Esperanza

Padres piden un milagro para hijos sentenciados a la horca en Malasia
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Los mexicanos Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal, fueron sentenciados a la horca en Malasia.
Foto: Araceli Martínez

@AraceliMartinez

Culiacán, México.

A doña Carmen Villarreal Espinoza no se le puede hablar de sus tres hijos presos en Malasia y condenados a la horca porque las lágrimas le salen a borbotones. A don Héctor González Ríos, el padre de los muchachos, la tristeza le ha tapizado de surcos la piel de su cara.

Es como si la tristeza se le hubiera grabado en su expresión y en su voz quedita.

Lo que los mantiene en pie, dicen estos padres septuagenarios, es la fe que les da fuerza y fortaleza.

“El amor de una madre es muy grande. Yo tengo la esperanza del mundo de que van a regresar, que no les harán daño, y los voy a volver a abrazar”, dice la progenitora. La madre imagina que un día los va a recibir con un plato de frijoles de la olla y tortillas de harina recién hecha. “Me han dicho que lo que más extrañan comer son frijoles. Allá les dan puro arroz”, cuenta.

Don Héctor dice que cree en la justicia pero hasta cierto punto. “Las leyes se las aplican al pobre, no a quien tiene la manera. Dios quiera les den la libertad, o que los pasen a una cárcel en México”, expresa.

El 4 de marzo de 2008, los hermanos Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal fueron arrestados durante una redada en Johor, al sur de Malasia afuera de un laboratorio de metanfetaminas. La policía encontró en el laboratorio 60 libras de metanfetaminas, valoradas en 15 millones de dólares.

Fue entonces que a doña Carmen y don Héctor, se les vino el mundo encima. Sus hijos habían salido de Culiacán a mediados de febrero de 2008. No sabían adonde habían ido a trabajar. Ni siquiera conocían de la existencia de ese país en Asia.

“Hay días que me agarra como un desespero, a veces me encierro y me pongo a llorar. Cuando les dieron la sentencia de la horca, me pegó un paro cardíaco”, confiesa la madre, mientras los gallos no paran de cantar n plena tarde en la humilde vivienda de las Lomas de Rodriguera, un modesto y polvoriento barrio, camino al basurero de Culiacán.

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