Inmortalidad por decreto

De ampliarse la prohibición temblarían los empresarios de pompas fúnebres
Inmortalidad por decreto

El alcalde de una población italiana que no aparece ni en el pasa del periódico, aprovechó su cuarto de hora para ordenar a sus súbditos que no se mueran. La alcaldada consagra la inmortalidad por decreto.

Davide Zicchinella, alcalde de Sellia, al sur de Calabria, pasó por alto la recomendación de Borges: La gente debería tener la sana costumbre de morir. Tampoco debe llamarle la atención el clamor de Santa Teresa: “Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir…”.

A lo mejor nunca se ha sentido “aceptablemente póstumo”.

Diríase que Don Davide simpatiza más bien con un grafito leído al azar en una pared, la rotativa de los que no tienen periódico: El suicidio puede ser peligroso para la salud.

No quiere que ninguno de sus paisanos tenga que decir: “Todo nos llega tarde, hasta la muerte”.

Preocupado porque el asunto de la muerte es para toda la vida, el alcalde emitió una ordenanza para frenar la despoblación, según el despacho que llegó a lomo de internet, mujer fatal de la cibernética.

Estamos esperando a ver si los súbditos de Don Davide le paran bolas o si reconocen que “no nacimos pa’ semilla”, como cualquier mortal de la llanura.

En caso de que estén en desacuerdo con su mandatario, siguiendo el manual, vestirán el traje de luces de la eternidad y los que pasan al barrio de los acostados. Luego de pasar por ese infierno hechizo que es el horno crematorio.

El señor alcalde ignora que solo hay dos momentos en que somos inmortales: la niñez y la “jodentud”, épocas en las que la parca no nos quita el sueño. Y lo que no nos desvela no existe. El sueño mismo es una muerte cotidiana que incluye la reencarnación inmediata. La siesta diaria es la hermana menor de la muerte.

Ahora, se habla tanto de la muerte que nadie se la quiere perder. Incluidos, sospecho, los habitantes de Sheille, la mayoría de los cuales pasa de los 65 almanaques. Las mujeres hacen aplastante mayoría.

En Medellín el expresidente Pepe Mujica, del Uruguay, provocó la histeria de un cantante de rock con charlas en las que invitaba a alegrarse de tener algo que no hay que comprar en el supermercado por kilos: la vida.

No son las razones de Don Pepe las esgrimidas por Don Davide para prohibir que la gente se muera. Seguramente, no se quiere quedar sin a quién mandar. Es la viudez del poder que llaman los especialistas.
La ordenanza-alcaldada pone en peligro la industria sin chimeneas de la cremación. De ampliarse la prohibición temblarían los empresarios de pompas fúnebres y la contabilidad de los periódicos que tienen en el rubro de obituarios una fuente de ingresos que hace sonreír la registradora en estas épocas de vacas flacas, anoréxicas…

Si se cumpliera el mandato de Zicchinella el mundo se convertiría en un cementerio de vivos. Ya hay suficientes.