La glamurosa presentación de Caitlyn Jenner —la identidad femenina del padrastro de la socialité Kim Kardashian—, está muy alejada de la realidad de los transgéneros latinos en este país, que se prostituyen por falta de oportunidades laborales y se refugian en las drogas para mitigar el rechazo.
“Somos personas que nadamos contra la corriente, que estamos solas contra el mundo”, dice Brenda Del Río, de 48 años, mientras se maquilla en su apartamento en el Este de Los Ángeles.

Del Río cuenta que ejerció la prostitución en la década de 1990, recién llegada de su natal Michoacán. Por sus clientes conoció los narcóticos. Tocó fondo tres años después. “No era lo que quería”, relata.
Ella salió de ese pantano en el que suelen caer las hispanas transgénero gracias a Bienestar, un grupo que desde hace 25 años aboga por los derechos y la salud de la comunidad gay o LGBT.
Pero otras siguen ahí, ofreciendo servicios sexuales en las calles y hundidas en las adicciones, un mundo muy alejado del trato de célebre que te dan los más de un millón de seguidores en Twitter que consiguió Jenner en unas horas. Algunas latinas, en contraste, usan internet para ofrecer su cuerpo.
“A veces esas chicas se han perdido diciendo ‘si mi padre y mi madre no me aceptan, no me quieren ¿pues quién diablos me va a querer?’ “, reflexiona Del Río, ahora una educadora de salud en Bienestar.

Leslie Monroy, quien desde la edad de cinco años supo que estaba atrapada en el cuerpo equivocado, explica que los blancos transgénero suelen salir al mundo casi siendo ancianos (como le ocurrió a Jenner), mientras que los latinos lo hacen desde pequeños, teniendo así una lucha más larga y cruel.
“En mi experiencia ha sido una gran aventura. Desde los cinco años sabía que era diferente y causó un caos. Así como Jenner, pero en mi casa, en la guardería, yo llevaba maquillaje en mi bolsa”, contó.
Otra diferencia entre ambos grupos es el dinero, tan necesario para la transformación corporal. Sólo la cirugía para modificar genitales cuesta unos 25,000 dólares, aunque no es el deseo de todos.
Pero el rechazo viene de varios lados, si no de sus familias, de vecinos, de conocidos, del que pasa en la calle; incluso en la comunidad gay falta aceptación, les apodan “vestidas” o “afeminadas”.

El índice de violencia que ellas experimentan, especialmente las de color, es elevado. Siete de cada diez víctimas de homicidios en la comunidad LGBT eran mujeres transgénero, según un reporte que en 2013 publicó la Coalición Nacional de Programas Antiviolencia.
“Hay quienes piensan: ‘la familia no la quiere, ahorita la golpeamos, la matamos’ “, dice Del Río.
El activista Tino Piñón explica que esta es la población más renuente para aceptar ayuda, porque “atraen la atención de la gente, son agredidos desde pequeños y tienden a estar a la defensiva”, comentó. “Falta más entendimiento para detener esos ataques”, agregó.
California y Nueva York tienen leyes que permiten el cambio de género en licencias de conducir y actas de nacimiento, y que protegen a empleados públicos y estudiantes con base a la identidad de género.

Pero el principal apoyo, coinciden sus defensores, no viene del ámbito legislativo, sino del familiar.
María Román, madre de Alejandra, una transgénero de 40 años, cuenta que desde que su hija era pequeña ella la defendió a capa y espada. “Ha pasado por muchas burlas, principalmente de la familia, que es muy religiosa”, cuenta. “Es lo más importante que hay en mi vida”, subraya.
Aún con el apoyo incondicional de su madre, Alejandra, originaria de Guerrero, se perdió un tiempo. “Si mi madre no hubiera llegado no estaría viva”, dice.