El bulevar de los sueños rotos

Los opositores de las acciones ejecutivas hablan como si llegaron ayer los 11 millones de indocumentados
El bulevar de los sueños rotos
El Departamento de Justicia interpuso el recurso de emergencia. En la foto, el procurador Eric Holder.
Foto: Archivo

Mientras se discuten demandas, fallos, apelaciones, reveses legales y probabilidades en torno al futuro de las bloqueadas acciones ejecutivas migratorias, la otra historia es el efecto sobre los millones de inmigrantes que estaban listos para solicitar el amparo y quedaron con sus esperanzas rotas a horas de que se abriera el periodo de inscripción.

Los reportes en los medios de comunicación captan la parte humana de esta historia, aquella que siempre se pierde en las reacciones y los cálculos políticos y politiqueros que suelen dominar el discurso migratorio. Lo he escuchado de los propios inmigrantes con los que uno se topa en la calle, el metro, la tienda, que se habrían beneficiado o que tienen algún pariente o conocido listo para inscribirse en el DACA ampliado o en la Acción Diferida para Padres de Ciudadanos y Residentes Permanentes (DAPA), que entraba en vigor en mayo y que también fue bloqueada.

Duele también porque uno ha visto lo que ese amparo de la deportación y ese permiso de trabajo pueden obrar en la vida de una persona. Son innumerables las historias de DREAMers que se beneficiaron del DACA 2012 y que pueden seguir haciéndolo. La documentación supone posibilidades, desde la más básicas como poder adquirir licencia de conducir y un vehículo para su transporte, hasta poder ejercer la profesión que estudiaron, pero que nunca habían podido desempeñar por la falta de documentos. Personas empleadas suponen recursos que benefician a los negocios y en consecuencia a las comunidades donde viven. Suponen también ingresos para el fisco mediante la regularización del pago de impuestos. Suponen, en resumen, una estabilidad económica y emocional que beneficia al individuo, a sus familias, a la comunidad y finalmente al país.

Lamentablemente el sentido común no rige el debate migratorio. Los opositores de la reforma migratoria y de las acciones ejecutivas hablan como si los 11 millones de indocumentados hubieran arribado ayer aunque llevan una, dos, casi tres décadas aquí; o como si existieran en un vacío. Tienen hijos ciudadanos estadounidenses, familiares ciudadanos, votantes y potenciales votantes.

La oposición republicana cree que evadiendo, bloqueando y postergando cualquier solución hará desaparecer a esos millones de indocumentados junto con sus hijos ciudadanos. Si dedicaran el mismo tiempo y esfuerzo a buscar una salida legislativa, pero una que resuelva el tema de los indocumentados, se habría conseguido hace mucho tiempo.

Ahora estamos sumidos en una batalla legal que si sólo dependiera de la constitucionalidad de las acciones ejecutivas, se habría resuelto. Pero arrecia y tiene matices políticos.

Para jueces, abogados, funcionarios y políticos, el tiempo no es problema. Para los millones de inmigrantes que siguen en el limbo, la espera supone sueños interrumpidos y el temor a la deportación, aunque en teoría no sean prioridad para las autoridades. Otra demora más en su paso por el bulevar de los sueños rotos