pocas comparadas con las alrededor de mil que existen en Nueva York, Detroit y Filadelfia. El elevado costo de la propiedad, la falta de espacios y la escasez de agua son las principales barreras para que abran más aquí. Todos los días, la señora Ortiz riega su parcela y viaja a su querida Oaxaca. “Aquí somos felices”, dice.