Guatemala está que arde

Si hay una señal de que el país todavía está verde para luchar contra la corrupción, es la apoteósica bienvenida que le dieron al ex presidente Alfonso Portillo (un confeso lavador de dinero robado al Estado) luego de su excarcelación en EEUU
Guatemala está que arde
Alfonso Portillo escoltado por autoridades guatemaltecas durante el proceso de su extradición a Estados Unidos, en mayo de 2013.

¿Cuándo no ha estado en llamas el país? El clima político de Guatemala siempre oscila entre un chisporroteo humeante (una tensa calma) y voraces lenguas de fuego que saborean cuanto queda del cacaste institucional del Estado guatemalteco.
Dicen que estamos en crisis ante la sospecha (para algunos, certeza) que la vicepresidenta Roxana Baldetti (que renunció este 8 de mayo) está vinculada a una red de corrupción que robó al menos $5 millones de dólares al Estado entre mayo de 2014 y febrero de 2015. Según la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), ocurrió principalmente por defraudación aduanera. Esta red pellizcó el 30% de los ingresos fiscales por importaciones y permitió la evasión de otro 30%.
El escándalo también salpica al mandatario Otto Pérez Molina. En conversaciones telefónicas de los acusados, que la CICIG grabó, resalta que un interlocutor se refiere a “el presidente”, y otros se refieren a “la R, la Dos, la señora”, como parte de la red. Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia decidió que sólo Baldetti debía ser investigada. Para ello, el Congreso formó una comisión de diputados que decidiría (en un antejuicio) si hay evidencias para que el Ministerio Público (MP) la investigue. La comisión queda sin efecto ante su renuncia y el MP puede comenzar a investigarla de inmediato.
El derecho de antejuicio es una prerrogativa del alto funcionario público guatemalteco. La CICIG y el MP también piden antejuicio para la jueza Blanca Sierra, quien dictó prisión domiciliar y fianzas de unos $25 mil dólares en favor de seis de 22 capturados. Entre los favorecidos figuran los cabecillas, aunque falta por capturar a Juan Carlos Monzón, ex secretario privado de Baldetti. Todo esto ocurre en un conflictivo año electoral.
Es para llorar o reir que en Honduras algunos dicen: “a ver si los guatemaltecos van a linchar a Baldetti”, por la fama del país dadas sus cifras de linchamientos (28 en 2014, el resultado de que algunos grupos tomen la justicia por mano propia, frustrados ante la impunidad)—una de las tantas vergüenzas nacionales. Quizá a más de alguno se le ha ocurrido ponerle la mano encima a los funcionarios corruptos. Pero eso no trunca la corrupción ni la impunidad. El cáncer no está sólo en los funcionarios; está en el sistema político.
Parece disco rayado. Pero los funcionarios siguen dando motivos para ubicar a Guatemala en el 30% de países percibidos como los más corruptos del mundo, según cifras de Transparencia Internacional, y para que el país alcance el 70% de impunidad (sólo tres de cada diez denuncias de delitos llegan a juicio).
Por eso no sorprende que los ánimos están caldeados. En las manifestaciones de finales de abril y principios de mayo, en la capital guatemalteca, se observó de qué tamaño es la indignación del guatemalteco. Miles de personas llenaron hasta el último rincón de la plaza central (Plaza de la Constitución) pidiendo la renuncia del Presidente y la Vicepresidenta (algo que ambos dijeron que se negarían a hacer).
Mientras tanto, los partidos de oposición hacen leña del árbol caído. La mayoría de diputados que integran la comisión encargada del antejuicio de Baldetti (ahora sin efecto) son de oposición, el partido con la mayor intención de voto. Es triste recordar que, en las elecciones de 2011, mucha gente votó por Pérez Molina porque quería evitar que ese “otro” partido de oposición ganara la presidencia. Ahora, si las encuestas no mienten, quizá hasta llegue al poder. Así, el país queda acorralado entre la espada y la pared. De ahí el ánimo incendiario.
Pero el verdadero problema es imposible de incinerar: la idiosincracia del cortoplacismo (esperan soluciones mágicas de un día para otro), la apatía política, el dejar que el vecino exija el respeto de los derechos de todos, la falta de líderes de honestidad comprobada—que si los hay, son invisibles. Por eso existe la CICIG. La CICIG consiguió por primera vez la captura de un ex presidente: Alfonso Portillo, en 2010, acusado de corrupción en Guatemala. Claro, pesó bastante (como con todos los peces gordos) que EE.UU. pidió su extradición para juzgarle por lavado de dinero en ese país (de lo cual Portillo se declaró culpable).
Ahora, si hay una señal de que el país todavía está verde para luchar contra la impunidad y la corrupción, es la apoteósica bienvenida que le dieron a Portillo en Guatemala en febrero pasado, luego de su excarcelación en EE.UU. Esta semana, el ex mandatario suma el 75% de popularidad según un diario local a pesar de que es vinculado a una red que robó al menos $15 millones al erario nacional entre 2000 y 2004. Es para tener retorcijones sólo de pensar que ocurra algo similar con Baldetti en unos años, y que resurja cual Ave Fénix con altos índices de popularidad, mientras que su pasado palidece en medio de los vítores y ovaciones.
Por eso Guatemala está en llamas, y los únicos bomberos a la vista (la CICIG) no son eternos. Así, sin un puerto seguro a la vista (porque en este país se vota por el menos peor), el país va camino a consumirse a sí mismo—y a perpetuarse como un riesgo para Norte y Centroamérica.