Jóvenes DACA ayudan en la comunidad

Después de una vida de miedo, Carlos López trabaja para la Community Coalition donde le dieron la oportunidad
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Jóvenes DACA ayudan en la comunidad
Carlos León trabaja para la organización Community Coalition en el Sur de Los Ángeles.

Cuando a los 12 años, en la escuela intermedia, Carlos León se enteró de un secreto de la familia que debía guardar celosamente como si tratara de una enfermedad contagiosa, se llenó de angustia.

“‘Ten cuidado, no vayas a decir que eres indocumentado. Mucho menos que toda la familia no tiene papeles’. Me asusté mucho porque en mis manos estaba meter a todos en problemas”, recuerda con un dejo de tristeza mientras platica con La Opinión desde las oficinas de la organización sin fines de lucro Community Coalition en el sur de la ciudad donde se desempeña como coordinador del proyecto de salud.

León, de 32 años, dice que su madre lo trajo de la capital mexicana a Los Ángeles cuando tenía 9 años. “Yo era feliz, no me daba cuenta de nada, pero después sospeché que había algo raro, que era indocumentado cuando quise trabajar como otros menores durante el verano, y mi madre me dijo que no podía porque no tenía un número de seguro social,”, relata.

Eran los años de la proposición 187 en California, cuando el entonces gobernador Pete Wilson quería prohibir que los inmigrantes indocumentados tuvieran acceso a servicios sociales, médicos, y educación pública.
“Nos llamaban ilegales, frijoleros, tuberculosos”, rememora.

Fue cuando entró a la Universidad Estatal de Long Beach a estudiar mercadeo y comunicación interpersonal, que se dio cuenta que no estaba solo pues había muchos más “soñadores” como él.

“Para pagar los estudios, tuve que hacerme de hasta tres empleos, era ‘bartender’ y un ‘freelancer’ de todo. Creo que obtuve un doctorado en sobrevivencia”, cuenta.

Pero lo más dramático, recuerda sin poder evitar que las lágrimas lo dejen sin pronunciar palabra por unos minutos, es que era tal su miedo a ser deportado y parado por la policía, que desde muy pequeño empezó a vestirse con camisa de manga larga y ropa formal. “Los policías nos etiquetan a las minorías como pandilleros por la manera que te vistes, yo hasta me separé de los latinos. Hubo un tiempo que me ‘agringue’ por completo como una manera de protegerme”, explica.

Cuando se graduó de la universidad se deprimió, no fue sino hasta que llegó la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) en 2012, que la vida le comenzó a cambiar a León. “No apliqué de inmediato porque tenía mucha desconfianza”, comenta.

Cuando lo hizo lo rechazaron porque le faltaron papeles para probar su estadía, pero volvió a someter toda la documentación. “Casi les mandaba las suelas de mis zapatos”, comenta.

Un mes después, obtuvo DACA, su permiso para trabajar, sacó su licencia de manejo y la posibilidad de ser deportado se suspendió.

“Es un sentimiento agridulce. DACA es un curita. Nos cosieron la herida porque lo que se necesita es una verdadera reforma migratoria”, expone sin dejar de reconocer que DACA es una oportunidad que aprecia, y le da tranquilidad.

No hay números de cuántos jóvenes DACA trabajan para organizaciones comunitarias pero Carlos López es uno de los muchos en el país que labora en éstas.

Conoció de la Community Coalition desde que participó siendo niño en su grupo de empoderamiento de los jóvenes del sur-centro. Después hizo dos pasantías en la organización. Y finalmente fue contratado por el director Alberto Retana.  “Nos han dado la oportunidad porque aprecian lo que significa ser un joven soñador”, dice León, ya casado y padre de una niña de un año.

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