Hechos, actualidades y proyectos

Álex Ramírez-Arballo escribe para contribuir a la formación de gente interesada en los valores de la persona y el diálogo
Hechos, actualidades y proyectos
Si no sabemos lo que queremos, difícilmente llegaremos a ninguna parte.
Foto: Shutterstock

En mis clases de lengua, repetidamente realizo una pregunta medio mañosa: “¿Cuántos tiempos verbales existen?”. Cuatro, cinco, diez, muchos, son las respuestas que comúnmente recibo. El referente de la pregunta sobre el tiempo es la gramática, como es natural en una clase de español, pero en realidad lo que quiero es promover el pensamiento abstracto entre mis alumnos, que por ser jóvenes y por ser muy siglo XXI, desconfían de todo aquello que no pueda reducirse a la materialidad visible del icono. Quiero que piensen en el tiempo como una percepción propia absolutamente subjetiva que se estira y se contrae dependiendo de nuestras circunstancias; hay algo más, existencialista como soy, quiero que a partir de lo ya hecho y de la actualidad, los muchachos comprendan que su joven vida es un proyecto, un maravilloso proyecto que los está llamando hacia adelante. Les digo siempre: lo hecho, hecho está; lo que ahora acontece es tu deber interpretarlo para construir de un modo radicalmente libre el futuro que deseas.

Todos poseemos, como es sabido, condiciones propias: edad, sexo, nacionalidad, estado de salud, etc. Algunas de estas condiciones se pueden modificar, otras no; por ejemplo, yo puedo bajar de peso buscando vivir una vida más saludable, pero no puedo hacer absolutamente nada para volver a tener veinte años. A esto me refiero cuando hablo de “lo hecho”, lo que ya es y está, lo que no puede ser modificado de ninguna manera por mi voluntad.

Respecto a la actualidad, me refiero con ello al momento presente, que siempre debe ser comprendido como un texto susceptible de interpretación. Vivir es practicar una hermenéutica o lectura de la vida, arrojándonos hacia adelante buscando salir de nuestra inercia animal para responder de ese modo a la vida que, como lo repiten hasta el cansancio las literaturas sapienciales, es una eterna pregunta, una convocación. De lo anterior se sigue que ser adulto y responsable es cumplir con dos requisitos fundamentales: saber leer las circunstancias que nos rodean y, segundo, tener el valor suficiente para tomar decisiones radicales. Los filósofos de la existencia han visto en nuestro deber de tomar decisiones el origen de la angustia; en lo particular, este punto me resulta altamente conflictivo. Disiento. Creo que tomar decisiones en pleno uso de nuestra radical libertad es, lejos de una fuente de dolor, una ventana hacia el campo, un pasadizo que nos libera y ennoblece. “Lo que sucede conviene”, dice un dicho popular, y desde que me lo grabé a fuego en el corazón mis niveles de incertidumbre han desaparecido casi por completo.

Respecto al futuro, enfatizo su carácter de consecuencia aún inmaterial de nuestras decisiones; por eso es importante la claridad interior que nos permita reconocer nuestra verdadera vocación, esas prácticas y habilidades personales que nos proveen de gran alegría. Si no sabemos lo que queremos, difícilmente llegaremos a ninguna parte: la vida será un simple vagabundeo más hijo del capricho que del verdadero compromiso.

Creo en la libertad radical, en aquello que dice Sartre y que me ha seguido como un referente moral desde que era niño: “Siempre puedes hacer algo de aquello que te hicieron”.

Desde hace mucho me hago diariamente la siguiente pregunta y me respondo siempre de la misma manera.

– ¿Y cuál es el mejor momento de la vida?

– Bueno, claro está, es este.