Elogio del arroz con huevo

La exigente fauna de los dietistas no tiene nada contra esta comida fiel
Elogio del arroz con huevo

Es plato de soltero, de separado, de echado de la casa, de vago, de bien y de mal casado, de ocupado, de enemigo personal de la comida de muchos trinchetes, de facilista, de sujeto escaso de equipaje en materia gastronómica.
Me gusta porque es un plato globalizado. Lo lleva uno al país que le tocó en reparto. El arroz con huevo es una de las tantas formas de la nostalgia, algo así como una huella digital suplente. Se le ama como a la primera y a la última novia.

Es comida de perezoso, de informal, de cómodo, de no me jodan con comidas fusión ni de comida chatarra. Porque el indisoluble matrimonio de arroz con huevo es el mejor casado de cereal con proteína, un nutriente perfecto.
Me gusta porque se puede “maridar” con vino, chocolate, café, jugo, agua; porque se deja acompañar de arepa o pan, y se le puede vaciar un frasco de salsa de tomate y sabe más rico.

Porque se puede comer con cuchara o tenedor, porque la yema del huevo que queda esparcida en el plato se puede recoger con la arepa (ojalá con el pan); mejor todavía, con el dedo.

Porque no tenés que ponerte a lavar harta loza, porque quita el hambre, no engorda, no enflaquece, porque el arroz es del carajo, así sea solo, frío o caliente. Porque la exigente fauna de los dietistas no tiene nada contra el arroz con huevo.

Porque se puede comer con huevo frito (=arroz a caballo), o revuelto con el huevo; porque es el plato colombiano más popular.

Porque nadie le ha hecho un poema, no ha sido portada de la reviste Time, porque se puede mezclar: una vez comés arroz con huevo, otras huevo con arroz; porque pueden ser dos los huevos.

Porque estéticamente esa mezcla se ve bien sobre el plato (qué bien se ve el amarillo Van Gogh de la yema, lo dice un daltónico), porque está listo en segundos, porque es barato (hasta Bill Gates lo puede consumir), porque uno lo aprende a preparar sin haber ido a la universidad. Es plato de analfabetas culinarios.

También el Papa lo puede preparar en la claustrofobia de su celibato. Y puede prescindir de la asistencia del Espíritu Santo que lo tiene bien dateado.

Me gusta porque la gente se nos burla en la cara cuando confesamos que nos gusta. Porque sin arroz no hay paraíso.

Porque no enferma, es más, te alivia de alguna incomodidad gastronómica.

Porque cuando estamos enfermos o de mal comer, allí está la solución, porque es un plato que no lo inventó nadie: lo inventamos cada vez que lo preparamos. Porque nunca sabe igual.

Porque no lo deja a uno lleno, ni lo pone directo. Porque sabe igual de sabroso a cualquier hora del día, pero sobre todo en la noche pues nos vamos a roncar sin hambre y con el buche ligero.