A año tuerto, échale un ojo

La emigración se mide en sueños, que no en años. Las regularizaciones, en esperas.
A año tuerto, échale un ojo

Si los años no existieran habría que inventarlos. Los años son una forma de vivir el tiempo. Antes se ajustaban a los cambios estacionales por la necesidad de programar las labores del campo; hoy, la agricultura ya no marca la pauta. ¿Qué queda por celebrar? ¿Hay algo tan importante?

Lo primero que observamos en un vistazo preliminar es que la Nochevieja no se festeja mucho en Estados Unidos. Nuestro país es esencialmente práctico, y si no está claro y diáfano para qué sirve hacer algo, se arrincona. Qué mejor prueba de ello que tras las Navidades los grandes almacenes y supermercados empiecen a anunciar San Valentín. Se engulle tanto el Año Nuevo como el Día de Reyes.

“Cumplir años” es la forma principal de medir la edad. Los que nacen en años bisiestos, el 29 de febrero en el calendario gregoriano, los miden divididos por cuatro, o multiplicados, según se mire. El mundo hispano está perdiendo la celebración de “el santo” (del que se tomaba el nombre). Hoy los nombres salen de cualquier parte, ¿quién ha visto un santoral últimamente? La celebración del cumpleaños es idolatría de origen anglosajón. La canción “Cumple-a-ños-Fe-liz” así lo refleja (compuesta por las hermanas Hill en 1893). La paganización de las fiestas es recuperación de prácticas precristianas.

Pero el concepto de “nuevo año” sí es útil. Se habla del “carro del año” como renovación de lo viejo. Antes se tiraba algo usado a la basura y se limpiaba la casa a fondo. También hay años fiscales. Los impuestos se recolectan a ese ritmo. Como contraste, los pagos de la casa: hipotecas, la luz, el agua, el teléfono, y la línea de internet se pagan mensualmente. Una anualidad es una capitalización, amortización o renta. “Peinar canas” es tener años; “echarse años”, ponérselos de más; “echar años”, calcularlos.

Los deportes se juegan en ligas anuales o interanuales. En nuestro país, los deportes hacen turnos para maximizar los beneficios y minimizar la competencia. La educación, por su parte, sigue ciclos académicos encuadrados en un año: con trimestres o semestres, y cursos de verano. Las elecciones presidenciales se proyectan cuatrienales. Las vacaciones se toman por Nadal, y en el periodo estival.

Nuestra relación con el sol nos marca los días. La luna, los meses y la regla en la mujer; de ahí que se llame “menstruación”. Hay quienes cuentan los años por primaveras. O por visitas regulares al médico o al dentista. El otoño es vejez. El fin de año, novedad antes que pantomima.

Los ciclos de la vida no se empaquetan fácilmente en años. La infancia, la adolescencia y la vejez son periodos que se ajustan mejor a rituales: bautismo, escolarización, hacerse mujer, la mayoría de edad, las bodas, los hijos, la jubilación laboral. Los quince años es excepcional, su contenido no. Los cambios de año (y sus fiestas aledañas) son excusas para volver con quienes queremos; a veces, con quienes no queremos. Año tras año se sufre al típico pariente que te recuerda las ventajas de tenerle lejos. Cada año cuesta más pedir imposibles. El propósito de la enmienda es el que más cuesta mantener.
La emigración se mide en sueños, que no en años. Las regularizaciones, en esperas. Cambiar de año puede llegar a ser una formalidad. Pero hay que celebrar cruzar al otro… año porque es atravesar una valla que nos da fe de lo mucho que aún queda por bailar. Tiempo al tiempo.