Curas asesinados: otro reto para el Papa

Lo más escandaloso es que los altos jerarcas de la Iglesia se han abstenido de exigir una mayor protección para sus sacerdotes
Curas asesinados: otro reto para el Papa

Uno de los grandes retos que enfrentará el papa Francisco en su próxima visita a México, programada para febrero de 2016, es la postura que tomará ante el gobierno no sólo en torno a las violaciones a los derechos humanos en general sino al creciente número de sacerdotes católicos asesinados en ese país.

Los clérigos nunca han estado exentos de la violencia en México, pero en los últimos años la cifra de víctimas mortales y de secuestrados se ha incrementado de forma alarmante. Datos del Centro Católico Multimedial indican que desde 2012, año en el que Peña Nieto asumió la presidencia, 11 curas han sido asesinados y el índice de religiosos secuestrados se ha elevado en 400% en comparación con el gobierno de Felipe Calderón.

Durante los últimos 25 años, según ese organismo, se han perpetrado 51 ataques contra miembros de la Iglesia Católica, entre ellos un cardenal, 39 sacerdotes, un diácono, cuatro religiosos, cinco laicos y una periodista católica.

Estas cifras han convertido a México en el país occidental con mayor número de sacerdotes católicos asesinados, de acuerdo con la Agencia Fides.

Prácticamente todos los atentados contra los clérigos se atribuyen al crimen organizado y, en la mayoría de los casos, los religiosos han sido asesinados de manera por demás cruel y violenta.

En los últimos años los ataques se han dirigido especialmente a sacerdotes que viven en poblados remotos y que, sin importarles los riesgos que corren, se han erigido en férreos defensores de los derechos humanos de las congregaciones a las que sirven. Dos de los ejemplos más sobresalientes son el padre Alejandro Solalinde, quien se ha distinguido por su incansable lucha a favor de los migrantes centroamericanos y el padre Pedro Pantoja, de Saltillo.

Ambos clérigos han sido amenazados de muerte en repetidas ocasiones por denunciar los abusos cometidos tanto por el crimen organizado como por autoridades corruptas en todos los niveles de gobierno.

Lo más escandaloso es que los altos jerarcas de la Iglesia Católica se ha abstenido de exigir al presidente y a los gobernadores de los estados una mayor protección para sus sacerdotes. Tal parece que para ellos lo más importante es mantener una relación cordial con el poder para que nadie los moleste.

En este contexto será interesante ver qué posición tomará el papa Francisco, quien visitará algunas de las entidades más azotadas por la violencia del narcotráfico. Su llamada de atención sobre este grave problema no deberá ser sólo hacia el gobierno de Peña Nieto sino hacia los líderes mexicanos de la iglesia que encabeza.