¿Princesa yo? No, gracias, yo no soy estúpida

No tengo hijas, pero si las tuviera haría todo lo posible por evitar que vieran películas de princesas

¿Princesa yo? No, gracias, yo no soy estúpida
Foto: Foto e ilustración: Max Salas

Me gusta la postura feminista de Emma Watson, la famosa Hermione Granger de la serie de películas de Harry Potter. Además, tiene mi respeto porque es una de las contadísimas actrices famosas que tiene un título profesional. Se graduó de la licenciatura de literatura inglesa de dos universidades prestigiosas, Oxford, en Inglaterra, y Brown, en Estados Unidos.

Hace unos días los tabloides la relacionaron sentimentalmente con el príncipe Harry, el hijo menor de la fallecida princesa Diana y el príncipe Carlos. La verdad, no he tenido el tiempo -ni las ganas- de indagar de dónde o por qué se generó el rumor. Lo cierto es que Emma se tomó la molestia de desmentir la nota de una manera muy sutil, con clase, diría yo.

“¿Recuerdan la breve plática que tuvimos acerca de no creer todo lo que escriben los medios?”, escribió en su cuenta de tuiter.

No necesitó explicar más. Y hasta ahí todo va bien.

Pero luego envió otro breve mensaje que decía, “además… casarte con un príncipe no es requisito para ser princesa”, y agregó un enlace a una escena de “The Little Princess”, cinta dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón en 1995.

Por supuesto que hice click al enlace para, como dicen mis amigos españoles, saber de qué iba la cosa.

En esa fracción de la película, para hacerles el cuento corto, una niña le dice a una regañona celadora en lo que parece ser un orfanato -sorry, no he visto el filme- que “todas las niñas son princesas”, sin importar su condición.

Aquí fue donde ya no me gustó la defensa de Emma.

¿Qué le hace pensar a la actriz que todas las mujeres queremos o nos gustaría ser princesas? Yo nunca me sentí y tampoco anhelaba serlo. Quizá porque cuando yo era niña las únicas princesas que yo concebía eran las de Disney. Fue hasta mucho tiempo después cuando descubrí que en países lejanos todavía existían las de carne y hueso.

¿Acaso Emma se ha puesto a pensar cuál es el prototipo de una princesa de verdad y de las de a mentiritas? Porque yo sí, y lo que se me viene a la cabeza no es nada romántico. Las princesas, reales o imaginarias, son aburridas, reprimidas, sumisas, “discretas”, abnegadas, están obligadas a ser fértiles y a dar hijos, no trabajan -y no me vengan con el cuento chino de que “labor social” es trabajo-, son pasivas, no son dueñas de su vida.

No tengo hijas, pero si las tuviera haría todo lo posible por evitar que vieran películas de princesas, que se vistieran con los vestidos de esos personajes, que además de mal hechos son caros. Y si pienso más allá, les diría que son un mal ejemplo para la sociedad, porque son unas mantenidas y no aportan nada a la humanidad.

En tal caso, ¿por qué tendríamos que conformarnos con ser las segundonas del reino? ¿Por qué no preferir ser las reinas? Esas sí han demostrado tener los ovarios bien puestos. Al menos son creativas, avezadas, mandonas y poderosas. Ese perfil me gusta más.

Pero si no se puede, pues entonces prefiero ser la bruja. Al menos no me recordarán como la estúpida del cuento.

Victoria Infante es mexicana y vive desde hace 20 años en Los Ángeles, donde se ha desempeñado como periodista. Actualmente combina su pasión por escribir y por sus dos hijos pequeños en el blog sermamalatina.com. Le encanta el mariachi y el tequila.