Los deportados a Honduras

En la medida que el número de hondureños que emigran a Estados Unidos se incrementa, crece también el número de deportados

José Marel Baneras Díaz es un migrante hondureño originario de Aramecina en el Departamento de Valle. Actualmente tiene 47 años de edad y vivió desde sus 17 años hasta el 2013 en Estados Unidos. Aunque en la juventud llegó a inmiscuirse en problemas de venta drogas, nunca fue detenido o encarcelado. No obstante, aunque en los últimos años ya estaba alejado de esos negocios, -según comenta- lo mezclaron en un conflicto que le costó la detención y repatriación a Honduras.

Las deportaciones son una más de las aristas que entraña la problemática de la migración de centroamericanos a Estados Unidos. Según el Departamento de Migraciones Internacionales de Honduras, en el año 2013, 70,658 catrachos sin documentos fueron deportados de Estados Unidos y México. Se trata de una cifra que se ha incrementado considerablemente respecto a años anteriores. En el año 2012 por ejemplo, fueron 60,003 los deportados; en el 2011 la cifra fue de 40,727, y en 2010 de 46,185.

En artículos anteriores hicimos mención del complejo contexto de violencia que se vive en este país centroamericano. Se trata de la nación con mayor tasa de homicidios en el mundo, según el informe de Homicidios 2013 publicado -en 2014- por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Tan sólo durante el año 2013 el total de muertos por acciones que entrañaran violencia fue de 7,172 personas, es decir, un promedio de 90.4 por cada 100 mil habitantes. En este tenor, San Pedro Sula encabeza las listas en homicidios, pues en el 2013, por tercer año consecutivo se ubicó en el liderato del ranking de las 50 ciudades más violentas del mundo, al registrar 187 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

En la capital Tegucigalpa -ciudad a la José regresó con sus familiares- la situación no es muy distinta. El contexto al que el migrante se enfrentó cuando regresó a su país, fue un entorno de inseguridad e incremento del crimen. La guerra entre pandillas, cobro de piso, violencia, secuestro, asesinatos, asaltos, e intranquilidad son el pan de cada día en muchas de las poblaciones del territorio hondureño. Tanto en la zona urbana como en las comunidades rurales, el ambiente que se respira es de inseguridad. A decir de José, las familias cada vez se sienten menos seguras, y en consecuencia muchos de sus miembros optan por el éxodo hacia Estados Unidos, tratando de evadir así la situación de marginación y violencia.

“Salí de mi país amenazado” comentó el migrante en la entrevista que le hicimos en FM4 Paso Libre, casa del migrante de Guadalajara, Jalisco. En Tegucigalpa los integrantes de su familia son transportistas; tienen alrededor de 15 camiones de pasajeros que recorren diversas rutas urbanas de la capital, y algunos autobuses foráneos. Se trata entonces, de una familia que aunque no vive con lujos, tiene los medios suficientes para vivir holgadamente. Lo lamentable en este caso, es que tanto sus familiares como otras personas en el negocio de los transportes, se han visto obligados a pagarle “piso” a los “gangs” (Maras), y a ajustarse a sus exigencias de extorción.

Desde el año 2013 José regresó a Honduras con su familia, y comenzó a trabajar con ellos conduciendo un camión. Poco tiempo llevaba en su país de origen cuando se empezaron a presentar los primeros inconvenientes. Fue testigo de innumerables actos de violencia. A su hermano -que maneja otro vehículo- lo asaltaron, a su padre “le pincharon” un ojo, y él recibió amenazas. El motivo de las disputas entre José y los maras, fue no querer ajustarse a sus peticiones: “por que les voy a pagar. Por que tengo que darles mi dinero” comentó. Por ello -considera-, no tenía otra opción más que huir de su tierra.

Pero el acto que lo hizo decidirse a huir del país y tratar de volver a Estados Unidos, fue saber del caso de otro empresario camionero -mucho más fuerte en el negocio que sus familiares- que fue víctima de violencia, extorsiones, y prácticamente obligado a cederle una banda de delincuentes una de sus casas en Tegucigalpa. Esta vez, José salió de Honduras con destino hacia Estados Unidos, pero su situación migratoria (de cinco años de castigo) le imposibilita regresar. Por ello, su idea es establecerse en México, en Guadalajara o cualquier otra ciudad, y con el tiempo poder convencer a sus familiares de que vengan a vivir con él, y escapen de la violencia en Honduras.

El caso de este migrante en parte ejemplifica la problemática de las deportaciones de centroamericanos desde Estados Unidos. José, aunque vivió desde 1986 ahí, fue repatriado a su país de origen en donde se enfrentó a un contexto dominado por la violencia, que derivó en extorsiones y amenazas para él y sus familiares. Aún así, su caso es menos crudo que el de miles de personas que regresan, y afrontan enormes dificultades por insertarse en el mercado laboral, y se enfrentan -además de la violencia- a la marginación y la falta de oportunidades.

En la medida que el número de hondureños que emigran a Estados Unidos se incrementa, crece también el número de deportados. Los repatriados son enviados a Honduras principalmente desde Estados Unidos (pero también desde México) en aviones o autobuses fletados por el Servicio de Inmigración estadounidense. Tan sólo en los primeros 10 meses del 2013 el gobierno hondureño recibió alrededor de 300 vuelos con deportados, con aproximadamente 103 personas por cada vuelo. En este 2014 esta cifra podría superarse, pues tan sólo en lo que va del año, Estados Unidos ha deportado a 31,272 hondureños; un incremento del 40 por ciento en relación al año pasado.