Réquiem por un mostacho

La verdad es que muchos lo utilizamos para distraer la atención de una nariz que resultó demasiado quevedesca

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Réquiem por un mostacho

Mi sentido pésame al exministro colombiano Horacio Serpa por la pérdida de su bigote. El revés que sufrió hace ocho días su candidato a la alcaldía de Bogotá, Rafael Pardo, lo obligará a cumplir la promesa de cortárselo en los próximos días.

Motilarse el mostacho es tan devastador como vivir la muerte de la mascota, perder al peor amigo o al mejor enemigo, ganarse la lotería porque te obliga a cambiar de barrio, ideología, ropa, libros. O renunciar a la cotidianidad labrada a través de los años

En mi condición de colega capilar de Serpa, sé que al quitarse el bigote la boca del bípedo queda como el sur de los pollos cuando van para el norte. Esa prótesis capilar se aferra al “acaso propietario” como la garrapata a la res, el corrupto al contrato, el granuja ilustrado a la casa por cárcel.

El senador Serpa debió apostar los 26 miserables millones mensuales que devenga, pero no cometer el estropicio –palabra muy suya- de feriar su personalidad encarnada en anárquica su manifestación de pelos.

Ya que entre bigotudos no nos pisamos las mangueras, le doy un consejo clonado de las obras completas de Perogrullo: espere a que le vuelva a pelechar.

El bigote para los que lo llevamos es como “la sombra de tu perro”, y perdón, señor Jacques Brel, por tomar esta imagen de su bellísima canción “No me dejes” que tanto se me parece al tango Nada.

Así me tilden de traidor a la causa mis colegas, la verdad es que muchos lo utilizamos para distraer la atención de una nariz que resultó demasiado quevedesca: “Érase un hombre a una nariz pegado”. La vanidad no podemos dejársela en exclusiva a nuestras “dulces enemigas”.

Imposible imaginar a Chaplin sin su mínimo bigote, apenas un cuadrito debajo de la nariz. En “Mis primeros años”, su autobiografía, Chaplin cuenta que, en sus inicios, al disfraz de vagabundo le agregó el bigotito “que, a mi juicio, me haría parece mayor pero no ocultaría mi expresión”.

El bigote a lo Chaplin lo copiarían los hombres a lo ancho de la aldea global, sobre todo en el campo. Mi abuelo Carlos Domínguez, todo un gocetas, a lo mejor se lo dejó crecer para hacer valer su condición de tocayo del comediante inglés.

De vieja data soy marxista convencido, revolucionario. Marxista por Groucho Marx, claro. El comediante gringo eran él, su humor, su tabaco y el descomunal mostacho.

Sírvanse ser felices pero no olviden el proyecto de bigote de Cantinflas.

El Nobel García Márquez adoptó el bigote de Bienvenido Granda lo que le valió el alias de “bigote que escribe”.

Ese apéndice no es para todos. Un personaje que ensayó desfilar por la pasarela vida, caballero en su mostacho, fue el recordado ministro Gilberto Echeverri, asesinado por las Farc en pleno cautiverio. La presión en casa fue tal que recurrió a la receta aprendida de sus abuelas: untarse estiércol de gallina para que le volviera a florecer. El desbigotado Serpa puede copiarse del Ratón Echeverri.