El duro camino del “Alivio migratorio” mexicano

El plan regularizaría a unos 30,000 extranjeros en México

Jephté León con su novia Paulina Aranda, con quien espera un hijo.
Jephté León con su novia Paulina Aranda, con quien espera un hijo.
Foto: G. Mendoza

Hay una oración que va de boca en boca entre los inmigrantes que viven en este país: “México te devora o te vomita“, o sea, no hay más que dos caminos: huir o amarlo con sus defectos, tal y como decidieron miles de indocumentados que hoy ven una luz en el camino para obtener la residencia.

El gobierno anunció una especie de Alivio Migratorio llamado Programa de Regularización Migratoria —del 13 de enero al 18 de diciembre de 2015— que, según sus cálculos, podría beneficiar a alrededor de 30,000 extranjeros, aunque organizaciones civiles dicen que podría ayudar a más si no tuviera tantos obstáculos.

“Principalmente por sus altos costos (900 dólares) y la no autorización para trabajar“, señala el Grupo de Trabajo sobre Política Migratoria que aglutina a una veintena de organizaciones defensoras y estudiosas del tema.

Los más afectados por los costos de la regularización serán los centroamericanos que suman el 70% del total. El resto son venezolanos, argentinos, chinos y uno que otro estadounidense.

“Apenas trabajan uno o dos días, cuando mucho, y el pago es el salario mínimo (alrededor de seis dólares por día) con el que tienen que enviar dinero a sus familias, comprar la comida… ¡vivir!”, observó Gabriela Hernández, directora Casa Tochán, uno de los pocos albergues para refugiados en la capital mexicana.

María Fernanda García, directora de Regulación Migratoria, del Instituto Nacional de Migración, encargada de llevar el programa en México defiende su parte.

Dice que —a diferencia del Alivio Migratorio en EEUU— aquí se podrán hacer ciudadanos después de cuatro años y las reglas para documentar la estancia son más flexibles.

El programa es tan noble que si no tienen forma de documentar que viven aquí desde antes de noviembre de 2012 podrán constatarlo con dos testigos“, dijo.

Emiliano Durán tuvo suerte. A los 16 años dejó de estudiar por falta de dinero y los pandilleros lo agarraron de mandadero, en vez de narcomenudista, como hacen con los jovencitos en El Salvador. Aún así, el muchacho se sentía humillado, sin futuro ni gloria.

Porque a Emiliano le gusta el rap, lee para tener más vocabulario, escucha a grupos e improvisa rimas a la primera provocación en Casa Tochán, un albergue para refugiados en la capital mexicana a la que llegó hace dos años para huir de los malandrines en su país.

“Amo la Ciudad de México”, confiesa. “Aquí los pandilleros te ven y no te dicen nada y la gente no te clasifica como delincuente por el tipo de música”.

Al principio, cuando su hermano mayor —quien es ya residente del país— lo animó a venir pensó en seguir el Sueño Americano. “En algún momento sí se me cruzó la idea de ir a los Estados Unidos, pero más adelante se siente toda la presión (de la violencia) así que volví al DF.

Durán cumplió recientemente 18 años y aún no logra la residencia. Esta nueva versión del Programa de Regularización Migratoria es su oportunidad.