Una cuestión moral: hay que mejorar la calidad del aire

La gran mayoría de las ciudades con la peor calidad de aire del país se encuentran en el sur y centro de California

¿Tiene su hijo problemas de aprendizaje? ¿Le cuesta concentrarse y se distrae con facilidad? ¿No le va bien en la escuela?

Las causas de estos problemas pueden ser numerosas. Pero un reciente estudio confirma que la contaminación de combustibles fósiles, como la gasolina y el carbón, tiene un efecto negativo en el desarrollo del cerebro humano, sobre todo en el feto, los bebés y los niños pequeños, y que a nosotros los hispanos esto nos afecta especialmente.
El reporte —publicado recientemente por la Asociación Médica Americana y originado en Columbia University— concluye que la exposición en los primeros años de vida a los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), un residuo de la quema de combustibles fósiles, se relaciona con la reducción de la materia blanca en el cerebro.

“Estos trastornos en el crecimiento cerebral están a su vez asociados proporcionalmente con el descenso cognitivo y una larga lista de problemas de comportamiento”, dice el Dr. Bradley Peterson, líder del estudio y director del Instituto del Desarrollo de la Mente del Hospital Infantil de Los Angeles.

Estos problemas incluyen el trastorno por déficit de atención y la hiperactividad, síntomas típicos de niños impulsivos y con problemas de aprendizaje.

En el estudio participaron familias hispanas y afroamericanas, dos grupos sociales castigados desproporcionadamente por la contaminación del aire, desde 1997 a 2006. En los niños participantes, los investigadores observaron algo clave: cuanto más expuestos estuvieron en el seno de sus madres a los HAP, mayor fue la reducción de la masa blanca cerebral y peores fueron los problemas de comportamiento y aprendizaje más adelante en la vida.

“Es lógico teorizar que estos trastornos contribuyen a las malas calificaciones escolares y la deserción escolar, pero esa hipótesis tiene que estudiarse específicamente en una investigación sobre estos problemas escolares”, dice el Dr. Peterson. “Pero sí estoy de acuerdo en que algo serio tiene que hacerse para atacar este problema”.

El estudio también reveló que el daño no solo ocurre durante el periodo fetal, sino que la exposición a los HAP puede agravar la reducción de materia cerebral en los primeros años de vida.

El Dr. Peterson no es optimista sobre la posible cura de estos niños afectados por HAP y otros compuestos tóxicos.

“Ahora desconocemos cualquier intervención que pueda prevenir o invertir los efectos cerebrales y de comportamiento” de esta exposición tóxica, dice, pero agrega que una solución clara es reducir los niveles de contaminación del aire.

Esa reducción, sin embargo, para nosotros los hispanos sigue sin materializarse. En su reciente informe anual “El Estado del Aire”, la Asociación Pulmonar Americana volvió a destacar que la gran mayoría de las ciudades con la peor calidad de aire del país se encuentran en el sur y centro de California, donde viven decenas de millones de hispanos. En lugares como Los Angeles, Long Beach, Bakersfield y el Valle de San Joaquín demasiado a menudo respirar es perjudicial para la salud.

La Agencia Federal de Protección Medioambiental (EPA) está considerando mejorar el estándar federal de contaminación de smog, del actual, 75 partes por mil millones (ppb) a 65 ppb. Pero expertos médicos insisten en que para realmente proteger la salud pública, el estándar se debe reducir a 60 ppb.

Preguntado si su estudio refuerza la opinión de que los estándares de calidad del aire deben ser más exigentes, el Dr. Peterson es tajante: “Sí, nuestras investigaciones refuerzan ese concepto, y lo hacen para los miembros más vulnerables de nuestra sociedad: los niños pequeños.”

Claramente esta es una cuestión moral: La EPA tiene la obligación de mejorar los estándares federales de calidad de aire.

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