El secreto de una vida buena, cortesía del conde León Tolstói

Se puede aprender del arte de vivir en "La guerra y la paz" de Tolstói, pero también del novelista mismo quien, a pesar de nacer y morir aristócrata, se salió de su camino para entender a quienes estaban fuera de su círculo.

Podemos aprender mucho sobre el arte de vivir leyendo “La guerra y la paz” de León Tolstói, gracias a sus agudas observaciones sobre la vanidad y la necedad, los celos y las relaciones familiares. Pero también podemos aprender de la vida del novelista mismo.

Tolstói nació en 1828 y murió en 1910, era miembro de la nobleza rusa y su familia era dueña de una vasta propiedad en la que trabajaban cientos de sirvientes. La vida del joven conde fue escandalosa, desbocada y violenta.

“Maté hombres en guerras y los reté a duelos para matarlos”, escribió. “Perdí jugando a las cartas, consumí las labores de los campesinos, los sentencié a castigos, viví con ligereza y engañé gente… así viví durante 10 años”.

Pero poco a poco se fue desprendiendo de ese estilo de vida decadente y rechazó las convicciones aceptadas por sus aristocráticos orígenes. Eventualmente adoptó una visión del mundo radical y poco convencional que consternó a sus pares.

Entonces, ¿cómo podría su experiencia ayudarnos a reconsiderar nuestras propias filosofías de la vida?

Uno de los más grandes dones de Tolstói era su habilidad y voluntad de cambiar de opinión basándose en nuevas experiencias.

El horrendo derramamiento de sangre del que fue testigo en la Guerra de Crimea en la década de 1850 lo convirtió en un pacifista de por vida.

En 1857, tras presenciar una ejecución pública con guillotina en París -nunca olvidó el sonido de la cabeza cortada al caer en la caja-, se tornó en un opositor del Estado y sus leyes, convencido de que los gobiernos no sólo eran brutales sino que esencialmente servían a los intereses de los ricos y poderosos.

“El Estado es una conspiración”, le escribió a un amigo. “De ahora en adelante, no volveré nunca a servir a ningún gobierno de ningún lugar”.

Tolstói estaba en camino de convertirse en un anarquista.

Él habría sido el primero en alentarnos a cuestionar los dogmas y las convicciones fundamentales con las que nos criaron.

Tolstói tenía una capacidad inusual de empatizar, poniéndose en el lugar de gente cuyas vidas eran tremendamente diferentes a la suya.

En la década de 1860, no sólo se empezó a vestir como campesino sino que empezó a trabajar con los recientemente emancipados labradores en su propiedad, arando los campos y reparando sus casas con sus propias manos.

Para un conde de sangre azul, tales acciones eran extraordinarias.

Aunque sin duda teñido con algo de paternalismo, el novelista disfrutaba de la compañía de los campesinos y rehuía la élite literaria y aristocrática de las ciudades.

Tolstói pensaba que uno nunca podía entender la realidad de la vida de otra gente a menos de que la probara en carne propia.

También se distinguió de sus pares de la clase alta tomando medidas prácticas para aliviar el sufrimiento de otros, como en sus labores para aliviar la hambruna.

Cuando en 1873 hubo problemas con las cosechas, Tolstói dejó de escribir “Ana Karenina” por un año para organizar la asistencia para los hambrientos. A un familiar le comentó: “No puedo alejarme de las criaturas vivientes para preocuparme por las imaginarias”.

Sus amigos y familiares pensaron que era una locura que uno de los mejores novelistas del mundo abandonara una de sus geniales obras.

Lo hizo de nuevo en la siguiente hambruna, en 1891, cuando pasó dos años trabajando en comedores de beneficencia y recaudando fondos.

¿Te imaginas a un novelista exitoso hoy en día dejando a un lado su libro para dedicarse a labores humanitarias durante dos años?

Tras una crisis nerviosa a finales de la década de 1870, Tolstói rechazó todas las religiones organizadas, incluida la Iglesia ortodoxa con la que había crecido.

Adoptó una rama revolucionaria de cristianismo basada en la austeridad material y espiritual.

Dejó de tomar, fumar y se volvió vegetariano.

Además, inspiró la creación de comunidades utópicas de vida sencilla y autosuficiente, en la que la propiedad era un bien común.

Estas comunidades se extendieron por todo el mundo y llevaron a Gandhi a fundar un ashram en 1910 llamado Granja Tolstói.

Esa nueva vida sencilla no llegó sin sus dificultades y contradicciones.

Tolstói predicaba amor universal y sin embargo se la pasaba peleando con su esposa.

Además, el apóstol de la igualdad nunca fue capaz de abandonar por completo su riqueza y estilo de vida privilegiado.

Vivió hasta una edad avanzada en una gran casa con sirvientes.

Pero a principios de la década de 1890, logró -contra los deseos de su familia- renunciar a los derechos de autor de una gran parte de sus obras literarias, sacrificando una fortuna.

Teniendo en cuenta la posición privilegiada en la que Tolstói empezó su vida, su transformación personal, aunque no completa, merece en todo caso nuestra admiración.

Tolstói reconoció que lograr un equilibrio entre la mente y el cuerpo era una parte esencial de su proceso creativo.

No sólo a menudo dejaba su pluma quieta para ir a guiar a un caballo para arar los terrenos, sino que mantenía una guadaña y una sierra recostadas contra la pared al lado de su escritorio.

En sus últimos 10 años, cuando los escritores y periodistas iban a rendirle homenaje, siempre se sorprendían al ver a uno de los autores más famosos del mundo con sus herramientas haciendo un par de botas.

Si Tolstói estuviera vivo hoy, sin duda sugeriría que hiciéramos alguna artesanía en vez de dedicarle tanto de nuestro tiempo libre a tuitear y enviar mensajes.

La lección más esencial que nos dejó Tolstói es seguir su ejemplo y reconocer que la mejor manera de poner a prueba nuestras suposiciones y prejuicios y de desarrollar nuevas formas de ver el mundo es rodearnos de personas con opiniones y estilos de vidas distintos al nuestro.

En “Resurrección” señaló que la mayoría de la gente -así fueran políticos, empresarios o ladrones- “instintivamente se mantienen en el círculo de las personas que comparten sus puntos de vista sobre la vida y su lugar en ella”.

Mimados en nuestro reducido grupo, podemos llegar a pensar, por ejemplo, que es perfectamente normal y justificado tener dos hogares, oponerse al matrimonio de parejas del mismo género o bombardear países en Medio Oriente.

Nos queda difícil darnos cuenta de que ese tipo de opiniones pueden ser perversas o injustas o irreales, pues vivimos dentro de las burbujas que construimos.

El reto es estirar nuestras alas coloquiales y pasar tiempo con gente con valores y experiencias que contrasten con los nuestros.

Nuestra principal tarea, nos aconsejaría Tolstói, es salirnos del perímetro de nuestro círculo.