Los cineastas que fueron secuestrados por Corea del Norte

En lo que parece ser el argumento de una película de suspense, un destacado director de cine de Corea del Sur y su esposa actriz terminaron prisioneros en Pyongyang, haciendo filmes para el líder Kim Jong-il.
Los cineastas que fueron secuestrados por Corea del Norte
Kim Jong-il mirando por una cámara

Es una historia tan inverosímil que parece salida de un guión de Hollywood: un director y una actriz estrella fueron secuestrados por Corea del Norte y forzados a producir películas para el líder de eses país, Kim Jong-il, que tenía una loca afición por el cine.

Parecía una solución simple: Corea del Norte necesitaba talento. Otros países lo poseían, así que, ¿por qué no secuestrar esa gente talentosa?

Gente muy talentosa, en algunos casos. En 1977, un destacado pianista surcoreano fue contratado por un misterioso patrocinador para que le diera un recital privado en una aislada villa en las afueras de la capital de Croacia, Zagreb, en aquel entonces parte de Yugoslavia.

El pianista empezó a sospechar cuando vio un avión de Corea del Norte en el aeropuerto y luego escuchó acentos norcoreanos a medida que se acercaba a la mansión. Se escabulló y logró escapar.

Sin embargo, el más importante cineasta surcoreano y su esposa actriz no corrieron con la misma suerte. Shin Sang-ok y Choi Eun-hee fueron plagiados en Hong Kong.

Fue la misma treta que usaron con el pianista, la atracción de una cita en una remota mansión. La pareja estuvo ocho años en Corea del Norte produciendo cine hasta que logró escapar.

El complot para secuestrarlos fue idea de Kim Jong-il quien, antes de suceder a su padre como líder de la nación, estaba a cargo de la industria cinematográfica.

Era un gran cinéfilo y ávido aficionado de las producciones de Hollywood, en especial la primera película de “Rambo” y cualquier cosa con Elizabeth Taylor.

Las cintas de James Bond pudieron haber alimentado su apetito por las operaciones encubiertas.

Los diplomáticos norcoreanos en países occidentales tenían órdenes de obtener copias de éxitos taquilleros para que el mandatario las pudiera ver en Pyongyang.

Pero Kim Jong-il buscaba algo más. Estaba desesperado para que la industria norcoreana compitiera en los escenarios internacionales. Quería ser productor de cine que fuera galardonado en los grandes festivales del mundo.

La solución parecía obvia, por lo menos para él: secuestraría a la más famosa pareja del cine surcoreano y la obligaría a crear películas que cautivaran el mundo. Un modus operandi sacado directamente de los manuales del agente 007 en las películas de James Bond que tanto amaba.

La actriz Choi Eun-hee fue la primera en ser secuestrada. En 1977, con su carera en declive, se le acercó un hombre que posaba como un empresario de Hong Kong con una propuesta para formar una empresa cinematográfica que restauraría su posición, si no en el cine, por lo menos monetariamente.

El tipo de dinero con el que sueñan los cineastas estaría a su disposición y ella renacería como una actriz convertida en directora.

De acuerdo con el reciente libro, “Una producción de Kim Jong-il”, fue convencida de ir a Hong Kong y, de ahí, a una reunión en una de las islas de ese territorio. Durante el camino, el auto se detuvo en la bahía Repulse y ella y el que resultó ser un agente del estado norcoreano se bajaron.

Un grupo de hombres cerca de una lancha de motor tomaron a Choi Eun-hee, la sedaron y se la llevaron.

Según lo describe el libro: “Flotó en un vaivén de consciencia e inconsciencia. Recordó sentir que alguien la cargaba por la plancha del bote, alguien dándole una inyección, después perdiéndose en el olvido. Cuando finalmente vino en sí, estaba a bordo de un buque de carga en la cabina del capitán. Un gran retrato ceremonial de Kin Jong-il le sonreía desde la pared”.

Ocho días después estaba en Pyongyang, en una lujosa villa constantemente vigilada.

