El Papa y los secuestradores virtuales: 36 horas en Juárez

El equipo de reporteros del diario católico 'Nuestra Voz', de Brooklyn, vivió de cerca un intento de secuestro virtual durante la cobertura de la visita del Papa a México. Aquí la crónica:

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El Papa y los secuestradores virtuales: 36 horas en Juárez

Ningún día es bueno para irse de San Cristóbal de las Casas, la ciudad de Chiapas en el extremo sur de México. San Cristóbal está agazapada entre las montañas, dormida en la niebla de sus mañanas y sus fachadas del siglo XIX, sus indios que tejen la miseria, sus calles de piedra reluciente, su belleza abrumadora y su injusticia inmemorial.

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Ningún día es bueno para irse de San Cristóbal de las Casas, digo, pero el martes debía ir a Ciudad Juárez, haciendo escala en México, a perseguir a ese Papa andariego y díscolo cuya imagen parecía mirarme desde todas las calles y las casas de Chiapas.

Mis dos colegas y yo habíamos llegado a San Cristóbal el domingo en la noche. El lunes nos habían advertido en el hotel de rumores que recorrían la ciudad: los zapatistas bloquearían la carretera de San Cristóbal a Tuxtla Gutiérrez, donde debíamos tomar el avión. San Cristóbal es pródiga en rumores. El domingo en la noche nuestro camarero había dicho que los zapatistas entrarían en la ciudad durante la visita del Papa, pero no había ocurrido nada.

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Salimos pues a Tuxtla en la mañana del martes como habrán salido Adán y Eva del paraíso. A medio camino, al acercarnos a la casilla de peaje, notamos que unos cuarenta jóvenes había ocupado el lugar. Todos llevaban pañuelos sobre el rostro, como los bandidos que asaltan las diligencias en las películas del viejo Oeste. Habían expulsado de allí a los trabajadores y cobraban ellos mismos 30 pesos mexicanos de peaje como “impuesto revolucionario”. Sin embargo, nos dejaron seguir después de recibir su pago y entregarnos un volante donde describían sus reclamos. ¿Serían ésos los zapatistas que tanto temían en San Cristóbal?

Después de las confusiones de rigor —el GPS nos envió a un aeropuerto militar a 45 minutos del nuestro— logramos tomar nuestro avión. Al llegar a Ciudad México me despedí de mis colegas y me fui a comer antes de mi vuelo a Juárez. En Juárez estaban ya otros cuatro colegas con los que debía reunirme. Llegaría solo y al filo de la medianoche, por eso mi compañía había concertado la recogida en el aeropuerto con una compañía de taxis confiable. Me habían enviado incluso fotos de mi taxista y de su auto.

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Llamé a mi taxista para confirmar la recogida y no me respondió. Esperé unos minutos. Volví a llamar y tampoco dio resultado. Ordené una cerveza. A la cuarta vez una voz que no dejaba lugar a dudas respondió al teléfono: “No se te ocurra volverme a llamar”. Una extraña sensación me recorrió el espinazo.

Mi taxista confiable se había convertido en una voz amenazante. Se acercaba la hora de abordar. Envié entonces un mensaje urgente a mis colegas por WhatsApp: “Necesito otra manera de llegar al hotel”.

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Entré en el avión, que estaba repleto de periodistas que iban también a cubrir la visita del Papa a la frontera. Entre ellos vi a Jorge Ramos e inmediatamente me entraron deseos de rezar por el Papa. Ramos ha sido un crítico constante de Francisco.

Me senté finalmente: mi asiento estaba en la última fila del avión. Un momento antes de que ordenaran apagar los teléfonos, recibí un mensaje desde Nueva York: “Ya tenemos a alguien que te recoja en el aeropuerto de Juárez”. El avión despegó sobre ese mar infinito de luz que es la Ciudad de México en la noche.

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Había dormido poco en los días anteriores y fui varias veces de la lectura al sueño y de regreso a la lectura durante el viaje. Aterrizamos en Juárez sin contratiempos. Encendí mi teléfono. Tenía 158 mensajes nuevos en WhatsApp. Me pareció que eso no podía ser buena noticia. Y no lo era.

El primer mensaje era de Austen Ivereigh y decía: “Help”. Austen es un escritor británico que ha publicado una espléndida biografía del Papa: El gran reformador: Francisco, retrato de un papa radical. El libro ha sido un éxito de ventas en numerosos países y en varios idiomas. Austen, fundador del proyecto Catholic Voices y habitual colaborador de los principales medios de Gran Bretaña, era la celebridad de nuestro grupo.

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Seguí leyendo los mensajes de mis colegas con la presteza del que quiere saber las malas noticias. Austen había recibido una llamada en su habitación. La voz del otro lado de la línea le dijo que lo llamaban de la policía: dos miembros de un cartel de drogas, armados y peligrosos, estaban en el hotel haciéndose pasar por reporteros. La policía necesitaba comprobar su identidad.

