Qué difícil es ser mexicano

Álex Ramírez-Arballo escribe para contribuir a la formación de gente interesada en los valores de la persona y el diálogo
Qué difícil es ser mexicano
Nuestro más alto deber es con nosotros mismos: es la hora de la persona
Foto: Archivo

Es muy difícil voltear hacia otro lado cuando lo que está ocurriendo en México ha llegado hasta donde ha llegado: muerte, latrocinio, cinismo, abuso sistemático de los más débiles, violencia verbal y física; en fin, cuando la esperanza agoniza en nuestras manos mientras no nos damos por aludidos y preferimos hacer como que no pasa nada. Mientras no nos toquen la propia carne, como al bueno de Job, la paciencia, según parece, nos dará para muchas temporadas.

Sin embargo yo me resisto, créeme, a fingir demencia. Me resisto a pesar de mí mismo y mi escepticismo, a no usar estos pocos minutos que tengo contigo para poner una y otra vez el dedo en la llaga, que no es una asunto político o ideológico, como quiere hacerse ver con la simplicidad propia de los que tienen intereses en juego; solo quien tiene algo que vendernos electoralmente se atrevería a decirnos que tiene la píldora mágica que pondrá remedio a nuestros males. ¡Todo es mentira!

La raíz de todo mal es la corrupción moral, particularmente de quienes teniendo en sus manos el poder de crear condiciones que mejoren el nivel de vida de una sociedad, traicionan a sus propios compatriotas porque no tienen más fidelidad que la debida a sus bolsillos. Es tan grande el mal que no puedo decir estas cosas sin ser tomado por un bobo, un naive que a sus casi 39 años sigue creyendo en santacloses y cigüeñas. No me importa.

Ciertamente no podemos hacer nada por cambiar lo que ellos han hecho y seguirán haciendo; hay que aceptar que es una causa perdida. Sin embargo, podemos hacer mucho por educarnos a nosotros mismos y educar a los más pequeños, que son los que pueden guardar nuestra esperanza. Todos tenemos en nosotros mismos un gran poder de transformación e influencia, a ello apelo ahora; no podemos, piensa, dejar nuestro futuro en manos del estado y sus representantes: sería como confiarle la carne al perro.

Nuestro más alto deber es con nosotros mismos: es la hora de la persona. Todos tenemos, me consta, un enorme poder de influencia y podemos convertirnos en ejemplo; se trata de una decisión realista y de impacto. No podemos vivir haciendo lo que hemos hecho y esperar que por arte de magia la sociedad cambie porque, si no te has dado cuenta, nosotros, o mejor dicho, la suma de nosotros, es lo que conforma esa sociedad enferma de hoy.

No aspiremos a soluciones mágicas y rápidas, porque eso no existe. Seamos pacientes y estemos a la altura de las circunstancias.

Eduquemos a nuestros hijos deseando que sean más nobles y compasivos de lo que hemos sido nosotros.

Nos vemos en la próxima ocasión, si Dios quiere.

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