Violencia, trauma y acoso: calvario de niños migrantes en Los Ángeles

Primera parte de una serie especial de La Opinión sobre la adaptación y los retos de los niños centroamericanos que llegaron durante la crisis del 2014
Violencia, trauma y acoso: calvario de niños migrantes en Los Ángeles
Un menor practica el dominio del idioma inglés dentro de Casa Libre, el único albergue-academia que en esta ciudad ofrece cobijo a los niños migrantes desamparados. /Aurelia Ventura
Foto: Aurelia Ventura/La Opinión / Aurelia Ventura/La Opinión

ninos migrantes

Llegaron hastiados de tanta violencia en Centroamérica, pero en Los Ángeles, el nuevo hogar de unos dos mil menores refugiados, se han enfrentado con pandillas, drogas, inseguridad, acoso escolar, traumas, falta de asistencia legal, deudas con traficantes y el inevitable choque cultural.

A un año del éxodo masivo, las vidas de estos niños migrantes han tomado rumbos distintos: unos son atletas y estudiantes con un futuro prometedor, otros cayeron en las garras de las pandillas y perdieron el interés en el estudio y algunos se sienten tan rechazados que quieren regresar a sus países.

Esta es la primera parte de una serie especial de La Opinión sobre lo que ha ocurrido con los niños centroamericanos en esta ciudad (como parte de los más de 60,000 detenidos en la frontera desde 2014) su adaptación al sistema estadounidense, el avance de sus casos y su situación en las escuelas.

En el 2014 más de 60,000 menores no acompañados fueron detenidos en la frontera sur de Estados Unidos. /Getty
En el 2014 más de 60,000 menores no acompañados fueron detenidos en la frontera sur de Estados Unidos. /Getty

Perseguidos por los traumas

“Sigue siendo una crisis humanitaria”, afirma Marie Condron, vocera del Public Counsel, una organización que representa legalmente a un centenar de menores refugiados. “Hay niñas que fueron violadas por maras y tienen el trauma de tener a su bebé, de su situación migratoria y de no tener acceso a la educación”, agrega.

Negando fondos federales adicionales para atender esta crisis, las escuelas han cargado con el reto.

“Además de los traumas que traen, les es difícil adaptarse con su nueva familia, a la cultura”, comenta Pia Escudero, directora de la oficina de Salud Mental del Distrito Escolar de Los Ángeles (LAUSD).

Evaluaciones psicológicas del organismo concluyeron que la mayoría de estos niños enfrenta traumas por actos violentos en sus países o en su recorrido hacia Estados Unidos.

Ellos no pueden hablar de eso porque les afecta mucho”, dice el padre de dos alumnos de secundaria que hace poco obtuvieron asilo político y cuya madre fue asesinada por pandilleros en El Salvador. Uno de los chicos encontró el cadáver. “Los asesinos también están aquí”, asegura alarmado el padre.

Se defienden del ‘bullying’

Durante el año académico anterior, directivos escolares detectaron otro problema: el acoso [bullying].

“Al llegar a la escuela también sienten mucho rechazo por otros estudiantes que les dicen cosas por ser recién llegados”, indicó Escudero, del LAUSD.

Pintas con el número “503”, el código telefónico internacional de El Salvador, ya se observan en escuelas donde abundan menores refugiados. El temor de las autoridades es que estén formando una pandilla, pero hay quienes lo consideran una reacción espontánea por tanto bullying.

“Esos son los mecanismos de defensa naturales que los jóvenes inventan cuando están siendo atacados, cuando no se sienten protegidos”, explica Alex Sánchez, director de Homies Unidos, organización que desarrolló el programa “El Joven Noble” en cuatro secundarias para ayudar a 58 menores que se descarriaron.

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Alex Sánchez, director de Homies Unidos, una organización que está ayudando a los ninos refugiados en Los Ángeles. /Aurelia Ventura

A sus sesiones algunos incluso llegaban drogados, cuenta Sánchez, atribuyéndolo a su situación anímica.

