¿Por qué tantos asocian al Caribe con el Paraíso?

El mar azul, el calor del Sol, las playas infinitas de arena blanca... mucha gente describe al Caribe como el paraíso, pero no siempre fue así. El Edén ha ido cambiando con el tiempo en el imaginario de la civilización.
¿Por qué tantos asocian al Caribe con el Paraíso?
Mano revela cielo azul tras nubes negras

Las islas del Caribe a menudo son descritas como “el paraíso”, aunque no siempre fue así. ¿Qué nos dice esto de la región y del Edén en el imaginario popular?

Mar azul, Sol cálido, playas interminables de arena blanca.

Estaba en Antigua, pero no exactamente disfrutando la belleza suave bajo el balanceo de las palmeras. Estaba en cama en una habitación, con la temperatura del aire acondicionado fija en “ártica”, sufriendo con el virus más extraño que haya tenido jamás.

Acostada en un pozo de sudor febril pensé: ¡bienvenida al paraíso!

Mientras mis articulaciones me dolían y mi cabeza retumbaba, se me ocurrió que estaba reviviendo una escena histórica, aunque con una diferencia crucial.

En el siglo XVIII, no habría sido raro que una europea como yo estuviera en la misma situación: luchando contra un virus en estas mismas islas; pero ella no habría estado de vacaciones, ni consideraría al lugar como el Edén.

Mientras pensaba en esta complicada relación, un amigo más versado en asuntos religiosos que yo me recordó algo obvio: el paraíso bíblico, el que persistió durante varios siglos, no era una playa sino un jardín.

Lo que pasa es que con el tiempo se le fueron añadiendo elementos al paraíso. Además del esplendor libre de pecado prelapsariano, empezó a estar asociado con ese asunto más laico de la riqueza, así que la localización del paraíso se tornó en una cuestión seria en la Edad Media.

Esa nebulosidad es parte del encanto: el paraíso tiene que estar a la vez al alcance y un poco fuera del alcance. Está en algún lugar pero no se puede señalar en un mapa.

El Libro de Génesis dice que el jardín o huerto está plantado al oriente o mirando al este en Edén, y los primeros pensadores cristianos -como San Agustín- creían que era cierto.

Sin embargo, en la época medieval, eso le empezó a molestar a los cartógrafos. ¿Dónde quedaba el paraíso? ¿En qué lugar del mapa lo ponían?

A medida que las técnicas de navegación mejoraron en el siglo XV, las embarcaciones españolas y portuguesas empezaron lentamente a incursionar en aguas misteriosas muy lejanas.

Lo que encontraron no era muy disímil al exuberante paisaje descrito en Génesis, con árboles y flores, arroyos frescos y aire perfumado. Cristóbal Colón y los muchos que le siguieron exaltaron la belleza natural de las islas.

Pero pronto aprendieron que no habían llegado al paraíso. Empezaron a padecer extrañas dolencias americanas, mientras que los nativos y los africanos forzados a trabajar en el Caribe cayeron presa de enfermedades traídas del otro lado del Atlántico.

Pronto, los primeros relatos edénicos sobre las Indias Occidentales quedaron atrás y dieron paso a debates teñidos de una dimensión moral sobre el carácter de los nativos y los criollos.

Sin embargo, para el siglo XIX los románticos y, más tarde, los victorianos, habían transformado la imagen del océano. Había dejado de ser un refugio de monstruos marinos y pasado a ser una alegoría a los estados emocionales internos.

El poeta británico Byron le cantaba loas al “éxtasis en una costa solitaria” y Moby Dick, de Melville, no era un monstruo sino más bien un símbolo del esfuerzo para entender la fe y la mortalidad.

Las actitudes hacia las playas y el mar también estaban cambiando.

Los viajes al extranjero en buques de vapor eran menos riesgosos y, en casa, las costas locales se estaban convirtiendo en una fuente de placer sensual.

En el Caribe, mejoras en la salud pública hicieron que las islas dejaran de ser tan peligrosas. El aire marino pasó a adquirir una cualidad medicinal: la gente creía que podía aliviar síntomas de enfermedades como la tuberculosis.

Las islas tropicales se transformaron en un lugar para el descanso y la recuperación de enfermedades.

De repente, los lugares en los que se temía la muerte empezaron a ser considerados vivificantes, sobre todo cuando se les comparaba con las ciudades industrializadas de países como Reino Unido y Estados Unidos.

Un estadounidense enfermizo que había pasado un tiempo en la ciudad de Trinidad en Cuba escribió en 1860 sobre “las influencias restaurativas de su clima delicioso”.

Cuando llegó el siglo XX, los buques de vapor empezaron a llevar turistas de Europa, EE.UU. y América Latina, forjando el camino de la naciente industria vacacional. La llegada de la era de los vuelos comerciales no hizo más que solidificarla.

Complejos con todos los servicios incluidos empezaron a multiplicarse en las islas a partir de la década de los 60, permitiéndole a la gente pasar una semana bajo el Sol, con todas sus necesidades atendidas, dándoles a los que no lo eran una idea de lo que imaginaban era la vida de los acaudalados.

Una vez más, el Caribe se transformó completamente: del miedo y la muerte, a la relajación y rejuvenecimiento… pero ¿paraíso?

La cuestión es que así como la idea del Caribe cambió, también lo hizo el concepto de paraíso.

En vez de la redención prometida por la religión, la gente ahora busca una más secular, en la que las riquezas espirituales e incluso las materiales ya no se encuentran en la posibilidad de retornar al jardín del Edén sino, al menos hoy en día, en la oportunidad de apagar el celular.

Es por eso que el uso de la palabra paraíso es un poco desconcertante.

Sin su ancla espiritual, flota por ahí, tropezándose con diferentes significados.

Pero la idea de que el paraíso se puede comprar lo torna en una mercancía; no es que los viajes al Caribe sean malos, pero así como los cartógrafos de la Edad Media, terminamos tratando de encontrarle un lugar al paraíso.

Tal vez eso sea un error. La idea del paraíso perdido alberga la posibilidad de poder volverlo a encontrar… quizás en nuestro propio jardín trasero.

Carrie Gibson es la autora de

“Empire’s Crossroads: A History of the Caribbean from Columbus to the Present Day”.