La heroína consume los sueños de los deportados en Tijuana

Casi 7 de cada 10 inmigrantes deportados consumen drogas en la zona conocida como El Bordo

La heroína consume los sueños de los deportados en Tijuana
Guillermo Sotelo (der), quien fue deportado de Santa Ana es ayudado para inyectarse heroina con agua en sus venas. /Aurelia Ventura.
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinion

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TIJUANA, México.- Para comprar las 12 dosis de heroína que a diario se inyecta, Juan Luis Pérez trabaja limpiando los carros que hacen fila para cruzar a Estados Unidos.

Cada dosis de heroína le cuesta $25 pesos ($1.50 dólares), pero para que el efecto sea más duradero la mezcla con “cristal”, un derivado de la metanfetamina.

Hace 10 años emigró de su natal Michoacán para trabajar en una compañía de mudanzas en Hawaiian Gardens, en el condado de Los Ángeles, pero al poco tiempo lo deportaron por ser indocumentado.

Sin familiares ni amigos en la ciudad por donde lo deportaron, Juan Luis se dedicó a vagar y a vivir en la zona conocida como “El Bordo”, donde cayó de inmediato en la adicción a las drogas.

/Juan Luis Perez de 32 años vivió en Hawaiian Gardens antes de ser deportado a Tijuana. /Aurelia Ventura
Juan Luis Perez de 32 años vivió en Hawaiian Gardens antes de ser deportado a Tijuana. /Aurelia Ventura

Los sentimientos de dolor por la separación de sus familias al haber sido deportados, así como la experiencia de exclusión y exilio ante las condiciones de vida actuales, son el principio de una precariedad que se manifiesta, entre otros factores, en el consumo de drogas, concluye El Colegio de la Frontera Norte (El Colef) tras una encuesta realizada a los deportados de El Bordo.

El 69% de los deportados que solían vivir en El Bordo y que fueron entrevistados por El Colef aceptaron ser consumidores activos de heroína y “cristal”.

Atrapados por la “cocodrilo”

10/01/15 /TIJUANA/Juan Luis Perez, 32, deported from Hawaiian Gardens and drug user prepares a mixture of heroin and water next to a border crossing stations that leads from Tijuana, Mexico, into the United States. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)
Juan Luis Perez, prepara su dosis de heroina o ‘cocodrilo’  para inyectársela en su cuerpo. /Aurelia Ventura

A sus 32 años de edad, Juan Luis no sabe lo que hará con su vida, sólo piensa en ganar los $300 pesos ($18 dólares) diarios para comprar sus 12 dosis de “cocodrilo”, como le llaman a la heroína.

Sólo quiero estar tranquilo, ayudar a la gente”, dice luego de que ha vaciado la jeringa en su brazo derecho.

“Quiero decirles que no usen esta droga, que no experimenten, porque uno no mide las consecuencias y lo lleva a un camino del que no se puede salir”, agrega al momento que clava su mirada en el suelo.

Junto a él está Guillermo Sotelo, de 42 años de edad, quien cayó en el vicio de la heroína cuando lo deportaron en el 2011.

Guillermo vivía en Santa Ana, California, donde cree que aún radica su esposa y su hija Esmeralda, de 9 años de edad, a quienes no ha visto desde que lo echaron de Estados Unidos por no pagar una infracción de tránsito.

Guillermo Sotelo, prepara su brazo para recibir una dosis de heroina inyectada. /Aurelia Ventura
Guillermo Sotelo, prepara su brazo para recibir una dosis de heroina inyectada. /Aurelia Ventura

En el dorso de la mano izquierda lleva marcado el número 586 que le tocó cuando durante la mañana acudió al Desayunador del Padre Chava, una organización que ofrece alimentos a indigentes, migrantes y deportados.

Por eso el dinero que gana, también limpiando carros, lo gasta en droga y en el pago de la renta de un cuarto de vecindad, donde vive con otras tres personas.

“Ahí pagamos $400 pesos ($25 dólares) a la semana, pero la mayor parte de lo que ganamos se nos va en el vicio, si es que no nos lo quita la policía cuando nos detiene”, dice mientras prepara su dosis.

Originario del Distrito Federal, Guillermo desearía regresar a Estados Unidos para ver a su familia y tener un tratamiento para dejar la heroína.

“El asunto es que eso cuesta, hay que tener dinero para poder dejar la droga”, dice. “Y mientras más la use uno, más adicto se vuelve”.