La rutina de las masacres escolares

No estamos haciendo nada sobre la salud mental ni el control de las armas de fuego
La rutina de las masacres escolares

Nueve personas fallecidas, otras siete mal heridas. Es el saldo de una masacre más como las que ya se han hecho tan dolorosamente comunes en los Estados Unidos, esta vez en un colegio comunitario de Oregon.

En cada episodio de este tipo intento interiorizar la magnitud de esta tragedia pensando en mis seres queridos. En mi hijo que acude como estos jóvenes asesinados a una escuela comunitaria, mi hija que va hoy a un torneo de volleyball, mi esposa que gusta de visitar los almacenes, o mis sobrinas que nos visitan en estos días y que acuden a los parques de diversión. No estamos seguros en ninguna parte. Es la cruda y triste realidad. En el momento menos esperados, una persona evidentemente desequilibrada puede acabar con la vida de algún ser amado. Interiorizada la situación en los nuestros, duele el alma, se suelta las lágrimas, se hace carne el pánico de vivir una experiencia tan amarga. Pero mañana volveremos al día a día, y como lo afirmó el presidente Obama, estos acontecimientos se nos han hecho rutina, los reportajes sobre los mismos se han hecho rutina, los discursos del mandatario se han hecho rutina, las conversaciones posteriores sobre este tema se han hecho rutina. Es un suceso más en las vidas de los estadounidenses.

Las masacres de este tipo son una tragedia, pero mucho peor es que se nos hayan convertido en rutina, mucho peor es que ya no nos asombren, mucho peor es que nos hayamos acostumbrados a ellas.

Y las matanzas van pasando una por una, cada dos o tres meses, y no hacemos nada.

Esta epidemia de crímenes sin sentido tiene dos aspectos a considerar, por un lado, el estado mental de sus actores, y por otro lado la facilidad con la que cualquier persona puede acceder casi sin control alguno a un número de armas indeterminado, muchas de ellas verdadera máquinas de exterminio masivo.

¿Qué estamos haciendo para afrontar estos dos problemas?

Absolutamente nada. El sistema de salud estadounidense ha abandonado el cuidado de las personas que padecen de enfermedades mentales; y los políticos llamados a regular el acceso a las armas están literalmente comprados por los cabilderos de la industria armamentista y por organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle.

Lejos de la retórica falsa de que “los liberales” pretenden desarmar a los ciudadanos y violentar el derecho establecido en la Segunda Enmienda, lo que un mayoritario sector de la población estadounidense reclama es un sistema de controles de venta de armas más exigente y eficiente. Las masacres no van a acabar, pero al menos podrían disminuir.

La sangre de los caídos en estas tragedias sin sentido están en las manos de los que se oponen a las reformas. Me pregunto: ¿qué sentirían si alguno de los fallecidos fueran sus hijos, su cónyuge, sus padres o sus hermanos?