El gato que murió de sus siete vidas

Muchos mortales para exorcizar la muerte solemos frecuentar los cementerios de las ciudades que habitamos
El gato que murió de sus siete vidas

Este fúnebre mes de noviembre, con su irrenunciable olor a gladiolos, invita a hablar de su majestad la muerte para mantenerla a prudente distancia.
Se habla de las siete vidas del gato pero solo se habla de una muerte. La conclusión obvia es que cuando mueren, los gatos mueren de toda sus vidas, verdaderas o falsas. No se quedan con nada. No son escaparate de nadie.
De todas sus muertes falleció la gata Tomasina, una aristócrata sin pedigrí. Tenía la libertad por cárcel en el viejo barrio de La Candelaria, en Bogotá, mencionado por The New York Times entre los sitios recomendados para visitar en la capital colombiana.

Como sus colegas, Tomasina “vivía en la eternidad del instante”.

Creo adivinar la leyenda detrás de las siete vidas del gato: muchos se la pasan andando la ceca a la meca, en los cementerios. Es la forma que eligieron desde siempre para durar.

Muchos mortales para exorcizar la muerte solemos frecuentar los cementerios de las ciudades que habitamos. Lo malo es que caminar a solas por el cementerio nos hace sospechosos de todo.

Truco adicional para durar más consiste en leer los obituarios del periódico. Los hay que leen obituarios y cuando constatan que no aparecen en ellos, salen a la llanura. Se han ganado otro día de inmortalidad.

Todos somos inmortales mientras estamos vivos. Así que la invitación es a no perdernos el milagro de la vida como lo aconsejó hace tres días en Medellín ese papa Francisco sin Vaticano que es José Mujica, expresidente uruguayo.

Volvamos a la gata Tomasina. Cualquier día aprovechó una ventana abierta en una casa de La Candelaria, entró y se instaló. Destronó a su ama que ejerce el bello oficio de vendedora de libros. Lo mira a usted a los ojos y al rompe descubre qué libro le interesa.

Lo supe cuando visité la Librería Central, de Bogotá, donde trabaja. Algo le dijo que este pecho iba por el libro de Gustavo Castro Caycedo, Historias humanas de perros y gatos.

Mientras me lo empacaba, doña Stella Rozzo, que así se intitula la dama, delgada como el maullido de Tomasina, me contó que la felina se largó de la casa como había llegado: sin decir palabra. Se esfumó por la romántica ventana por la que había llegado, como un ladrón romántico, de esos que roban, dejan un ramo de rosas, un beso dibujado en el espejo a manera de agradecida despedida, y se van.

Nunca volvió a saber de Tomasina sino cuatro años después cuando volvió a entrar por el mismo procedimiento: atravesando la ventana como Alicia cuando atraviesa el espejo. Pues bien: Tan pronto vio a su antigua ama, Tomasina se arrojó en sus brazos, sintió que había llegado a su tierra prometida y enseguida murió. ¿Más poesía para dónde?

Stella no se ha recuperado del impacto de esa repentina muerte en su regazo. Le dio un beso, le regaló atea sepultura, y siguió adelante practicando la obra de misericordia de dar de leer al hambriento de libros.

 

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