Con el perdón de los cerdos

Al frente tenía avezadas acusadoras que hacían sustantivos aportes para sacar el marrano del mundo de los vivos

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Con el perdón de los cerdos

En la era de internet  no se habla de matar el marrano. Se ha impuesto un benévolo infinitivo: sacrificar. Los del gremio porcino mueren asépticamente, casi en olor de eutanasia. No se trata de humanidad. El “bobo sapiens” no ha llegado a semejantes niveles de decencia. Descubrió que sufriendo menos su carne sabe mejor. Pragmatismo ante todo.

Llegará el civilizado momento en que los marranos sean sacrificados poniéndolos a escuchar las bravatas del republicando Donald Trump, un pobre con plata. O los discursos altisonantes de los líderes de lo que queda de la revolución bolivariana Nicolás Maduro y Diosdao Cabello, dos ricos sin dinero.

Suelo recordar, abochornado, que en muchas navidades hice las veces de defensor del marrano que mataban en las fiestas de fin de año.

El matarife de turno los despachaba de una infame puñalada en el corazón. Sus lamentos desgarradores me siguen con la fidelidad del perrito de la Víctor. Cuando llega diciembre suelo recitar el respectivo mea culpa del marranicida.

El sacrificio del noble cuadrúpedo estaba precedido de un amago de juicio con acusador y defensor. No sé por qué me escogían como el defensor del manso ejemplar. ¿Tal vez porque era el encargado de sacar el perro al parque?

En ejercicio de mis funciones alegaba que no se podía elevar a la categoría de delito el hecho de que al comer, “mi defendido” se pasara por la galleta la urbanidad del venezolano Carreño.

Admitía que “olían, y no a ámbar”, como le dijo Don Quijote a Sancho la vez que aligeró la tripa cerca de su señor. Pero que el hecho de estar lejos del Chanel No. 5 tampoco daba para despacharlo en una forma tan salvaje.

Al frente tenía avezados  acusadoras que hacían sustantivos aportes para sacar el marrano del mundo de los vivos. Por solidaridad de cuerpo, todos terminábamos entrándole al chicharrón que nos deparaba el vapuleado rey del colesterol.

Otras navidades el pavo o pisco pagaba los platos rotos. Lo recuerdo con su cara de Subuso, el de la tira cómica, implorando la presencia del presidente de la asociación defensora de aves de tacaño vuelo.

Que no falten el trago, la pólvora, los villancicos, los regalos, ni el matrimonio buñuelos-natilla. Nunca faltaba el borracho que recitara “El brindis del bohemio”, o “El seminarista de los ojos negros”  que jamás he podido borrar de mi disco duro pese a la solicitud encarecida que suelo hacerle al señor Alzheimer.

El mundo ha tratado de borrar la barbarie del sacrifico de los marranos con cuentos o series de televisión como Pepa Pig. Es una forma disfrazada de pecar y empatar.

Para eliminar el inri de marranicida de mi vida decidí convertir el marrano-alcancía de barro en mi Banco de la República personal. Y para hacerme perdonar del todo me convertí en devoto de la carne de cerdo. Decía Mia Farrow que el hombre termina devorando lo que más ama.