Homenaje a un verdadero macho mexicano

Mi padre inculcó en mí los aspectos positivos del machismo mexicano: valentía, lealtad, orgullo en uno mismo, responsabilidad, respeto por los demás y humildad
Homenaje a un verdadero macho mexicano

Por: Ana Guerrero / Jefe de personal del alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti

Mientras asistía a una graduación del departamento de Policía, inesperadamente me emocioné. Mirando hacia las caras nuevas de los nuevos agentes, muchos de ellos latinos, noté el padre de un graduado entre el mar de uniformes azules, que fue fácil de detectar en sus pantalones de mezclilla y sombrero de vaquero. Con piel morena y digno el hombre me había recordado de mi propio padre.

Con mi segundo Día del Padre sin él, sigo pensando que aquel padre en la graduación estaba apoyando a su hijo en la búsqueda de trabajo noble y el sueño americano. Al igual que mi padre, que tenía el porte de un macho mexicano. No es el macho de nuestros estereotipos -sino el tipo de macho mexicano que es un proveedor responsable, honorable y atento.

Mirando hacia atrás a mi infancia doy crédito a mi padre por inconscientemente modelar los aspectos positivos del machismo mexicano para sus hijos e hijas: valentía, lealtad, orgullo en uno mismo, responsabilidad, respeto por los demás y humildad.

Heliodoro Guerrero llegó por primera vez a los EEUU con nada más que una educación de segundo grado. Él sabía que el destino no era una posibilidad por coincidencia, sino una cuestión de elección. Al tomar su destino en sus propias manos fuertes creó nuevos caminos para sus hijos y para muchas de las familias que más tarde emigraron de nuestro pueblito en Guanajuato a California.

Mi padre tuvo sólo 12 años cuando cruzó el Río Grande con su papá en 1948. Trabajó los campos agrícolas de Texas y entregó todo su sueldo a su padre, como ya se esperaba. Mi padre fue un excelente trabajador, eficiente como una máquina de recoger algodón, tomates o lechugas.

Tan pronto que tuvo edad suficiente se registró como bracero. Él me contaba la historia del día en 1957 cuando él y un camión cargado de braceros fueron llevados al centro de Santa Rosa, California. Allí, fueron puestos en exhibición para los agricultores del Condado de Sonoma para ser elegidos. Lo puedo imaginar estoico y digno, odiando ser exhibido pero con ganas de trabajar y ganar un sueldo honesto.

Mi padre fue contratado rápidamente por un granjero de manzanas japonés-americano. Este granjero fue un hombre bueno y decente que había vivido a través de los campos de internamiento en Colorado. Apreció que mi padre siempre fue cumplido, un hombre responsable. Él ayudó a mi padre obtener la residencia y establecerse en su granja en Sebastopol cerca de donde mi papá está enterrado ahora.

A cambio mi padre siempre cumplió con sus deberes. Pronto, otros hombres siguieron al mismo paso de mi papá a trabajar para los Hermanos Furusho. Hoy en día hay docenas de hombres y mujeres Guanajuatense trabajando los huertos de manzanas, viñedos, granjas de lácteos y avícolas del condado de Sonoma. Él abrió el camino para las futuras generaciones de las familias estadounidenses de nuestro pequeño pueblito en México.

Lo que le faltaba en la educación formal lo compensaba con la ética trabajadora. Creía que ganarse el pan de cada día era un objetivo honorable. Inclinado recogiendo manzanas por doce horas o levantándose a las 4:00 de la mañana para regar pesticidas, mi padre jamás se quejó. De hecho, él nunca tomó un día de enfermedad, a excepción aquella vez en 1980 cuando su jefe se le llevó al hospital porque su apéndice estaba a punto de estallar.

Cuando llegaba a casa de sus largas jornadas de trabajo nuestra familia siempre cenaba junta. En noches de semana y los domingos nos llevó a la biblioteca, a la iglesia y al parque. Nunca nos dejó pasar la noche en casa  de nuestros amigos, pero nuestros amigos ‘gavachitos’ siempre fueron bienvenidos en nuestro humilde hogar. Éramos pobres y lo supimos. Pero también sabíamos que nuestro padre trabajaba duro y ahorraba para poder llevarnos a México durante la Navidad cada año.

Él no nos empujó a conseguir una educación formal. Sin embargo, si esperaba a que trabajaramos duro. Nada lo haría más orgulloso como saber que lo hicimos.

No vi mucho de él en los dos últimos años que estuvo vivo. Mi trabajo en Los Ángeles me mantenía muy ocupada para hacer el viaje hasta el norte de California. Pero si lo llamaba un par de veces a la semana. Y nuestra conversación era siempre la misma: “¿Como te va en el trabajo mija?” Mis respuestas siempre eran  las mismas. “Estoy echándole ganas papá”, “ando en chinga”, él se reía radiando de orgullo.

Mi madre fue la última en hablar con él antes que el cáncer le quitara la vida. Ella lo encontró despierto a media noche, de pie con la ayuda de su andador. Ella trató de convencerlo a que se fuera a dormir pero él se negó.

“No ves que estoy trabajando?” Él dijo. “¿No ves que estoy trabajando? tengo que terminar. Tengo que terminar.” En su mente era un niño otra vez, labrando la tierra, trabajando junto a su padre. Negó irse a cama hasta varias horas después – hasta que había hecho su trabajo.

Me imagino que es lo que está haciendo ahora mientras vela por su familia. De nuevo, él es un joven, fuerte macho mexicano, trabajando en el campo en este o aquel lado de la frontera, en ‘chinga’ y ‘echándole ganas’.