Papeles: Juego limpio

Transmitir ajedrez es tan emocionante como transmitir un bostezo, el paso de una tractomula
Papeles: Juego limpio

Éramos cuatro gatos los asistentes a la película La jugada maestra que recrea el match de 1972 en Reikiavik, Islandia, por el mundial de ajedrez que le arrebató Fischer a Spassky.

Menuda obra de misericordia la que cumplen estos cinemas paradisos que proyectan cintas hechas por amor arte, no al becerro de oro de la taquilla.
No me deslumbró la producción del norteamericano Edward Zwick. Nos regaló un Fischer normalito, de suscriptor del directorio telefónico, y el de Brooklin era un tsunami de excentricidad y genialidad.

De la película escribió el bisturí que más sabe de cine, Juan Carlos González, que Zwick “y el guionista Steven Knight optaron por escribir una historia convencional sobre un hombre que no lo era”.

Tampoco se perdió el tiempo. Zwick y los actores Tobey Maguire (Fischer) y Liev Schreiber (Spassky), recordaron un caso de juego limpio que nos reconcilia con el “bobo sapiens”.

En la sexta partida, considerada la mejor del match, el caballeroso Spassky, impactado por el juego de su antípoda ideológico, se sumó a los aplausos que el respetable le prodigó a su verdugo.

“¿Viste lo que hizo? ¡Es un verdadero deportista!”, comentó en su momento Bob Fischer. Lo recuerda Pablo Morán en su ligros “Bobby Fischer, su vida y partidas”.

Bajé la partida con horqueta de internet y constaté que Bobby saca de la creativa nada jugadas imposibles que van minando al contrario.

En Fischer estaba buscando la versión gringa de otro insólito trebejista que por estos días cumple un año de haber enrocado largo. Me refiero al colombiano Óscar Castro quien descansa a la diestra de la diosa Caissa, patrona del juego que Cervantes menciona en su Quijote y el poeta Publio Ovidio Nasón (43 a.C.17 d.C.) en El arte de amar. (Les recomienda a las mujeres jugarlo como una de las argucias para enamorar hembros).

Para alegría de los aficionados circula el libro Óscar Castro, el jugador, escrito por los hermanos Luis Santiago y Marco Aurelio Arango (Litocolor Impresores).

Lo he contado pero no la piyama que tengo puesta. En 1972 transmití para la radio Todelar las partidas del juego Fischer-Spassky. El maestro Boris de Greiff hacía lo mismo para Caracol. Transmitir ajedrez es tan emocionante como transmitir un bostezo, el paso de una tractomula, una partida de póquer.

La expectativa que creó la confrontación Estados Unidos-Unión Soviética trasladada al tablero, fue tal, que le abrió el apetito por el ajedrez a la aldea global. (Para no pasar de incógnito en la vida, sugiero que en Colombia la confrontación armada se defina a ajedrezazo limpio).

Con el tiempo tendría el privilegio de mejorar mi currículo perdiendo una partida con el caballero que aplaudió a Fischer. La foto de este pecho con Spassky en las simultáneas que concedió anduvo varios semestres debajo del vidrio de mi mesita de noche. Para mejorar mi rendimiento como aficionado perpetuo ando con su autógrafo debajo del sobaco.