“Están llegando a casas donde hay hermanos que no hablan español, sus madres están acompañadas por hombres que no conocen, están invadiendo un espacio y llegan a escuelas donde se enfrentan al choque cultural y donde les hacen bullying jóvenes que los ven como presa fácil”, dice el activista.

Unos estudian a regañadientes porque venían a trabajar y deben hasta $9,000 a los “coyotes”.

Pese a tantos obstáculos, Escudero del LAUSD, dice que la mayoría de estos niños confía en que tendrá un futuro mejor en EEUU. “Llegan con mucha ilusión, quieren educarse porque han tenido una vida muy dura”.

Mil niños sin asistencia legal

Sólo la mitad de los 2,000 menores refugiados en Los Ángeles recibe ayuda de un abogado. La mayoría aún espera que se defina su situación migratoria, de acuerdo a organizaciones.

El Distrito Escolar de Los Ángeles (LAUSD) prometió representarlos en las cortes, pero sólo ha tomado cuatro casos. Esto aún reconociendo que sin abogado es probable recibir un fallo desfavorable.

Casa Libre es el único albergue-academia que en esta ciudad ofrece cobijo a los niños migrantes desamparados.
Casa Libre es el único albergue-academia que en esta ciudad ofrece cobijo a los niños migrantes desamparados.

“Queremos ofrecer asistencia de calidad”, indicó Robert Newman, asistente del superintendente del LAUSD, quien explicó que solo cuatro de sus veinte litigantes aceptaron ser voluntarios.

El Centro de Recursos Centroamericanos (CARECEN) representa en los tribunales casi 200 casos de niños refugiados y a la fecha sólo el 10% de éstos ha obtenido una visa migratoria juvenil o asilo político.

“Estamos contentos sólo con ir a esa audiencia con el niño”, expresó el abogado de CARECEN, Eryk Escobar. “Al acompañarlos nos aseguramos que el gobierno está haciendo su trabajo”.

Un hogar para los refugiados

En 1901, el arquitecto inglés John Parkinson (diseñador del Coliseo y la Alcaldía de Los Ángeles) elaboró los planos de una casa de estilo gótico para una madre y sus 11 hijos.

Esa residencia, localizada cerca del parque MacArthur, es ahora hogar de siete adolescentes que huyeron de la muerte y el hambre en Centroamérica. Le llaman “Casa Libre” y es el único albergue-academia que en esta ciudad ofrece cobijo a los niños migrantes desamparados.

“Es bello, es poético”, dice el director del centro, Federico Bustamante. “Una casa construida por un inmigrante para sus hijos, una vez más está hospedada por inmigrantes”, explica.

 El director de Casa Libre, Federico Bustamante, ayuda a un menor refugiado sin hogar. /Aurelia Ventura
El director de Casa Libre, Federico Bustamante, ayuda a un menor refugiado sin hogar. /Aurelia Ventura

Desde hace cinco años, “Casa Libre” ofrece un programa integral de dos años con servicios médicos y legales, entrenamiento laboral, clases de inglés y tutoría, prevención de adicciones y más.

“No queremos que sigan en estos programas, sino que se puedan manejar solos y tengan una vida en este país, y eso sólo se hace con atención personal, tiempo y paciencia”, señala Bustamante.

Este centro podría tener a 14 menores, pero la falta de fondos limita su capacidad. Su gasto es de $200 mil al año.

Para Bustamante, las únicas diferencias entre los niños centroamericanos que vinieron hace unos años y los que recién llegan son que los últimos reciben más atención y vienen más traumados.

Porque la violencia se está poniendo peor cada vez”, dice. “Los más afectados son los de El Salvador”.

En uno de los cuartos de “Casa Libre” hay un balón y un pequeño helicóptero. “Cuando se les da la oportunidad de aprovechar un poquito de su niñez ellos lo hacen”, señala el director.