Gracias por la felicidad

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Papeles

Vivo endeudado con Suecia, país que celebra su fiesta nacional el 6 de junio. A Estocolmo, su capital, le debo el conocimiento del metro, la nieve, el orden, la exactitud, los días cortos o las noches muy largas, y sus “hiperbóreas rubias” bellas, repetidas, imposibles.
Con el metro y la nieve se produjo un caso de amor a primera vista. Me emocionó tanto el metro que al principio le ponía la mano para que parara. Nunca me desairó.
Ver caer nieve me pareció lo más cercano a la felicidad. La nieve es como un iceberg bonsái, algodón muerto del frío. No me importó que al entrar en contacto con ella sintiera que me quedaba sin orejas, nariz, boca, silla turca. Pensé que iba a coronar mi sueño de niño: ser invisible. Pero algo falló.
Claro, el frío decembrino no se lo deseo al peor amigo ni al mejor enemigo. Con razón producen despampanantes nórdicas: para que les levantan el ánimo.
El frío escandinavo me recordó el que hace en Montebello, mi pueblo natal de 7 mil habitantes. De inmediato hermané a las dos ciudades. ¡Cómo no hacerlo si en ambas “metrópolis” me sirve la misma ropa!
Confieso que taqué burro: como había oído hablar de lo deshinibidas que son las valkirias, estaba resignado a más de una violación. Pero mi sexapil de “latin lover” no las impactó y regresé a casa con los mismos espermatozoides con los que había salido.
Estuvimos viendo estriptís en el cabaret Le chat noire pero las bailarinas eran tan bellas que en lugar de alborotarnos la libido nos movieron el departamento de estética. Exabrupto grave sería calificar su espectáculo de pornografía. Ellas solas eran el Circo del Sol sin ropa. “Verlas no daba sueño”.
El asombro llegó al clímax cuando después de sus cabriolas se sentaron a dos mesas y una eternidad de distancia de nosotros. ¡Me habría gustado que las mujeres que jamás me dieron la hora me hubieran visto en semejante compañía! (Éramos tres los mirones de Macondo en Le chat noire: Bernardo Sánchez, ejecutivo de una multinacional, mi coronel ® Nolasco Espinal, de San Pedro de los Milagros, excombatiente en la guerra de Corea, acusado de ser un espía de la CIA por el entorno de García Márquez, infundio que luego le fue levantado a mi compañero de habitación en el Amaranteen Hotel).
Descubrí en esa primera salida a la arcaica Europa que Macondo queda en Estocolmo. Todo funciona a la perfección. Alcancé a preguntarme cómo puede ser feliz un país que no le deja nada al azar, todo está socialistamente resuelto, o sea, no hay necesidad de ser rico para tenerlo todo, y el rey Gustavo y la reina Silvia viven juntos como los punticos de la diéresis, o como las líneas paralelas aunque ellos sí se juntan para fabricar herederos.
El día de Suecia termino con el eslogan escriturado al Espíritu Santo: Gracias, Estocolmo, por tantos asombros recibidos.