Tonyville, California, hogar de familias indígenas mexicanas

Pequeño poblado es hogar para cientos de mixtecos

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Tonyville, California, hogar de familias indígenas mexicanas
Adelaida recuerda mientras su hija, Genovesa, la peina
Adelaida Niño Gálvez cuida el pequeño rincón del jardín de su casa donde tiene lo que necesita para conservar el sabor de su tierra en cada platillo que prepara. Porque unos frijoles “bien guisaditos” deben llevar algo de epazote, una de las hierbas que ella ha plantado hace tiempo y que año tras año son parte de la mesa familiar.
“Preparo verdolagas, sopas, pozole… Y salsa roja, por supuesto”, dice muy animada Adelaida, de 63 años, y madre de ocho hijos. Las tortillas se hacen a mano, claro. Las recetas no son un secreto y en el pueblo la mayoría de sus residentes comen muy parecido. Porque casi todos provienen de la misma región montañosa de México y hablan el mismo idioma: el mixteco.
Bienvenidos a Tonyville, condado de Tulare, en el Valle de San Joaquín, California.
Tonyville tiene cuatro o cinco calles polvorientas que bajo el calor de la siesta veraniega lucen solitarias. Apenas un pequeño cartel anuncia su nombre. El edificio más visible es una tienda de abarratos sobre la carretera rural número 216. La iglesia no tiene ni torre ni cruz sobre su techo. No hacen falta porque cualquiera de los 360 pobladores de esta comunidad no incorporada sabe dónde queda.
Aunque el censo nos diga que el 90 por ciento de los residentes habla español, la lengua más hablada aquí es el mixteco —uno de los más de 60 idiomas indígenas de México. Los mixtecos provienen de Oaxaca y Guerrero.
“Nosotros hablamos el mixteco alto, aprendí un poco de español porque tuvimos un maestro en el pueblo que nos enseñó”, dice Adelaida, nacida en San Juan del Río, Guerrero. “De niña ayudaba a mi mamá en la casa, mi papá trabajaba la milpa con la ayuda de mis hermanos”.
Pobreza
La pobreza extrema azota a las comunidades indígenas, particularmente en Guerrero, considerado el estado más pobre de México.
“Mis hijos no tenían zapatos… Crié un marranito para poder venderlo, pero mi esposo se quedó con el dinero”, explica Adelaida, sentada en el porche de su casa junto a su hija Genoveva. También explica que fue víctima de abusos por parte de su esposo. “Después crié chivos y me fue mejor”.
Como ocurre en estas comunidades, los jóvenes —y los no tan jóvenes también— se marchan en búsqueda de trabajo. Cada tanto llegan autobuses para reclutar jornaleros para los campos de Sinaloa o Baja California.
“Uno de mis hijos se quiso ir a San Quintín, Baja California, pero yo no quise dejarlo solo”, dice Adelaida. Y de esta manera ella y su familia emprendieron el viaje al norte hace casi 18 años. “En San Quintín pizcamos fresas y tomates”.
Ocho años después, la familia se muda a Maneadero, más cerca de la frontera con Estados Unidos, donde la familia trabaja en los campos de chícharos, tomate, calabazas, y más. Es allí donde uno de los hijos de Adelaida empieza a hablar de irse a Estados Unidos, donde el trabajo de jornalero es igualmente sacrificado pero el pago es un poco mejor.
Como antes, Adelaida no quiso que su hijo se fuera solo. Y así, la familia entera decidió viajar a EE.UU. en búsqueda de mejor fortuna, ofreciendo sus manos para el trabajo y el conocimiento ancestral indígena de la agricultura.
La nueva generación
Después de un largo y peligroso cruce de la frontera, la familia se dirigió al Valle Central de California, siguiendo una ruta conocida por los jornaleros.
“Aquí me siento como en casa”, dice Adelaida refiriéndose a Tonyville. “Lo único que me falta es mi hija que se quedó en México, pero me da miedo que cruce, es muy peligroso”.
Sus hijos trabajan en la agricultura. Siguen las cosechas desde California hasta Oregon y Washington. “Me duele que mis niños no pudieron educarse, pero aprendieron a leer y escribir”.
La excepción es su hija Genoveva, de 19 años, quien actualmente estudia en la Universidad Estatal de California, Fresno. “Quiero estudiar contabilidad y español”, dice sonriendo Genoveva. “Cuando termine la universidad sé que no podré trabajar aquí [en Tonyville]… Es muy pequeño!”
A pesar de que ella estudia a solo una hora de distancia, Genoveva extraña Tonyville. “Si, extraño mucho. ¡Extraño la comida de mamá!”, dice riéndose. “Cuando me siento algo triste, le llamo y ella me anima”.
Cuenta que sus hermanos a veces la llevan al campo a trabajar, “para que no se me olvide de dónde vengo”.
No se olvida. Le gusta pizcar chiles y cerezas. Pero no uva para pasas, la llamada “tabla”.“Es muy difícil y muy cansado,” explica.
Quizá por esto en Tonyville se celebra el fin de la cosecha de la uva, en septiembre.
“Regresarme a México? ¡No!”, dice enfáticamente Adelaida, quien habla en mixteco con su hija mientras ésta la peina. “Allá la vida es más difícil, y aquí estoy con mis hijos, ¿qué más puedo pedir?”