La décima es la vencida

En los últimos años, una de las aristas de la problemática de la migración de centroamericanos por territorio mexicano, ha sido la “estacionalidad”
La décima es la vencida
Muchos migrantes centroamericanos se "estacionan" en México a la espera de oportunidades para cruzar hacia EEUU.
Foto: Abel Astorga Morales

“No te preocupes, aquí nadie te va a hacer nada”, me dijo el migrante salvadoreño Eduardo Reyes, mientras lo entrevistaba al lado de las vías del ferrocarril en Guadalajara, Jalisco. En los últimos años, una de las aristas de la problemática de la migración de centroamericanos por territorio mexicano, ha sido la “estacionalidad”. Literalmente, muchos migrantes se estacionan en diversas ciudades del país; al no tener dinero, o muchos tratando de eludir la inseguridad de la que son objeto en su traslado, prefieren permanecer en poblaciones mexicanas y tratar de subsistir.

El caso de este migrante ejemplifica la estacionalidad, pero sobre todo la persistencia de muchos de los centroamericanos por alcanzar el sueño americano. Originario de San Salvador, Eduardo Reyes de 34 años, ha sido deportado en nueve ocasiones desde Estados Unidos. Su historia migratoria se remonta a la década de los ochenta. En 1981 sus padres emigraron a raíz del conflicto armado de la Guerra Civil -o Revolución- Salvadoreña. Sus abuelos lo criaron hasta el año de edad, cuando sus padres decidieron llevarlo con ellos a Estados Unidos (en 1982). En ese país, vivió poco de su infancia, posteriormente regresó a El Salvador, pero desde los 15 años de edad hasta los 33, vivió nuevamente allende el río Bravo, y llegó a ser residente.

Su primera deportación fue en 2001, “me han deportado y regreso, me han deportado y regreso… y así lo seguiré haciendo”, ya que, según se advierte en el migrante, la vida en su país de origen no le satisface: su vida está en Estados Unidos. A lo largo de sus diez éxodos Eduardo ha vivido todo tipo de situaciones. Aunque su historia bien podría proporcionar información para la biografía de un migrante, en esta ocasión destacamos sólo algunas de sus vivencias.

En la conversación llevada a cabo a tres metros de la vía, comentó: “en una ocasión me caí del tren y ‘me cocieron’ el pie. Esa fue en el 2004, la cuarta vez que emigraba [en Tenosique, Tabasco]… Lo peor fue que el tren estaba parado aún, pero yo estaba drogado y al caer me golpeé con el hierro del tren. Si hubiera ido andando, me hubiera matado”. En efecto, lo habitual es que si una persona cae del tren en movimiento, la maquina le cercena alguna extremidad, sufre heridas graves por la caída y, simplemente, rara vez sale ileso. En ocasiones quienes caen corren con más suerte comenta Eduardo: “yo vi un caso de alguien que cayó en medio de la vía, pero al golpear con ella se desmalló al instante, y el tren le pasó por encima sin hacerle daño alguno”.

En el año 2007, en Barranca, “un pueblito de Veracruz, cortaron mano y secuestraron gente”. El tren transita por ese lugar pero no se detiene. Sin embargo, al ir a poca velocidad, los delincuentes lo detuvieron al situarse sobre las vías. “Para mi que los maquinistas y los delincuentes están coludidos” señala el migrante salvadoreño. “Ahí balacearon y cortaron manos a muchas gentes con machetes…” Estaban “cobrando cuotas”. A quien no trae para darles, o peor aún, se manifiesta ante los delincuentes, simplemente lo arrojan del tren, le infringen duros castigos corporales, o lo asesinan. “Allá se vive la verdadera historia del tren, de aquí [Guadalajara] para arriba no es mucho”.

Pocos son los centroamericanos que pueden llegar a vivir estas experiencias, es decir, no sólo viajar por diversas entidades de México, sino sobrevivir y eludir las extorsiones y la violencia del crimen organizado. “Yo conozco todo México más que cualquier mexicano: de sur a norte y de norte sur” comenta el migrante. En efecto, se trata de la décima ocasión que se dirige hacia Estados Unidos, lo hace tras haber sido deportado por novena vez el 19 de enero del 2010, después de permanecer encarcelado por 36 meses en Estados Unidos. Eduardo, al tener antecedentes penales y reincidencia migratoria, no puede poner un pie en territorio estadounidense, o será llevado a prisión.

Ahora, al igual que decenas de migrantes, lleva tiempo estacionado en tierras tapatías (3 meses) pues padece de asma y, según comenta, el calor le sofoca y le complica la salud. “Estoy esperando a que baje el calor”, mientras tanto, subsiste trabajando en el mercado de abastos descargando trailers por las mañanas. Además, diversas organizaciones sociales pasan cada tarde a dejarles comida al lugar donde se han establecido temporalmente.

“La fe la llevo, si dios me lo permite, voy a pasar”. Considera que dentro de poco el tiempo mejorará y volverá a subir al llamado “Tren de la Muerte” con rumbo al norte, esperando a que la décima sea la vencida.