A pesar de estar divorciados, Shin Sang-ok y su exmujer siguieron siendo cercanos y fueron a Hong Kong a buscarla. Y él también fue secuestrado. “Alguien me puso un saco en la cabeza y ya no pude ver nada ni respirar bien”, contó después.

Algunas veces los tenían separados y Shin Sang-ok pasó cuatro años en prisión por resistirse a cooperar. Los reunieron cuando por fin cedieron.

Más tarde, hay quien ha argumentado que sus historias no concuerdan y que desertaron cuando sus carreras en el sur no iban bien.

Pero Paul Fischer, el autor de “Una producción de Kim Jong-il”, está convencido de que resistieron y que, una vez los doblegaron, se convirtieron en colaboradores del régimen de Pyongyang.

“A Corea del Norte le tomó cinco años lograr que comenzaran a trabajar y para entonces hacer cine era una cuerda de salvamento para ellos”, cuenta.

“Ambos descubrieron que Kim Jong-il era un productor de cine bastante bien informado. Shin Sang-ok, el cineasta surcoreano, cuando se reunía con él se encontraba con alguien con quien hablar sobre una gran variedad de películas”, dice.

Trabajaron juntos y produjeron una serie de filmes para Corea del Norte. Quizá el más reseñable es uno que se convirtió en un clásico de culto, una película socialista de monstruos titulada “Pulgasari”.

En la cinta los monstruos se unen a los campesinos para enfrentarse a los terratenientes.

Después de ocho años, la pareja engañó a Kim Jong-il. Se ganaron su confianza y éste les permitió viajar a la capital austríaca, Viena. Allí buscaron refugio en la embajada de Estados Unidos y fueron interrogados por Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Él murió en 2006 y ella todavía vive en Seúl. Aunque aseguraban que los había tenido cautivos, se disculparon con Kim Jong-il por haberlo engañado. Quizá por una especie de síndrome de Estocolmo, por el que el cautivo se identifica con el captor.

Por su parte, Corea del Norte negó que el cineasta y la artista fueran secuestrados. Sin embargo, estos tenían una evidencia a su favor: una grabación secreta de Kim Jong-il.

Además, Corea del Norte ha reconocido haber raptado algunos ciudadanos japoneses. Tokio y Pyongyang mantuvieron conversaciones por un episodio similar el año pasado.

Pyongyang reconoció haber secuestrado a 13 personas en la década de 1970 y 1980. Cinco de ellas fueron devueltas a Japón en 2002 y Pyongyang dice que las otras ocho murieron, aunque Tokio no se lo cree.

El profesor Andre Lankov, de la Universidad de Kookmin (Corea del Sur), calcula que cerca de 500 surcoreanos han sido secuestrados.

“La gran mayoría son pescadores que fueron tan imprudentes como para acercarse demasiado a la costa norcoreana, pero también hay algunas víctimas conocidas de operaciones encubiertas”, dice.

“Un buen ejemplo es el caso de cinco estudiantes universitarios que desaparecieron de playas Corea del Sur en 1977 y 1978. Durante dos décadas los creyeron muertos, pero a finales de 1990 se supo que trabajaban como instructores en Corea del Norte. Enseñaban el estilo de vida básico de Corea del Sur para operativos encubiertos norcoreanos”.

El experto dice que los secuestrados, en muchos casos adolescentes, eran utilizados con frecuencia como profesores de idiomas y que incluso los entrenaban como espías.

“El enfoque es simple: si tienes problemas para enseñar lenguas extranjeras, raptas un hablante nativo. Si tienes problemas con las películas, secuestras un productor y un director”.

A menudo se piensa que los líderes de Corea del Norte son autócratas despiadados, pero nunca se les imagina como populares autores de literatura infantil.

Sin embargo, mientras daba instrucciones para los campos de prisioneros y para desarrollar armas nucleares, el padre y el abuelo de Kim Jong-un al parecer encontraron tiempo para escribir historias para los más jóvenes.