Inmigrantes campesinas viven entre el acoso sexual y el miedo

Sufren en silencio hostigamiento y abusos sexuales en los campos agrícolas de EEUU

Inmigrantes campesinas viven entre el acoso sexual y el miedo
Una campesina en los campos de Coachella en California.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinión

A Romelia hasta le cuesta trabajo mencionarlo siquiera. “Cuando me hizo ‘eso’ me quería morir, pero tuve que seguir pizcando para que mi papá y mi hermano no se dieran cuenta porque, o me mataban a mí o lo mataban a él”, dice.

Así Romelia, una inmigrante campesina, empieza a narrar su “mala experiencia” en un campo de fresa en el área de Oxnard, en el Condado de Ventura.

“Al principio me halagaba que me echara piropos porque me hacía sentir bonita aunque estuviera con la cara y las uñas llenas de tierra, pero luego luego subió de tono y empezó a manosearme. Me dí cuenta que no iba con buenas intenciones. Cuando me agachaba se me acercaba por detrás, por la espalda pues, y se me repegaba”, cuanta Romelia.

Eso pasó hace siete años, cuando Romelia era soltera y tenía 22 años, solo unos meses después de llegar como indocumentada a Estados Unidos, necesitaba dinero para mantener a su pequeño hijo.

Ya le habían advertido que debía usar bandana y camisas grandes… para cubrirse del sol y de los hombres, pero ni eso fue suficiente. “Una tarde, cuando ya casi terminábamos el día, el supervisor -se llama Sergio- me llamó a la oficina, me dijo que si quería salir con él y cuando le dije que no… me hizo ‘eso’ y me amenazó con hacerle daño a mi papá y a mi hermano… también trabajaban ahí… y mejor no dije nada”.

Historias como la de Romelia no son extrañas para Milly Treviño, una de las fundadoras de Líderes Campesinas, organización que se dedica en brindar ayuda a campesinas para que conozcan y hagan valer sus derechos.

Entre los surcos de los campos agrícolas de EEUU, las mujeres inmigrantes campesinas además del tomate, el algón, la naranja, las uvas y muchos productos más que a diario llegan a las mesas de los estadounidenses, también cultivan el miedo, porque con demasiada frecuencia enfrentan el acoso y el abuso sexual.

Muchas de las campesinas inmigrantes reportan incidentes de humillación, manoseos, presión para tener relaciones sexuales o acoso verbal, explica Treviño.

Aunque es difícil determinar con exactitud la magnitud de la violencia sexual que sufren las campesinas, la organización nacional Líderes Campesinas estima que nueve de cada diez trabajadoras del campo han tenido algún tipo de experiencia de este tipo o conocen a otra que ha pasado por una situación así.

De acuerdo a datos del censo de 2012 entre un 25 y 35% de la fuerza de trabajo esta compuesta por mujeres, aunque Treviño considera que actualmente esa cifra es mucho mayor y se estima que un 75% de ellas son inmigrantes, jóvenes solas o madres solteras, lo que las vuelve aún más vulnerables.

ASISTA, un grupo que trata con inmigrantes víctimas de asalto sexual, encontró en una encuesta a mujeres en una planta empacadora de carne de Iowa en 2009 que una de cada cuatro había sido despedida por resistirse a los avances sexuales de su supervisor, casi la mitad había experimentado “manoseos” de sus jefes.

En 2010, el Southern Poverty Law Center entrevistó a 150 mujeres en el Valle Central de California y encontró que el 80% había experimentado acoso sexual.

Para Milly Treviño este no es un problema nuevo. En los 90’s cuando recorría los campos para organizar el movimiento campesino que después dirigiría el legendario César Chávez, tuvo que esquivar en más de una ocasión a los hombres que se sentían con poder dentro de las fincas: los mayordomos, pero en una ocasión no tuvo éxito.

“Al momento en que lo quise hablar, fue con mi papá y él se extrañó que me estuviera pasando algo así y me preguntó ¿y qué estabas haciendo tú?, me hizo sentir como que yo era culpable y ya no quise platicarlo, me deprimí mucho y de ahí muchas otras cosas pasaron, me daba vergüenza decirlo, me enfadaba y me ponía muy nerviosa, sentía que cualquier hombre me estaría manoseando”, cuenta Treviño, quien se considera una mujer fuerte, que no se deja de nadie.

Con el tiempo Treviño se dio cuenta que otras mujeres pasaban por situaciones similares, que el problema está ‘muy arraigado’ en el campo y que, por una cuestión cultural, muchas campesinas provenientes del sur de México, confunden el acoso con los piropos y se permite que los abusos sigan ocurriendo.

“Tuve la suerte que no me violaron, una porque mis padres y hermanos estaban trabajando alrededor. Pero otras mujeres cuando hablan y dicen ‘quiero hacer algo’’, se encuentran -como yo- que las señalan como culpables de haber provocado la situación, o no les creen, o son despedidas”.

Nadia, una mujer que llegó a EEUU en 1992, con tres hijos, huyendo de violencia doméstica en su país por parte de su pareja, sin saber el idioma ni en que se ocuparía, terminó en la cosecha de la uva en el Valle de Coachella, en el sur de California. No había pasado mucho tiempo cuando ya era una víctima más de acoso sexual.

Llegó a trabajar en la compañía de Blas Rivera Vineyard a los 26 años de edad y ahí era acosada por el supervisor, él pasaba por donde estaban los surcos y la ‘“rozaba” al pasar, le hacía invitaciones a salir a comer que nunca aceptó.

