Protegen a desamparados en la Misión Dolores

Muchos son inmigrantes que no tienen un lugar donde vivir
Protegen a desamparados en la Misión Dolores
Indigentes se preparan para dormir en el albergue de la Misión Dolores.
Foto: Aurelia Ventura

@MarveliaAlpizar

Para mantenerse, René Cruz trabajaba repartiendo volantes de casa en casa. Sin embargo, por causa de una hernia, no puede dedicar mucho tiempo a ese trabajo.

Al no poder pagar una renta, Cruz llegó hasta el albergue de la Misión Dolores en Boyle Heights, donde espera que lo operen y poder continuar con su vida.

“Es una suerte que existen estos albergues que nos ayudan, porque en nuestros países ni siquiera tenemos eso”, dijo el salvadoreño de 64 años.

El Proyecto para Desamparados Guadalupe es un albergue que ofrece alojamiento a hombres sin hogar del área de Los Ángeles.

“El objetivo es que salgan de las calles y esa transformación a veces toma tiempo”, dijo Raquel Román, directora del albergue.

El refugio ofrece un lugar donde dormir, desayuno y cena, además de clases de inglés, arte, salud y entrenamiento de trabajo.

“Los evaluamos a los 30 días y si vemos que están haciendo algo positivo en transformar su vida, les damos una extensión a 90 días para que logren la transición”, agregó Román, directora del Proyecto para Desamparados Guadalupe.

Para ello, les elaboran un plan con metas para que puedan vivir en una vivienda permanente. Sin embargo, esta transición a veces es difícil porque la mayoría de las personas que atienden son indocumentadas.

“Tenemos un 23 por ciento en transición al año, en donde consiguen viviendas permanente, un porcentaje que es alto para la población con la que trabajamos”, dijo Román, destacando que el 95 por ciento de los hombres que viven allí son latinos, la mayoría de ellos indocumentados.

“Todo depende de los voluntarios, hasta las comidas. Todo el año tenemos un grupo de la comunidad o una organización que compra todo, cocina y sirve la comida”, dijo Román.

Hasta hace tres años, la vida de Ramón Castro transcurría sin mayores problemas al lado de su familia, trabajando para mantener a su esposa e hijo. Hasta que lo deportaron.

Mientras estuvo en México, la esposa de Castro falleció repentinamente y el hijo de ambos, de 6 años, fue a vivir con una cuñada de él. Como pudo, Castro volvió para estar cerca de su hijo.

Pero sufrió un accidente en su último lugar de trabajo que le afectó el brazo derecho y su jefe lo despidió en marzo de este año cuando Castro lo demandó por no ayudarlo con atención médica.

Sin trabajo y ninguna posibilidad de pagar la renta, Castro comenzó a vivir en la calle. Sin embargo, un amigo lo llevó al albergue de la Misión Dolores.

“Fue la primera vez que conocí un lugar así en los Estados Unidos. No sabía que existían lugares así que pudieran ayudar a uno”, dijo Castro. “Es una bendición de Dios porque dormir debajo de los puentes es muy duro”.

Durante tres meses, el albergue le dio refugio para que se recuperara. Se fue, sin embargo, dos semanas después de haberlo dejado, se fracturó el tobillo izquierdo. Tuvo que volver a la Misión Dolores a recuperarse de nuevo.

“Ya estaba dispuesto a salir adelante pero los accidentes pasan”, dijo Castro, quien lamenta no poder ver a su hijo por la vergüenza de aparecerse ante él con las manos vacías.