Para qué la música

Para qué la música
Keith Richards, Rolling Stones Voodoo Lounge Tour Mundial, Río de Janeiro, Brasil, 1995.

Una bomba estalló cerca de su casa en Londres en la segunda guerra mundial “lo cual prueba que Hitler iba detrás de mí”.

Este amante del goce pagano pronto abandonó la escuela. La remplazó por la calle, el mejor cuarto que tiene toda casa. Considera que él y sus colegas músicos son simples juglares.

Ha metido coca, maracachafa, peyote, mescalina y yerbas afines. Ha incurrido en tantos excesos que creyó pertinente aclarar en Vida, su insólita autobiografía, que el cuerpo es algo que ha de funcionar, hagas lo que le hagas. “Olvídate de estar cuidándolo”. Pero siempre ha sido de una disciplina espartana para alcanzar la perfección dentro de su oficio.

“MiniRRichards”, como le decían en la escuela para “bulliniarlo”, es de los que asegura que los recuerdos son una forma de la ficción. “No he olvidado nada”, proclama a la rosa de los vientos este memorioso abuelo primermundista.

Como quiso ser guitarrista, primero se enamoró del instrumento, “una damita encantadora”. Luego aprendió a tocarla como un virtuoso del piano. Si “el violín es toda la orquesta”, la guitarra de este setentón de rostro ametrallado por las arrugas es toda su banda de rock.

Su grupo le puso banda musical a una generación. A muchos nos hizo desertar del bolero “ese corruptor de mayores” al que volvimos como los elefantes vuelven a sus querencias cuando van a entregar paquidérmicos papeles.

De niño veía televisión en casa de su vecino, Mr. Steadman, que dejaba las cortinas abiertas para que miraran los bajitos.

Lo arropaban seis tías por el lado materno, siete por el paterno. Mamá Doris completaba el matriarcado. No tuvo hermanos: “Ser hijo único te obliga a inventarte tu propio mundo”. Entonces adoptaba mascotas. Tuvo un ratón, Gladys, y un gato “lo que explica en parte por qué soy como soy”. Hablaba con Gladys, lo llevaba a la escuela. “Doris lo despachó”, confiesa. Nunca le perdonó a su mami el ratonicidio.

Reconoce en Doris a su inspiradora musical. “Siempre tenía la música puesta en la radio. La echo tanto de menos…”. En la última visita que le hizo a su lecho de enferma, le tocó Malagueña. “Si consigues tocar Malagueña puedes con cualquier cosa”, le había anticipado. Cuando le preguntaron cómo le había parecido la interpretación ella respondió: “… sonaba un poco desafinada”.

A su abuelo le debe su pasión por la música. En memoria suya creó una fundación para abuelos desamparados. En las paredes de las habitaciones suele pegar esta leyenda: “Gus, gracias por la música”.

Su coronel Aureliano Buendía tenía la costumbre de reír y hacer reír, como Doris. Una vez encontraron a un mendigo en la calle. Le ordenó que le diera el penique que llevaba. Lo hizo sin pensarlo mil veces. Gus le duplicó la ofrenda.

Su credo ha sido: “La gente quiere llegar al otro, al corazón del otro. Por eso existe la música. Si no eres capaz de decirlo, cántalo”.

De la visita a Medellín de Keith Richards, enemigo personal de Hitler, y demás eternos abuelos arrugados de los Rolling Stones, el alcalde Aníbal Gaviria, no ha vuelto a desatar palabra. Y noviembre, el mes señalado, está a la vuelta de la esquina.

Mi marrano sigue engordando para pagarme la entrada a gallinero desde donde pienso escuchar Satisfaction, mi himno. Los espero, colegas abuelos, como esperé a Daniel Santos, otro de mis ídolos.