Elogio de la calle

No éramos pobres, éramos ricos sin plata. Y éramos felices pero tampoco lo sabíamos

En la infancia, esa época en la que somos inmortales, empezó nuestro romance con la calle. Allí siempre era diciembre y domingo. Era el mejor cuarto de la casa. De niños aprendimos que uno se puede enamorar de una calle como si se tratara de Nefertiti, reina del Nilo.

La esquina, su carnal la barra, eran la patria chica y grande de la muchachada. En la esquina se completaba la educación iniciada en casa y en la escuela.

Frecuentar la esquina, en compañía de la aristocracia de galería que frecuentaba el cinema paradiso del barrio, era pegar el grito de independencia doméstico. La vida tenía sentido por la existencia de la esquina.

En la cuadra, otro de los nombres de la calle, practicábamos la única religión que nos interesaba: el fútbol.

También sufríamos las primeras escarmuzas del corazón cuando nos enamorábamos de imposibles de dos pies que no sabían que nos quitaban el sueño y el insomnio.

Con razón Fidel Castro le confesó a García Márquez que su sueño era pararse de nuevo en una esquina.

Muchas revoluciones empezaron o recibieron el aval de la calle. Hacía – hace- las veces de rotativa de los que no tienen voz ni voto ni nada. Su periódico es el grafito. El “seamos sensatos, soñemos imposibles” se leyó tal vez por primera vez en una rúa parisina en mayo del 68.

En los remotos años cincuenta, en Colombia celebramos en la calle la caída de Rojas. Y antes, su llegada al poder. Con tal de faltar a clase, los chiquitines éramos capaces de todo. La lealtad que espere.

En la niñez teníamos la casa por deliciosa cárcel. Nos gustaba más callejear que “la segunda trinidad bendita” gastronómica diaria: frisoles, mazamorra, arepa.

La “cultura” de la calle incluía quebrar bombillos, tocar el timbre de las casas y salir corriendo, juntarnos con aleccionadoras malas compañías, pelear. No en vano en Brasil a los chinches les dicen “anticristos de la calle”.

Los juegos callejeros eran hechizos, fabricados en casa por nuestras manos de creadores de felicidad: zancos, pistolas de madera que harían sonreír a los pistoleros del oeste, nuestros inspiradores, carros de balineras. Todo tenía la calle por pasarela.

Hacíamos yoyos con tapas de gaseosas, nos colgábamos de una nostalgia llamada tranvía. Corríamos la vuelta a la manzana o jugábamos a las escondidas. En este caso, nosotros éramos la materia prima: nos perdíamos, una forma de jugar a no existir.

En plena calle, los carros de la Biblioteca Pública llegaban para prestarnos libros. Volvían por ellos.

No éramos pobres, éramos ricos sin plata. Y éramos felices pero tampoco lo sabíamos. La calle nos devuelve el casete a esa prisión y nostalgia perpetua, la infancia, que es un alzhéimer al revés: no recuerda nada del futuro.

No hay día en el que no me regale mi dosis personal de calle. Como diría Rulfo, sigo viendo envejecer mi infancia.