La mujer frente a la lengua, y la violencia

El “macho” antes se asociaba con virilidad y buenas vibras, hoy nos lo devolvieron manchado de sangre: violencia machista
La mujer frente a la lengua, y la violencia

La perversión de la lengua crea verdaderos desajustes cuando de la mujer se trata. No ayuda el que una lengua tenga género en su gramática; así, se ve asimétrico que se diga “nosotras” para un grupo de personas integrado por mujeres mientras que “nosotros” puede englobar a hombres y mujeres. Otros muestran ofensas comparativas. Se contrasta “el muy zorro” con “la muy zorra”, o “solterón” con “solterona”, que para ellas antes era ‘quedarse para vestir santos’. Hoy, como ya no hay santos que vestir, no sabemos a qué dedicar la vejez. Lo que es seguro es que el matrimonio ya no es lo que era. El amor tampoco, que se ha telenovelizado.

Se suele afirmar que la mujer elabora más lo que dice al hablar, y que el hombre va más al grano. Las palabras, si se portan bien, cristalizan en los diccionarios. Los golpes, en el hospital. Donde más duelen es “en la madre”, que no “en el padre”. “Madrizas” no hay más que una, lo otro son “palizas”, nunca “padrizas”.

La palabra machismo es extranjera en español. El “macho” antes se asociaba con virilidad y buenas vibras, hoy nos lo devolvieron manchado de sangre: violencia machista. El deterioro del significado no nos deja en la calle sin cargos porque el mundo hispano tampoco es de fiar: al que le flojean los atributos masculinos se le “afeminiza”. Decir “sexo débil” es insulto, y vil, porque sugiere pena de inferioridad.

Los anuncios comerciales lo impregnan todo, hasta la igualdad. Se ridiculiza en ellos “ver telenovelas”, y solo porque se asocia con la mujer. Se ensañan con la “suegra”: la taimada suegra. La que te recuerda que eres “un bueno para nada”. ¿Ha escuchado alguien “chistes de suegros”? ¿Qué le sugiere “mandilón”? ¿Dónde se anuncian vigorizantes sexuales para mujeres? Para qué, dirán: ¡que se busque un hombre! Piénsenlo una vez más. Con la cabeza.

El “género fuerte” en la lengua, para sorpresa de muchos, es el femenino. Cuando decimos “ellas lo saben”, todo el mundo sabe que “ellas” son las mujeres. No ocurre igual con “ellos lo saben”, que si fuera solo de hombres habría de ser “ellos, los hombres, lo saben”. De “loro” hacemos “lora” y de “educador” “educadora”; lo contrario no funciona: no hay “lor” ni “educadoro”.

Por ello, fuera de la morfología, el femenino cuenta lo justo. Después de un robo, a nadie se le preguntará si “vio a las ladronas”. Y si hubo un parto, tampoco nadie felicitará a “uno que dio a luz”. Biología y Lengua no van tan descarriadas.

La violencia en la casa, en la intimidad, se vuelve estos días noticia. No viene mal recordar que aún queda trabajo por hacer hasta erradicarla. Se etiqueta este tipo de violencia con denominaciones extranjerizantes: “violencia doméstica”, “de género”, “machista”. El patrimonio de la lengua (que no matrimonio) se resiente con ello pero “maltrecha, maltrecha”, es la mujer quien queda postrada y humillada.

La mujer no está hecha de pasta degradable. Ya nos vendieron hasta la saciedad lo de tratarla como producto bíblico de reciclaje. Para que el hombre no se aburriera solo. “Mi costilla”. Pues no: “mejor sola que mal acompañada”.

Las víctimas de la violencia contra la mujer solo quieren saber cómo salir del laberinto y, de ser posible, ilesas. Porque los golpes duelen, nos duelen a todos.