El equipo de ciclismo que debe pedalear para llegar a las carreras

El equipo nacional de Burundi conformado por cinco hombres que deben trasladarse a las competencias internacionales en las misma bicicletas en las que compiten
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El equipo de ciclismo que debe pedalear para llegar a las carreras

Para que el equipo de ciclismo de Burundi pudiera participar en una carrera internacional en noviembre, tuvo que acudir a donaciones para comprar sus bicicletas y toda su indumentaria.

Y para llegar a la competencia, que iba a tener lugar en otro país, sólo había una manera de lograrlo, y tenía que ser la más económica.

En una soleada mañana de un lunes, acudo a la habitación de un hotel a reunirme con cinco ciclistas de Burundi y otros tres de logística y apoyo. La habitación es oscura y parece estrecharse con todos nosotros adentro.

El equipo acaba de terminar una de las principales carreras de ciclismo de África, el Tour de Ruanda, que duró ocho días.

Pero sólo hay un tema en la agenda: ¿cómo van a volver a casa desde Kigali a Buyumbura, la capital de Burundi?

El tour de Ruanda

Ellos llegaron hasta aquí montados en sus bicicletas para poder participar en la carrera. Entonces, ¿tendrán que recorrer, de nuevo, los 300 kilómetros que los separan de su hogar?

Los ciclistas son completamente amateur, en sus recursos al menos. El líder del grupo, Didace, conduce su bicicleta diariamente para repartir leche en el lugar donde vive.

Me cuenta que viaja 40 kilómetros a las afueras de Buyumbura para recoger 150 litros de leche que luego lleva pedaleando hasta la capital.

Así varias veces. Son cerca de 160 kilómetros diarios.

Su colega Ismail conduce un velotaxi, en el que lleva a la gente en su bicicleta cargada con un tráiler por los alrededores de Buyumbura.

Otro miembro del equipo se presenta como un hombre de negocios -aunque sus compañeros lo corrigen y dicen que es menos hombre de negocios y más comerciante.

Otro de los deportistas divide su tiempo entre la escuela y el trabajo en un restaurante. El quinto es carpintero.

En la habitación del hotel, me muestran en el mapa la ruta que pedalearon para llegar aquí: Buyumbura, Kayanza, Ngozi, Kirundo, hasta poder cruzar el límite con Ruanda.

Cruzando la frontera

Pasaron un día entero esperando autorización para cruzar, sentados al borde de la carretera. Después de caer la noche los dejaron pasar.

Cuando se bajaron de las bicicletas en el hotel de Kigali, eran más de las 10 de la noche del viernes.

Didace, Obedi, Tharcisse, Ezequiel e Ismail habían cubierto casi 320 kilómetros, y debían empezar la carrera de ocho días el domingo por la mañana.

Las bicicletas del equipo de Burundi fueron donadas por el organismo internacional de ciclismo, la Unión Ciclista Internacional (UCI). Sin esas máquinas, me dicen, no hubieran podido llegar.

Pero aún con esas bicicletas, y con las de repuesto donadas por un equipo francés, todavía se sentían terriblemente mal equipados.

Las camisetas y las bebidas energéticas habían sido regalos y la federación de ciclismo había hecho una colecta para que pudieran llegar a Ruanda.

Optimismo

Pero el coordinador del equipo, Faustin, es lo que llamamos un optimista. Él está buscando las camisetas amarillas de la victoria de los principales tours en África para los próximos tres años y me cuenta que correrá en el Tour del Congo, en el campeonato africano y en Ruanda una vez más.

Su presentación aquí fue bastante digna este año, con tres corredores al finalizar la semana y luchando por quedarse dentro del pelotón en cada etapa.

Lo que a leguas fue una feliz mejora con respecto a su esfuerzo de 2010, cuando todos sus corredores huyeron en masa de la carrera, agotados por la exigencia, al finalizar el segundo día de competencia.

Los miembros del equipo me cuentan que se sienten orgullosos de vestir la camiseta nacional de las tres estrellas y el fondo verde que simboliza la bandera de Burundi, pero a la vez se encuentran frustrados por no tener los recursos para prepararse de forma adecuada.

Quisieran, por ejemplo, enviar a un corredor al Centro Mundial de Ciclismo en Suiza y otro a un centro similar en Sudáfrica.

Pero de nuevo, no tienen el dinero para costear el viaje y mucho menos pueden irse en bicicleta hasta el centro de Europa.

De regreso en el hotel reciben una llamada. Es un hombre que maneja una camioneta y les dice que los puede acercar hasta la frontera entre Ruanda y Burundi.

Suena prometedor, pero no puedo escuchar más. El recepcionista les pregunta: “¿Entonces se van en bicicleta hasta la casa?”

Enfrente del hotel, los cinco ciclistas cargan sus maletas, rellenan sus botellas de agua, ponen sus pies sobre los pedales y comienzan a avanzar tímidamente sobre la calle. Es mediodía y hace calor. Y tienen un largo camino de regreso.

Van circulando por las silenciosas vías donde 24 horas antes eran aclamados por una multitud que los veía pasar una y otra vez durante la etapa final del Tour de Ruanda.

Aunque la multitud se ha marchado, los cinco hombres de Burundi piensan que puede haber espacio para un momento más de heroísmo y abandonan la calle principal de la ciudad, en dirección hacia el sur, hacia la frontera, hacia casa.