Un día le pidió permiso a su supervisor para que su hijo de nueve años trabajara en el campo durante las vacaciones escolares.

“Cuando llegué el supervisor me pidió que entrara a la troca y me agarró un seno y me dijo que le debía un favor. Siempre encontré una excusa para no salir con él, pero (cuando pasaba cerca) nos tocaba, nos daba una nalgada”.

Ahora, dice Nancy, se siente mal porque era algo que no quería. “No me gustaba, tenía coraje,pero en ese entonces, no lo tenía clasificado como acoso. En el lugar donde yo vivía era algo muy normal, sucede a cualquier hora y a veces en la misma familia”.

Ademas, dice, el miedo paraliza. “Miedo a perder el trabajo, a que no te crean, a que piensen que uno anda de coqueta, a que te echen la migra por no tener documentos. Es parte de todo, el quedarse callado es el temor que te paraliza”.

En agosto del año pasado, la Comisión de Igualdad y Oportunidad en el Empleo (EEOC), la única agencia federal que persigue activa y sistemáticamente la violencia sexual y el acoso en el lugar de trabajo, presentó una demanda colectiva en contra de la empresa Smokin’s Spuds Inc./MountainKing Potatoes, and Farming Technology Inc., ubicada en Monte Vista, Colorado, por acoso sexual en contra de un grupo de mujeres campesinas por parte de sus supervisores.

Las mujeres alegan que los supervisores las manoseaban, les hacían comentarios, gestos y proposiciones obscenas. Este es el último de 41 casos que en los últimos 15 años la EEOC ha llevado a corte, de los cuales casi en su totalidad han sido resueltos a través de acuerdos extrajudiciales con compensación monetaria para las víctimas.

En los últimos 15 años, los trabajadores han presentado 1,106 quejas de acoso sexual ante la EEOC en contra empresas relacionadas con la industria de la agricultura, los alegatos van desde acoso hasta violación sexual.

Solo una fracción de estas llegan a una corte federal. La comisión no procede a presentar cargos por acoso sexual en cerca del 50% de las quejas por falta de evidencias sustanciales.

Para la abogada Victoria Mesa, quien representa a cinco víctimas de abuso sexual, tres de ellas aun en EEUU, las otras dos regresaron a México después de presentar la queja, para las trabajadoras del campo la única ley que impera “es la ley del monte”.

“Hay problemas de violencia doméstica y la policía no responde, hay denuncias de esclavitud y no responde. El Departamento de Trabajo les da una línea 1800 para que pregunten por sus derechos laborales y nadie responde en español”, lamenta Mesa, cuyas clientas representan el peor caso de abuso sexual masivo en el lugar de trabajo documentado en la historia reciente de Florida.

No solo varias mujeres fueron violadas, sino que cuando fueron a denunciarlo al Departamento del Sheriff en Felda, un área no incorporada del Condado Hendry, en Florida, fueron despachadas de inmediato y no se presentaron cargos contra nadie…”se tomó el reporte como una violación del tráfico”.

Pasaron dos años para que las autoridades federales decidieran litigar el caso. La empresa Moreno Farms no se defendió y perdió el caso, y las víctimas no obtuvieron compensación porque todas sus propiedades están bajo un fideicomiso.

“La empresa cerró y a los culpables no hay quien los encuentre, aunque se les ha visto caminar por las calles, mientras tanto la policía no hizo nada, el fiscal no quiso presentar cargos criminales contra los individuos”, expresa frustrada Mesa.

“Es una justicia a medias, sabemos que bajo esa entidad (Moreno Farms) no van a abusar más, sin embargo están en la calle y son violadores, actos criminales que no han tenido castigo”.

“Para la comunidad estos trabajadores no existen, son invisibles para el resto del mundo”, señala Mesa.

Por medio de reuniones educativas, los miembros de la organización aprenden sobre temas como la salud, pesticidas, acoso sexual, violencia doméstica y muchos más.

La organización tiene nueve diferentes comités por todo el estado de California y tuvo sus inicios en 1988 en el Valle de Coachella.

Ramona Félix, asistente coordinadora de Líderes Campesinas, dice que la organización no es una agencia sino un lugar donde refieren a la gente a los recursos que necesitan. Actualmente Ramona está encargada de los programas contra el acoso sexual y tráfico humano en los condados de Coachella, Ventura y la Costa Central de California.

“Han sido bien exitosos [los servicios que ofrece la organización]”, dijo Ramona, “porque aquí en el Valle de Coachella de los ocho años que tengo involucrada con Líderes Campesinas, tenemos seis personas que han agarrado su visa para trabajar y eran víctimas de violencia doméstica”.

“La discriminación contra las mujeres y el acoso sexual de parte de los mayordomos son muy comunes en los campos”, dice.

Alianza Campesina es una organización nacional que ha estado activa en la recopilación de casos de acoso y abuso sexual a través de todo el país, pero según explica Ramona Félix, coordinadora de abuso sexual y tráfico humano en el Valle de Coachella, para las mujeres es difícil denunciar el crimen por temor a represalias.

“Las personas tienen miedo de que le echen la migra o les quite el trabajo”, explica Félix.

En otras ocasiones, cuando se atreven a hablar, ya ha pasado tanto tiempo que la denuncia no procede. En California, las víctimas de abuso sexual tienen 300 días después del delito para reportarlo.