Tiempos latinos sí o sí

Con frecuencia leemos quejas por la mediocridad que se ha instalado en la vida pública, no solo en el país sino por todo el globo mediático. Afecta desde el entretenimiento a la política, y se produce tanto en la esfera privada como en la pública, a menudo entrecruzadas ambas para mayor confusión. Véase el caso del bombardeo Kardashian. La rapidez con que se procesa actualidad y accesibilidad propicia el discurrir de nuevos conceptos de noticia. Se pasa indiscriminadamente de unos pectorales femeninos al terremoto de Nepal. Cualquier opinión pasa a tener valor de análisis, y cualquier cuerpo, especialmente el de la mujer, pasa a ser un panal de rica miel que atrae a las golosas moscas que, como en el dicho, acaban presas de patas en él, o en ella.

La política tiene sus tiempos y sus negociaciones, sin embargo, hoy se distorsionan: con atajos o sin el debido consenso. Así ven algunos la actual política migratoria: empantanada en una corte de apelaciones. Las medidas unilaterales raramente recalan en puerto seguro alguno. Y la desconfianza aumenta cuando estas medidas suenan a actos propagandísticos con tintes electoralistas. La improvisación se manifiesta en la dificultad para juntar en un plazo breve la documentación necesaria para ir a la Corte Suprema.

Otra manera de medir los tiempos que corren es a través de lo que podríamos llamar la propiedad común; para unos es la de todos, para otros, la de ninguno. Por ello, cuando se va a un parque, se ve que hay unos que lo cuidan más que si fuera de su propiedad. Otros, con diferente óptica, prefieren dejarlo todo como Atila. Igual nos ocurre con la lengua española. Están los que ven el idioma común (y natural) del latino como hilván de una red social, y los que lo ven como material de derribo. Y lo cortés no quita lo bilingüe.

Llamaba la atención el periodista de la lengua Agüero Chaves sobre la presión extranjerizante que se ejercía en el ciudadano latinoamericano cuando tocaba escoger nombre de pila. Cuando se emigra es otra cosa. El asunto de los nombres importa, nadie quiere un nombre impronunciable. Los nombres a veces arrastran prejuicios, sobre todo cuando se convive con libros “coulteranos” (de Ann Coulter) repletos de reclamos antiemigrante. A este oportunismo tan de hoy, se contraponen los vicios editoriales del ayer, como la puesta a la venta de un diccionario del español “solo papel” para hacer caja, que llega a Estados Unidos para mayor escarnio con siete meses de retraso: salió a la venta en octubre 2014. Y que además, sépase, no difiere en lo sustancial del que se consulta gratuitamente en la Academia (rae.es).
El miedo a los mexicanos, un invento bien “macheteado” que solo busca introducir desconfianza social, solo se justifica a partir de ver al latino como a un invasor. Es querer hacer del latino algo “de fuera” cuando es tan “de fuera” como “de la casa”. Es diversidad cultural mal digerida.

Una de las razones por las que hay que contaren las escuelas de nuestro país el lado hispano de la historia es por la necesidad de enseñar cómo y por qué este país nuestro es producto de acontecimientos que entrelazan, entre otros, la tradición latina con la de los críticos a la regularización de la emigración. Se trata de saber quiénes somos, y qué y a quién representamos.