Papeles: Menú semanas antero

Mis relaciones gastronómicas con ese “personal” que tiene el agua por hábitat no han sido las mejores.

Con cierto temor  veía llegar la Semana Santa por entre las tiendas del almanaque. Sabía que el menú casero incluiría pescado seco. O sardinas que habían naufragado  en un mar de salsa de tomate.

Hasta los inofensivos y tempraneros pecados de la carne quedaban erradicados  de nuestra estricta dieta semanasantera. Tenía más carne un pensamiento de san Luis Gonzaga que los viernes de  cuaresma de nuestra niñez.

El pescado seco colgaba al aire como una bandera derrotada. Ni la desalinización lo volvía digerible. El olor que despedía era como para dudar de la existencia de todos los dioses. El señor Alzheimer tiene la pésima costumbre de recordarme ese olor cada año.

Pese a los descomunales esfuerzos de nuestra Ferrán Adriá de cabecera, mamá Geno, ese pescado no se lo comía un preso. “Comida se le da, ganas no”, nos repetía a los retrecheros.

Ni con el Magníficat me entraba el dichoso pescado. Desde entonces mis relaciones gastronómicas con ese “personal”  que tiene el agua por hábitat  no han sido las mejores. El agua y el pescado me los pueden dar en atardeceres, malabares de pájaros carpinteros,  o en habilidad para jugar – no necesariamente ganar- bellas partidas de ajedrez.

Claro que de pronto me doy mis sabáticos piscícolas y le entro a un buen pargo rojo, que no falte el atún,  un salmón que cogió  olor y sabor nadando contra la corriente de regreso a casa. En épocas de vacas gordas me sacrifico despachando  una langosta. No vayan a creer.

No les he levantado el veto a las sardinas enlatadas de las que hablé al principio. Se me hacía todo un misterio de la Santísima Trinidad entender cómo tantas sardinas se apretujaban en tan poco espacio durante tanto tiempo. Su sabor era poco ameno, para utilizar un adjetivo nada sustantivo.

Para equilibrar un poco el menú, la Semana Santa incluía el inevitable estrén de pie a cabeza. Salvo cuando tocaba “estrenar viejo”, quiero decir, ponerse el pantalón heredado  del hermano mayor, así se notara fatiga de metal en los cuartos traseros de tanto usarlos. Tocaba domesticar los zapatos nuevos subiendo la cuesta del museo de Pedro Nel Gómez en el infierno del mediodía en la procesión del Viernes Santo.

El ceremonial de la semana de Pasión incluía confesión y comunión. Cometíamos pecadillos que no daban para diez segundos de purgatorio. Opté por recitar pecados ajenos para no dormir a mi confesor. Tampoco tenía claro cómo darse trompadas con la muchachada, jugar fútbol, desobedecer, asaltar la cartera materna para ir a cine, nos podía llevar a la paila mocha.

Lo que más me gustaba de la Semana Santa, incluidas las homilías del padre Barrientos que nos hacía llorar de miedo, era el lunes de Pascua. El pescado fresco y las sardinas se iban con su olor a otra parte. Y su majestad la carne volvía a nuestra mesa.