Nueva York

Sin llamar mucho la atención han logrado introducir la droga en los barrios latinos
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Plaza dedicada al periodista cubano Manuel de Dios Unanue, que se hizo popular denunciando a los carteles de la droga colombianas que operaban en Nueva York. Unanue fue muerto dentro del restaurante Mesón Asturias, al lado donde está la plaza que hoy lleva su nombre, el 11 de marzo de 1992.

@Zaira_Reporter

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Lejos de la riqueza y exceso asociada a los capos Arellano Félix en las décadas de los 80 y 90, los peces chicos de la sofisticada red del narcotráfico mexicano procuran no llamar la atención en los vecindarios hispanos de Nueva York.

El Rosa, un distribuidor minoritario y ocasional consumidor de cocaína que pasa desapercibido por su facha de comerciante, observa el vibrante escenario bajo las vías del tren 7 en la ciudad de Nueva York. Conoce el barrio de Jackson Heights hace dos décadas.

“Se ve quién es policía, aunque vengan de encubiertos”, dice. “La ropa de civil no les quita el porte”.

El inmigrante mexicano asegura que la mayoría de sus ingresos son legítimos. “Soy la conexión entre el que compra y el que vende los 20 (bolsitas de cocaína de $20). Un dinero extra que me entra”, dice. “Vienen a mi negocio, hacen sus arreglos y se van”.

A unas cuadras de donde El Rosa tiene su negocio, fue asesinado el periodista Manuel de Dios Unanue, exdirector de El Diario/La Prensa y agudo periodista de investigación.

De Dios, que se hizo popular denunciando a los carteles de droga colombianos, fue muerto dentro del restaurante Mesón Asturias, al lado donde está la plaza que hoy lleva su nombre, el 11 de marzo de 1992. Su asesino fue identificado como Alejandro Wilson Mejía Vélez (18), un indocumentado que presuntamente actuó bajo las ordenes de José Santacruz Londoño, jefe del Cartel de Cali.

Hoy, las calles son aparentemente tranquilas pero después de una investigación de dos meses y varias entrevistas a traficantes minoritarios y agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA), se comprobó que el negocio de la droga continúa, esta vez en manos de los carteles mexicanos.

Erin Mulvey, agente especial de la DEA, expresó que hace dos décadas muchos colombianos eran arrestados por narcotráfico, pero en la actualidad son más los mexicanos apresados.

“La violencia relacionada con las drogas en Nueva York es producto de las batallas territoriales de las pandillas en los desarrollos de vivienda locales”, explicó Mulvey. “En la ciudad la violencia está en el nivel de distribución, no en el nivel del cártel”. El Rosa aseguró que “no hay una mafia mexicana en Nueva York como en Chicago, pero seguro tendremos una en pocos años”. El informante agregó que ante la presión de la DEA y otras fuerzas del orden, los traficantes menores optan por las operaciones en ciclo.

“Vendes por seis meses o un año y lo dejas, pero sin perder a tus compradores. Luego vuelves al negocio. La policía no viene por el pez chico, pero lo investiga para dar con el grande”, dijo. “La Policía te deja para saber qué haces”.

Dos informantes revelaron que los traficantes menores de cocaína y otros estupefacientes también estarían vinculados con la trata de blancas y la venta de documentos falsos. Eso confirma la información de Teresa Ulloa, directora de la Coalición Regional Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y El Caribe (CATWLAC), quien dijo en 2012 a El Diario que los cárteles protegían a los proxenetas y garantizaban su paso por la frontera, especialmente por Arizona.

“Algunos que venden papeles falsos, también venden mujeres y droga. Es el famoso ‘delivery’ en el que no sólo te llevan a la chica, también la cocaína”, dijo El Rosa. “Muchos de los que compran mujeres son adictos, ahí está el negocio”.

El Carnal, un exvendedor de documentos falsos, también dijo que algunas tiendas de artículos mexicanos en la Ave. Roosevelt serían una fachada para el narcotráfico y el comercio sexual. Sin embargo, los tentáculos de los traficantes se extienden a otros condados y suburbios.

Washington Heights, El Bronx, Long Island, Harlem, el condado de Westchester y zonas rurales de Nueva Jersey y Pensilvania son algunas de las zonas más recurrentes de incautaciones y arrestos relacionados con el tráfico de heroína y cocaína, según la DEA.

“Cada vendedor es dueño de una esquina”, dijo El Carnal. “Funciona en forma de pirámide. Hay un distribuidor que tiene a unos cuatro trabajando para él y esos tienen a otros en las calles”.

El Carnal, quien vendió documentos falsos por más de una década, dijo que el disfraz de repartidor de comida es efectivo para hacer las entregas de droga o documentos falsos.

“Me acuerdo del escándalo cuando agarraron a unos repartidores de pizzas que llevaban la droga. No es la gran novedad. Los paisanos se mueven así hace como 15 años”, dijo el inmigrante mexicano.

Al igual que el negocio de El Rosa sirve de punto de intercambio entre vendedores y compradores de droga, otras empresas legítimas también se usan para operar redes de narcotráfico entre México y Estados Unidos.

En agosto, una red de tráfico de cocaína que operaba en Amityville, Long Island fue desmantelada luego de una investigación que comenzó en junio de 2013, cuando se incautaron 20 kilos de cocaína enviados por correo a Juan Funes (39), pequeño empresario y cabecilla de la banda.

La droga era transportada en camiones de carga y camionetas de México al sur de California, y luego se enviaba por correo al Condado de Suffolk, en donde Funes la revendía a otros traficantes

El fiscal federal Thomas Spota no ocultó su sorpresa ante la “doble vida” de los implicados, quienes se mezclaban en la comunidad como trabajadores comunes.

“Es un caso atípico (…) Funes dirigía un servicio de limpieza con 30 empleados, muchos de ellos miembros de la banda de narcotraficantes”, dijo Spota en un comunicado de prensa.

Otros de los acusados también tenían un empleo legítimo, como Víctor Núñez, taxista; Rafael Rodríguez, co-dueño de un negocio de plomería, Jesús Simi, bodeguero, y Juan Rosario, quien trabajaba en la fabricación de anteojos