Cuando Austen les dio los datos que pedían, le informaron que tenía que hablar con otra persona. La segunda voz —ahora en tono de sicario— le dijo que en realidad estaba hablando con el jefe de un cartel de la frontera y que no le pasaría nada malo si no colgaba el teléfono ni abría la puerta de su habitación. Austen hizo entonces lo que le indicó su flema británica: colgó el teléfono y les dijo a sus colegas que se olvidaran del asunto. Pero ya habían llamado a la policía, que estaba en camino. Y eso a veces es un problema en Juárez: la policía puede estar a favor del bando contrario.

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Por la larga sucesión de mensajes supe más detalles. Austen había hablado con dos policías —perfectamente profesionales— que le informaron que esa noche había una epidemia de llamadas a los hoteles con el mismo propósito. Austen había estado a punto de ser una víctima más de esa industria de Juárez que llaman secuestro virtual.

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El mensaje final de mis colegas era terminante: no respondan ninguna llamada desde un número desconocido. Y en el momento en que leí ese último mensaje, como pasa en las películas de bajo presupuesto, sonó mi teléfono. Leí en la pantalla: NÚMERO PRIVADO. La ignoré y llamé a Nueva York. Mi chofer me estaba esperando, me aseguraron. Salí de allí al filo de la medianoche. Vi a Jorge Ramos, que seguía esperando su maleta. Pensé que de alguna manera el Papa iba a pagar por ese retraso también.

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El miércoles lo pasamos bajo un sol de injusticia esperando al Papa. En la mañana le pregunté a Austen cómo iría vestido y me dijo que de traje, but not too smart. Yo me puse un saco deportivo y estuve al borde de la asfixia. Confirmaba así mis sospechas: es más recomendable seguir los consejos de un inglés en caso de secuestro que cuando se trata de vestirse para pasar un día bajo el sol.

VISITA DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO

La misa del Papa en Juárez fue precedida por una banda de monjas pop y horas de música burbujeante. Pero la multitud se mantenía orante más que cantante. En los rostros de aquella gente se leía el infierno por el que habían pasado. Venían aquí no a celebrar, sino en busca de la cuota de esperanza que el Papa venía a darles. Sí, estaban alegres, pero con la alegría modulada y profunda de quienes habían sufrido mucho y veían ahora un rayo de luz, aún débil, bajo aquel sol totalitario de la frontera.

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En la mañana del jueves pedí un taxi en el hotel para ir hasta el aeropuerto de El Paso. Había sacado el vuelo partiendo de allí porque quería cruzar la frontera. El taxista resultó ser un tipo sencillo y afable que me contó de su vida: era viudo, tenía dos hijos. Al lado de su casa habían masacrado los narcos a siete personas en un día malo de un mes caliente hace varios años. Ahora las cosas estaban mejor, me aseguró.

Al llegar a El Paso le pedí que parara para sacar efectivo. El señor no podía aceptar el pago con una tarjeta de crédito. Frente al cajero automático, busqué en vano: había perdido mi tarjeta de débito. Nunca he sacado efectivo de una tarjeta de crédito y ahora no tenía modo de pagarle al buen Pedro, que me esperaba en su taxi.

Mi esposa me dijo desde Nueva York que usara un cheque personal que siempre llevo en la cartera. Pedro me confesó que él no tenía cuenta de banco y que no sabía cómo podría cambiar el cheque, pero que lo aceptaría para que yo no perdiera mi vuelo. Pensé entonces en toda la gente como Pedro que vive y sufre en Juárez y que nunca sale en las noticias. Le di el cheque y mil gracias y fui en busca de mi avión.

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Aterricé a las 10:30 de la noche. Mientras esperaba en la fila de los taxis, se me acercó un señor de maneras impecables. Con perfecta corrección me dijo que manejaba un livery cab y que podía llevarme. “¿A Long Island?”, le pregunté dudoso. Para mi sorpresa, me dijo que sí. Fui con él. Su taxi era un van japonés de varios años de uso. Al llegar a mi casa me dijo que le debía $97. Protesté. Me enseñó un libro de precios que supuestamente justificaba el atraco.

El papa Francisco sonríe a su llegada a celebrar misa en Ciudad Juárez.
El papa Francisco sonríe a su llegada a celebrar misa en Ciudad Juárez.

Al otro día recibí por correo electrónico el recibo. Decía: Tariq Limo Service. En mi compañía, al ver el nombre del taxi y el precio, pensarán que yo regresé a casa en una de esas limusinas que alquilan los chicos para la graduación de high school. Acababa de llegar a Nueva York y ya estaba extrañando a Pedro, mi taxista de Juárez. Y es que ni la bondad ni sus antónimos son predecibles en esta vida donde todo puede ocurrir. Quién sabe, a lo mejor esta vez Jorge Ramos hablaría bien del Papa.

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