Los ajedrecistas no mueren, enrocan

Fue un rebelde con y sin causa. Vivió su vida, no permitió que se la vivieran. Fue máster en soledades, generosidad, ajedrez, bohemia, lecturas, viajes, tangos, parques. Rabiosamente independiente, tenía, el mundo, la calle por hábitat.

En su excentricidad recordaba a Bobby Fischer, el de Brooklin. Sus colegas le preguntaban adonde le podían enviar correspondencia. Respuesta: “Envíamela a Óscar Castro, el mundo”. La correspondencia se le debe enviar ahora a: Óscar Humberto Castro Rojas, lote 17, tumba 524-1, Campos de Paz, Medellín. No murió, enrocó largo, como los de su oficio.
Andaba ligero de equipaje. Cero maletas. “Para eso están los almacenes”, alegaba. Una vez llegó a Nueva York para jugar un torneo. Lo acompañaba un libro. Nada de ropa. Un hombre así es sospechoso de todo. El Tio Sam casi le niega el ingreso.
Castro, el misterioso, dormía en los parques. Insólita forma de disfrutar la libertad que se regaló. Una anécdota ilustra esa devoción. En Viena, la policía lo sorprendió en plena faena onírica en un parque. Le pidieron papeles. Confirmados los datos, le dijeron que podía retomar el sueño donde lo había dejado. Pero en el hotel.El cinco veces campeón nacional, subcampeón mundial juvenil en Suecia, en su inglés de ajedrecista y derrochando migajas de alemán, imploró que lo dejaran dormir allí. Aunque Strauss no lo crea, la policía accedió.

Hace poco en una banca de parque, en la Avenida la Playa, en Medellín, su ciudad, Castro se fue volviendo eternidad. Murió en su ley; murió de vida, bohemia, talento, informalidad, excentricidad.

En la sala de velación sus colegas trebejistas lo despidieron jugando. Desde el más allá, Castro los habría podido derrotar en unas simultáneas.

No le importaba ganar sino jugar hermosas y contundentes partidas. Allí estaba la ética y estética de Castro.

En su forma de ejercer el ajedrez hay belleza, talento, estudio, arrojo, audacia, originalidad, estudio, rebeldía.

Se graduó como mecenas de vagabundos. Ejemplo: Un colega suyo español contó que de regreso al hotel, encontró a un hombre que dormía en la calle en pleno invierno madrileño.
Se quitó su chaqueta y lo cubrió con ella. Le advirtieron que en uno de los bolsillos estaba la plata del premio. “¿Se imaginan su alegría cuando descubra el dinero?”. Daba de lo que tenía y de lo que le hacía falta.
Un librero amigo suyo, Luis Alberto Arango, sintetizó: “Un generoso, en eso era inmensamente rico. Lo era a manos llenas, con todo lo que recibía, y así esperaba que fuera el prójimo”.
Leontxo García, de El País de Madrid, quien lo paladeó, dijo de Castro que fue “un genio que no quiso ejercer como tal”. Y reprodujo la partida contra Petrosian, la Boa. Google se la regala a los interesados.
En Manizales tenía su club de fans. “Era el hombre más libre que conocí en mi vida”, resumió otro colega suyo. Que de Caissa goces. El tablero blanco y negro del ajedrez está de negro vestido por su partida.