Segunda parte: ¿Ya basta de qué?

"Mirando al Sur": blog del periodista Luis Manuel Ortiz que comenta los sucesos de actualidad desde Texas
Segunda parte: ¿Ya basta de qué?
Policías federales frente a una fosa común descubierta en septiembre en Iguala, México.
Foto: Getty Images

Brownsville, Texas.- Hace muchos años, México era un país con problemas y carencias. Sí, pero con alma y con valores. Había, por supuesto, quienes vendían su dignidad por una pitanza, pero eran más, muchos más los que compraban con decencia y esfuerzo la paz interna de una vida digna para ellos y para ejemplo y herencia de sus hijos.

Ese México ha ido quedando en el recuerdo y no lo supimos cuidar para nuestros hijos y nietos. Hoy veo con tristeza que les estamos entregando otro país. Unos porque lo empeoramos, otros porque lo abandonamos, convencidos de que es una patria sin remedio y sin futuro.

Hace unos días recibí un mensaje de un lector que radica en el estado de Querétaro y que me dice (respetando su redacción): “…interesante es como tu y miles de personas desde el exterior miran con asombro como se desarrolla la vida de nuestra sociedad y como las personas que se colocan dentro de nuestro sistema de gobierno desde policias hasta altos miembros del gobierno olvidan que forman parte de la misma sociedad y cometen abusos contra la misma. en esta region gran parte de los habitantes nos estamos preparando para huir buscando mejores condiciones de vida pues no vemos mejoras en un corto plazo. en fin lo de nuestros representantes no seria costoso si trabajaran en beneficio de sus comunidades pues estaras de acuerdo que mexico tiene recursos suficientes para vivir todos bien y en paz”.

Sin ninguna duda, este lector tiene razón, pero también confirma la mía cuando dice: “gran parte de los habitantes nos estamos preparando para huir”. Ese es, en síntesis, el problema del México actual: los mexicanos perdimos el espíritu de lucha y de búsqueda de la justicia y la igualdad. Unos nos vamos, otros se quedan y ambos somos cómplices de quienes medran con la situación y la vuelven cada día peor: los políticos. Y no debo ponerle siglas a esos políticos porque todos están por igual.

¿Pero qué podemos hacer? ¿Practicar un harakiri nacional? Dos o tres semanas atrás dije en este mismo espacio que ya pasaron los tiempos de las revoluciones armadas. La fuerza descomunal –que no popularidad y menos aún aceptación- de los gobiernos actuales las vuelve improbables, fracasadas a priori. Es entonces el regreso de la conciencia nacional el que habrá de lograr ese cambio a todas luces indispensable.

Pero una conciencia nacional no surge del conformismo, de la búsqueda del bienestar personal, quien piense que hacer patria es darle a su familia, y sólo a la familia, comodidades y lujos debe entender que fortalecer a la nación no es dejarle el compromiso a otros, no es tarea de políticos (y menos aún de políticos como los que tiene México) y de “los demás” sino de todos. Y, quizás más importante, es entender que la patria no es el país con bienestar de hoy sino también y sobretodo el de mañana y de siempre.

La vida política mexicana se consume en luchas de partidos disfrazadas de búsqueda del bienestar general, pero que en realidad sólo van tras el poder y el dinero. Es gigantesca la mentira que manejan, y lo peor y más ofensivo es que lo hacen de manera notoria y con desfachatez: públicamente se burlan del pueblo porque públicamente son serviles a intereses que ni son populares ni son útiles para el país sino a quienes los han patrocinado para llegar al cargo.

Lo que hace el régimen actual es quizá lo más deshonesto en décadas, gobernar para las élites económicas mientras la nación se revuelca en cada vez más y más graves hechos de sangre y crueldad. Las reformas económicas impulsadas por Peña Nieto y el grupo de poderosos que lo impusieron son muestra cínica de insensibilidad y crueldad como no se había visto en, quizás, toda la historia mexicana. Esa ha sido su gran meta de gobierno: darle más riqueza a los ricos y menos paz y seguridad a los demás. Y nada –o nadie- hará que eso cambie. ¿O usted piensa diferente y está dispuesto a luchar por ello?