Hamilton, un musical que da vida y color a los padres de la patria

Con un elenco de actores latinos, afroamericanos y asiáticos, el musical que arrasa en Broadway cuenta la historia del nacimiento de Estados Unidos con la diversidad y los ritmos de hoy.
Hamilton, un musical que da vida y color a los padres de la patria
Hamilton llega a Los Angeles./Archivo

En Estados Unidos, los padres de la patria, que fundaron el país y escribieron la constitución, parecen ser propiedad exclusiva de un sector conservador anglosajón que a menudo esgrime la carta magna en contra de minorías raciales y los nuevos inmigrantes.

Un ejemplo basta: Donald Trump, citando “estudiosos” sin nombre que apoyan la idea de dejar sin nacionalidad a los hijos de inmigrantes sin papeles, dándole la espalda a la Décimo Cuarta enmienda de la constitución. Una enmienda, por cierto, adoptada en 1866 para dar a los descendientes de África el derecho a la nacionalidad, un año después que recibieron su libertad.

No en vano un 70% de los afroamericanos de hoy se opone a cambiarla para excluir a los nuevos inmigrantes, casi todos latinoamericanos o asiáticos (PEW).

Mientras el circo político continúa, en un escenario de Broadway, un dramaturgo y actor de padres puertorriqueños que creció en un barrio dominicano, Lin-Manuel Miranda, ha puesto a tres actores afroamericanos a representar el papel del primer, tercer y cuarto presidentes del país: George Washington, Thomas Jefferson y James Madison.

El propio Miranda representa al personaje central del musical: el de un inmigrante pobre de una pequeña isla del Caribe (Nieves, en el norte Antillano), hijo –y huérfano- de una madre soltera, que llega a convertirse en mano derecha de George Washington, el hombre en el billete de un dólar. El llegaría al billete de a diez.

Hamilton llega a ser el primer secretario del tesoro del país que nacía y fundador de sus sistema financiero y de la banca, pocos años después de llegar a Nueva York “con una carta de recomendación, unas cuantas monedas y su ingenio”.

Era la marca de este país, que sería liberado del yugo inglés para que el origen de cada quien importara menos que el trabajo y los méritos: la ruptura con el viejo mundo.  Genialmente, cuando el Hamilton de Broadway conoce a Angélica, la hermana de su futura esposa Eliza, esta le pregunta de dónde son sus padres.

“No importa de donde son, hay un millón de cosas por hacer”, responde, desafiante, el joven Hamilton, el inmigrante, ambicioso y dispuesto a todo.

La gran mayoría del elenco de Hamilton, que se estrenó en agosto en el Teatro Rogers de Broadway, es latino, afro o asiático.  Y los ritmos no son los del musical de siempre, aunque tiene su estructura: todo está contado usando música más a tono con la juventud de hoy: rap, hip hop o baladas R&B.

El éxito de la crítica ha sido rotundo. Las entradas están vendidas hasta enero y Miranda acaba de ganar una beca MacArthur (de esas que antes llamaban para “genios” antes que fuera políticamente incorrecto), pero el joven neuyorican que pasaba sus veranos en la isla del encanto no pierde de vista de donde viene, ni lo que ahora significa su trabajo.

“Yo crecí en una comunidad inmigrante”, dijo Miranda por medio de un video en la página de la Fundación MacArthur. “No importa qué tan lejos vayas en la historia, con pocas excepciones, todo el mundo vino aquí de alguna parte y creó una vida de la nada, hizo los trabajos que otros no querían para que sus hijos pudieran ser maestros, doctores o abogados”.

Miranda garantiza que de ahora en adelante, el mundo no vea igual a los fundadores de los Estados Unidos, sino que se entienda que estos jóvenes revolucionarios, que tenían la idea radical de independizar y crear un país libre y próspero o morir en el intento, no están muy alejados de las olas de inmigrantes que aún llegan a nuestras fronteras buscando su muy personal “sueño americano”.

Porque como los inmigrantes de entonces, los de hoy vienen a trabajar sin descanso, a construir una nueva vida, a renovar los ideales del país.

O como lo dicen Hamilton y el Marqués de Lafayette en una escena que resume la genialidad del trabajo de Miranda: “Los inmigrantes, hacemos lo que hay que hacer” (“Immigrants, we get the job done!”).